DE AMORES Y AMORÍOS (2)

  

VENECIA

 

MI AMANTE EN VENECIA

 

por

 

ANGELA WINDSOR

 

 

 

  1

 

  –¿Una foto, signorina?

  Era una tarde de verano extraña y encantadora en Venecia.

  Extraña porque, simplemente, no parecía verano; había llovido, quedaba un cierto frescor en el ambiente, y el cielo gris presagiaba más lluvia, y, por cierto, una noche nada cálida.

  Encantadora porque las palomas de la Plaza de San Marcos se reflejaban en los charcos de agua, todo se veía como recién lavado, y precisamente aquel frescor ponía como un escalofrío sorprendentemente grato en la piel.

  Al menos, así se lo parecía a Camelia Howards, que tras la lluvia había vuelto a ocupar su mesa al aire libre en uno de los pintorescos cafés.

  Otras personas habían hecho lo mismo, y ahora se felicitaban a sí mismas por la decisión de no haber abandonado definitivamente la plaza. Es cierto que el sol da vitalidad y alegría a todo, pero la belleza puede encontrarse en todas las cosas y en todas partes, incluso en una tarde de lluvia.

  O quizá, precisamente y de modo especial, en una tarde de lluvia.

  La belleza puede ofrecer mil aspectos diferentes, no siempre el mismo, el aspecto tópico, el reconocido y admirado por todos como si fuese una obligación. La belleza, dicen los más entendidos, está más en los ojos que miran que en las cosas miradas…

  –¿Una foto, signorina?

  Camelia reaccionó por fin, desviando la soñadora mirada hacia donde había sonado la voz; no porque se sintiera aludida, sino porque la voz, aunque lentamente, había conseguido distraerla de sus meditaciones, y, además, era una voz muy agradable, y, sobre todo, recia.

  Sí, era una voz recia, sólida, viril, pero al mismo tiempo dotada de ese timbre dulce y cariñoso del idioma italiano.

  Se quedó mirando al fotógrafo, desconcertada.

  Es decir, ella pensó enseguida, con una lógica natural, que él era fotógrafo. ¿Cómo dudarlo? Le había ofrecido hacerle una foto, llevaba una cámara colgando del cuello, y, en aquel momento, la sostenía en una mano, dispuesto a utilizarla en el acto. Él la miraba a ella, sonriendo cortés, pero no zalamero, no de ese modo que sonríe la gente que quiere hacerse agradable porque le conviene.

  –No, gracias –rechazó Camelia.

  Él asintió con un gesto, y se alejó en dirección a otra mesa, ocupada por una pareja de edad mediana. Camelia regresó a sus pensamientos anteriores sobre la belleza.

  De acuerdo: la belleza está en los ojos que la miran. Pero también, muchas veces, la belleza está en las cosas miradas, aunque los ojos que la miren no sean precisamente expertos en detectar belleza, en percibir belleza, en valorar y apreciar debidamente la belleza.

  Por ejemplo, aquella tarde de lluvia, la mirase quien la mirase, era bella, dulce y romántica…  El fotógrafo también era hermoso, dulce y romántico. Camelia pensó que lo había recordado de pronto, pero no era así. La verdad era que desde el mismo instante en que lo había visto su imagen se había grabado en su mente…, y allá permanecía, con fuerza, como si fuese una imagen conocida de mucho, mucho tiempo.

  Era una imagen que correspondía con toda exactitud a la voz.

  Era una imagen bella, dulce y romántica.

  En el instante en que volvía la cabeza con cierto disimulo para localizar al fotógrafo, la mujer de la pareja de edad mediana reía alegremente. Esto dio pretexto a Camelia para mirar directamente hacia la mesa que ocupaban. La dama sonreía ahora, mientras el fotógrafo le decía algo que la hizo reír de nuevo a los pocos segundos. Su acompañante, sin duda su marido, miraba divertido al fotógrafo. Cuando éste todavía añadió algo más, de nuevo rió la dama, y ahora también el hombre.

  Acto seguido, el fotógrafo retrocedió unos pasos, y los apuntó con su cámara. El hombre y la mujer acercaron sus cabezas una a la otra, y miraron sonrientes al hermoso fotógrafo.

  Sí, era hermoso.

  No era un muchacho de esos guapos a rabiar, lleno de músculos como un gladiador y con sonrisa deslumbrante. Su belleza viril era seria y discreta. Eso sí: sus cabellos eran ensortijados como los de las viejas estatuas que recordaban los pasados tiempos de esplendor del antiguo Imperio Romano.

  En cualquier caso, pensó Camelia Howards, él era mucho, muchísimo más hermoso que ella, por la sencilla razón de que ella era fea. O sea, que aunque él hubiera sido mucho menos hermoso igual habría sido más hermoso que ella, que era fea y carente de cualquier atractivo.

  Ella se entendía.

  Por ejemplo, se podía ser fea de cara –como era su caso– pero tener un cuerpo muy atractivo, un cuerpo espléndido, de bellas curvas, cintura delgada, soberbios pechos y largas piernas esbeltas y bien formadas… Estos atractivos, para muchos hombres, habrían sido suficientes para sentir deseos de relacionarse con Camelia Howards.

  Pero ella no tenía esos atractivos.

  Ni otros.

  No tenía ninguno, en definitiva. Ni siquiera tenía el relativo atractivo que habría significado tener los ojos grandes y azules. Los tenía de tamaño normal y corriente y de un color que los románticos definían como malva, pero que ella definía como “indescriptibles, pero feos”.

  El fotógrafo estaba tomando varias fotografías. Por fin, se acercó a la pareja, con la que estuvo conversando un par de minutos mientras anotaba algo en una pequeña libreta, que se guardó en el bolsillo de atrás del pantalón. Vestía tejanos, un polo oscuro, y calzaba zapatillas deportivas. Un atuendo absolutamente informal y muy corriente.

  El fotógrafo se despidió de sus risueños clientes, y miró alrededor, evidentemente en busca de más clientela. Su mirada se cruzó un instante con la de Camelia, continuó la búsqueda, se detuvo, y regresó a los ojos de la muchacha británica. Ella hubiese querido desviar su mirada, pero no pudo hacerlo.

  No pudo.  Se hallaban a unos seis o siete metros uno del otro. En la plaza había reflejos de lluvia, palomas, poca gente sentada a las mesas, y paseantes. La Piazza recuperaba rápidamente su acogedor aspecto tras la lluvia. Había de todo para mirar. Incluso el hermoso campanario. Pero Camelia Howards se encontró con la extraña sensación de que sólo podía mirar al fotógrafo.

  Sólo podía ver los oscuros ojos del fotógrafo, y, en ellos, aquella luz limpia, nítida y quieta, aquella expresión tranquila, amable, fuerte y sincera.

  O tal vez era todo un sueño.

  Incluso podía ser peor.

  Podía ser una ilusión, y ya se sabe que siempre causan más dolor las ilusiones que los sueños, porque los sueños se desvanecen cuando la persona se despierta, y todo el mundo sabe que los sueños, sueños son, que no son una realidad en modo alguno. Pero las ilusiones, que se conciben estando despierto, parecen a veces tan auténticas que cualquiera puede llegar a creer que son realidad, y luego, cuando se da cuenta de que sólo han sido ilusiones, llega la decepción, el chasco, el dolor…

  Camelia entendía mucho de esto, de decepciones y chascos, y, sobre todo, de dolor.

  Algunas personas creen que cuando se habla de dolor se hace en sentido figurado, pero Camelia sabía que cuando se tiene un desengaño tan enorme como el suyo, el dolor llega a ser verdaderamente real, verdaderamente físico, como le había ocurrido a ella. No deseaba de ninguna manera sufrir más desengaños, ni más dolor, de modo que, de repente alerta, de repente endurecida, desvió su mirada de la del fotógrafo.

  Pero no lo olvidó.

  No podía.

  Y era extraño, porque, a fin de cuentas… ¿quién era aquel hombre? Bien claro estaba: un fotógrafo ambulante, un vividor, uno de esos simpáticos granujillas de medio pelo que debía de aprovechar su encanto, su apostura, su simpatía, para llevarse a la cama trescientas sesenta y cinco turistas extranjeras cada año.

  A turista por día.

  A “amor” por día.

  Cerró los ojos, y en la oscuridad relativa producida tras los párpados vio perfectamente la imagen del fotógrafo. Cuando abrió los ojos, él estaba conversando con un grupito de turistas alemanes que se estaban instalando alrededor de dos mesas que habían juntado. Oyó algunas palabras en alemán, a las que el fotógrafo contestó con toda soltura.

  Era muy listo.

  Sabía tratar a la gente.

  Ya estaba haciendo fotos de nuevo, provocando risas y sonrisas. También tomó notas en su pequeña libreta, y otra vez buscó con la mirada más personas que pudieran aceptar su oferta. Se convenció de que, por el momento, no iba a encontrar a nadie, y se alejó hacia una de las cafeterías ubicadas bajo los soportales. Desapareció pronto de la vista de Camelia Howards.

  Desapareció él, pero no su imagen.

  Durante un par de minutos, Camelia permaneció como petrificada, atónita bajo el significado de sus pensamientos. Pensamientos que rechazó, tras estremecerse fuertemente.

  Al instante siguiente se dio cuenta de que estaba buscando con la mirada al fotógrafo. Era una estupidez engañarse a sí misma: estaba buscando al fotógrafo. A otras personas podría mentirles, decirles que no buscaba al fotógrafo, que ni se acordaba de él ni de su aspecto, pero habría sido una estupidez pretender mentirse a sí misma.

  Se puso en pie y se volvió hacia los soportales. Casi enseguida, el camarero que le había servido el refresco apareció acercándose a ella rápidamente. Era un hombre amable, que aceptó encantado la propina.

  Muy bien, pensó Camelia, ya podía marcharse de allí y dejarse de tonterías.

  Un minuto más tarde estaba en la puerta de entrada al café en el que había visto entrar al fotógrafo. Éste se hallaba ante el mostrador, al parecer poniendo un estuche con carrete nuevo en la cámara. Ante él tenía una copa que contenía un líquido rojo, que parecía jugo de tomate.

  Camelia estuvo contemplándolo unos segundos. Luego, se quitó el anillo del dedo anular de la mano izquierda, lo guardó en el bolso, y se acercó al fotógrafo; se detuvo a su lado, y se quedó mirándolo. Él volvió la cabeza, la miró, y sonrió. Camelia se dio cuenta de que la había reconocido en el acto.

  –He cambiado de opinión –dijo en inglés–: me gustaría que me hiciera unas cuantas fotografías.

  –Con mucho gusto –aceptó él, hablando en inglés con toda naturalidad–. ¿Ha llegado ya la persona que esperaba?

  –No estaba esperando a nadie.

  –Ah. Me pareció que… Lo siento. ¿Le gustaría una fotografía aquí dentro? Quedará muy bien. Casi todo el mundo se hace fotografías en el exterior, y no se percata de que las del interior de los cafés también son muy interesantes.

  –Como usted diga.

  –Tal vez le gustaría toda una colección de fotos en la Plaza. Es un recuerdo muy bonito.

  –Lo dejo en sus manos. Haga todas las fotografías que considere necesarias para que pueda llevarme un buen recuerdo de Venecia.

  –En Venecia se puede lograr mejores recuerdos que las fotografías, signorina.

  –¿Sí? ¿Qué clase de recuerdos?

  –Vivencias personales. Quiero decir que, por ejemplo, más agradable que hacerse una foto en la Plaza de San Marcos es conocer de verdad la Plaza y su historia. Y hay una diferencia muy grande entre las fotografías y las vivencias personales.

  –¿Cuál es esa gran diferencia?

  –Las fotografías, con el tiempo, se deterioran, pierden color y encanto, se hacen viejas y por tanto hacen vieja la vida, y llega un momento en que a uno le ponen triste. En cambio, las vivencias, o sea los recuerdos instalados en nuestra memoria, si son agradables duran para siempre, y además a cada día que pasa nos parecen más bonitos. Los buenos recuerdos no puede estropearlos el tiempo, ni pierden color ni encanto… ¿No le parece?

  –Lo que me parece es que usted debería promocionar más la fotografía, y no los recuerdos de la gente. Lo que hace va contra su negocio, diría yo.

  –Tal vez. Pero lo que le he dicho a usted no se lo digo a todo el mundo. –El fotógrafo italiano sonrió–… A la mayoría de la gente estas cosas no le interesan.

  –¿Y usted cree que a mí sí me interesan?

  –A las personas inteligentes les gustan las cosas que se salen de lo corriente.

  –¿Quiere decir que yo soy inteligente?

  –Viendo sus ojos, yo diría que sí.

  –¿De verdad es usted fotógrafo?

  –Evidentemente –mostró él su cámara ya cargada de nuevo–. Y puedo hacerle una bonita colección de fotografías. Le cobraré muy buen precio.

  –De acuerdo.

  Salieron del café, y durante veinte minutos el fotógrafo estuvo dando instrucciones a Camelia Howards respecto a dónde y cómo debía posar.

  Le hizo fotos en la entrada de la iglesia, al pie del campanario, en el centro de la plaza, con palomas y sin palomas, reflejada en los charcos de agua, con diversas partes de la plaza como fondo…, y todo ello dándole al mismo tiempo explicaciones sobre la Plaza, sobre San Marcos, sobre la iglesia y el campanario. Dos de las fotografías se las tomó de muy cerca, tras pedirle que mirase hacia el cielo y dejando tras ella la iglesia.

  Camelia no dijo nada en ningún momento. Se limitó a escuchar, y a obedecer dócil y exactamente las instrucciones del fotógrafo, que se estaba tomando su trabajo con indudable e inusitado interés.

  Cuando dio por terminada la sesión, él se acercó a ella, y dijo:

  –Si alguna no le gusta, la repetiremos. Pero ya verá cómo le gustarán todas. Es usted muy fácil de fotografiar.

  –¿Eso qué quiere decir?

  –Sabe estar ante la cámara, tiene gracia en los gestos, y estoy seguro de que es muy fotogénica, aunque eso no puedo saberlo con seguridad hasta que revele las fotografías. Las tendré listas mañana mismo, desde luego. –Sacó su pequeña libreta y un bolígrafo–… ¿Adónde debo llevárselas?

  –¿Llevármelas?

  –Supongo que está en un hotel –la miró él como sorprendido.

  –Ah. Sí, claro. Pero no se moleste. Yo misma vendré a recogerlas aquí.

  –No es ninguna molestia llevárselas. Es parte de mi trabajo.

  –Prefiero venir a recogerlas aquí yo misma.

  –Como usted quiera.

  –Perfecto. ¿Cuánto le debo?

  –Ya me pagará mañana.

  –¿No quiere un anticipo ahora?

  –No es necesario –la miraba él con cierta curiosidad.

  –Eso es muy extraño, ¿no le parece?

  –No. Se supone que usted desea realmente tener estas fotografías, y, por otra parte, sé valorar a las personas.

  –¿Sí? –sonrió de pronto Camelia–. ¿Y cómo me ha valorado a mí?

  –Es usted inglesa, sin duda vive en Londres, ha estudiado en una universidad, ha viajado por todo el mundo, tiene clase, no tiene muchos amigos, pero le gusta la gente y es encantadora…, además de inteligente.

  –¿Le parezco encantadora?

  –Sin la menor duda. Tiene usted muchas y bonitas cualidades.

  –Ya. También le parezco bonita, claro.

  –Por supuesto.

  –Por supuesto –repitió ella, con cierto sarcasmo–. Me parece que no tiene usted muy buena vista, pese a ser fotógrafo.

  –Mi vista es excelente.

  –Ya. ¿Cómo de bonita? Quiero decir: ¿le parezco muy bonita, medianamente bonita, regular nada más…?

  –Inusualmente bonita.

  –Inusualmente –volvió a repetir ella–. Eso quiere decir, más o menos, que soy bonita de un modo poco corriente.

  –Sí –sonrió él, mirando un instante sus labios.

  Aquella simple mirada, que sin duda él le dirigió sin ninguna intención especial, fue todo un cataclismo para Camelia Howards.

 No fue la mirada lo que sintió, sino un beso; tuvo una sensación de tacto caliente, suave y fuerte.

  Fue como una descarga de calor que desde los labios se extendió a todo su cuerpo, le provocó un vacío en el estómago, un temblor breve y súbito en los muslos, un tremendo deseo casi doloroso en su intimidad, desde donde se extendió a todo el cuerpo como una llamarada…

  Bruscamente, Camelia Howards dio media vuelta y se alejó del fotógrafo, cruzando la hermosa plaza veneciana.

  No caminó mucho.

  Se hallaba alojada en el hotel Bauer Grunwald, sito en Campo San Marco, a dos pasos de la Plaza de San Marcos que tan bruscamente acababa de abandonar.

  El hotel, de cinco estrellas y provisto de máximo confort, ofrecía un impresionante aspecto de palazzo. Frente a su embarcadero que daba al Gran Canal había un par de góndolas esperando algún cliente. Todavía era muy temprano para que estuviera encendida y luciera debidamente la iluminación de la fachada, que desde cierta distancia le confería un aspecto de sueño romántico.

  Un instante antes de entrar, Camelia recordó lo del anillo, y volvió a ponérselo. El portero le sonrió al pasar ante él, cortés, distante, simplemente amable. Cruzó el vestíbulo, y pidió la llave de su habitación; que en realidad no era una habitación, sino un apartamento privado con balcón al Gran Canal.

  –¿Hay algún recado para mí? –inquirió al hacerse cargo de la llave.

  –No, signora Howards. Nada.

  –¿Seguro que no me ha llamado mi marido?

  El rostro del conserje ni se inmutó. Aunque en todo momento se mostró exquisitamente cortés, era fácil comprender que cuando consultó el directorio de recados lo hizo sólo por complacer a la joven dama.

  –Seguro, signora –la miró de nuevo.

  –Bien… Gracias.

  Dos minutos más tarde se hallaba en su apartamento. Un apartamento precioso; lo que los franceses definen con el nombre de suite. Un apartamento encantador, indicadísimo para permanecer una inolvidable temporada en Venecia, indicadísimo para vivir una luna de miel que quede para siempre grabada en el corazón…

  Se acercó al balcón, y se quedó mirando el Gran Canal. La tarde seguía gris. Estuvo allí hasta que se encendieron las luces de la fachada del hotel, más pronto que de costumbre, debido precisamente al tono lóbrego de la tarde.

  Reaccionando, se volvió, y fue al armario, que abrió, dispuesta a elegir un vestido para bajar a cenar. Tenía todo cuanto pudiera desear una mujer caprichosa. En el hotel Bauer Grunwald no podía alojarse cualquiera, pero para ella era normal, estaba acostumbrada desde siempre a tener lo mejor. O lo que supuestamente se considera lo mejor: dinero, joyas, vestidos, viajes, grandes hoteles, automóviles de lujo, yates…

  Lo mejor.

  Todo lo que quisiera de lo mejor.

  Pese a esto, de repente, la señora Camelia Howards se echó de bruces en la cama y rompió a llorar silenciosamente.

 

 

*     **     *

 

  Después de cenar lo que él mismo se había preparado en la cocina del pequeño apartamento en Plaza Manin, bastante cerca del hotel Bauer Grunwald por cierto, el fotógrafo fue al cuarto de revelado montado en una de las habitaciones, retiró las fotos del tendedero donde se secaban, y comenzó a mirar las fotografías hechas aquella tarde, separándolas en grupos.

  Luego colocó estos grupos en diferentes sobres en cuyo dorso ya tenía escrita la dirección respectiva, y finalmente le quedaron en las manos las fotografías de la solitaria joven inglesa. Las volvió a mirar una por una, y dejó encima las dos en las que se veía a Camelia Howards de muy cerca, en bello y artístico primer plano, con la mirada vuelta hacia el cielo.

  De entre estas dos fotografías eligió una sin la menor vacilación, la colocó bajo la luz de un foco, sacó una lupa de un cajoncito, y con ella se puso a mirar la foto, analizando detalle por detalle.

  A lo que más tiempo y atención dedicó fue a los ojos de la extraña signorina.

 

 

 

  2

 

  Cuando a la tarde siguiente ella llegó a la Plaza, él estaba fotografiando a una pareja de jóvenes a los que, instintivamente, Camelia clasificó como recién casados. No sólo tenían las cabezas muy juntas, sino que se tomaban de las manos como temiendo que algo o alguien pudiera intentar separarlos.

  Encantador: unos recién casados en luna de miel en Venecia.

  Esta tarde lucía un sol espléndido, y todo parecía tener más vida y alegría. Las mesas estaban prácticamente todas ocupadas, había bullicio, los camareros iban y venían rápidamente. Las bandadas de palomas agitaban el aire quieto y con olor a mar. El fotógrafo disparó varias veces su cámara, volvió ante la parejita, y les dijo algo.

  Camelia se sentó ante una mesita milagrosamente libre, y miró de nuevo al bello fotógrafo, que continuaba explicándoles algo a los dos jóvenes.

  Los convenció, por supuesto.

  Se pusieron en pie los dos, fueron hacia el centro de la plaza siguiendo al fotógrafo, y éste les indicó dónde debían colocarse. Acto seguido dijo algo que les hizo reír. Se abrazaron por la cintura, acercaron sus rostros, y los dos adelantaron los labios hasta que se juntaron en un beso simpático y tierno. Justo en ese momento, el fotógrafo les tiró por encima de la cabeza unos granos de arroz, que hicieron acudir varias palomas.

  Era el momento de tomar las fotografías, y el fotógrafo se apresuró a hacerlo rápidamente, una tras otra. Una de las palomas se puso sobre la cabeza de la muchacha –que por cierto era muy bonita–, y ella se echó a reír, volviendo la cabeza hacia el fotógrafo. Otra de las palomas se posó en un hombro del muchacho, que también rió. El fotógrafo les dijo algo, y ellos volvieron a besarse en los labios, aunque sin poder dejar de reír y rodeados de osadas palomas…

  Luego, lo que Camelia ya sabía. El fotógrafo se acercó a los jóvenes, hizo su anotación en la pequeña libreta, y se despidió. Enseguida, se acercó a la mesa ocupada por Camelia, que le contempló críticamente, con una actitud casi hostil.

  –Buenas tardes –saludó él.

  –Hola –replicó Camelia–. Veo que no ha traído mis fotos.

  –Sí las he traído. Pero he preferido dejar el sobre con Giorgio, en el café, para no estropearlas. ¿Quiere que se las traiga ahora?

  –Sí.

  Él asintió, titubeó, y por fin preguntó:

  –¿Dije o hice ayer algo que la molestara?

  –¿Por qué pregunta eso?

  –Porque si así fue deseo disculparme. No suelo molestar a nadie, pero a veces uno puede decir cosas inadecuadas en un momento poco oportuno.

  –Usted, más que un fotógrafo, parece… un filósofo, o un conferenciante, o algo así.

  –Ser fotógrafo no implica ser tonto ni carecer de cultura y de recursos para una conversación, signorina.

  –De todas maneras, usted me parece bastante raro.

  –Voy a buscar las fotografías –dijo él, muy serio.

  –Espere. ¿Cómo se llama?

  –Nicolo.

  –¿Qué más?

  –Nicolo Bertuceli –sonrió él de pronto, como dejando de lado pensamientos molestos–… Los amigos me llaman Nico. Algunos pretendieron llamarme Nick, pero les dije que yo soy italiano, no inglés… Sin ánimo de ofender, signorina. ¿Desea que le pida alguna cosa a Giorgio para que se la traiga?

  –Café.

  Nicolo Bertuceli asintió, y se encaminó hacia el café. Regresó tres minutos más tarde, precediendo al camarero que traía el café para Camelia. Ésta tomó el sobre que le tendió Nicolo, sacó las fotografías, y las fue mirando lentamente. Cuando las hubo mirado todas, el camarero ya se había retirado tras servir el café, y el fotógrafo esperaba de pie ante ella, mirándola inexpresivamente.

  –¿Cuánto le debo?

  –¿No le gustan las fotos?

  –Sí. Están muy bien.

  –Celebro que le agraden. Trescientas mil liras.

  –¿Trescientas mil? ¿No son un poco caras?

  –Sí. Pero son buenas. No son fotos de aficionado, ni de profesional sin sensibilidad. De todos modos, si mi precio le hace sentirse estafada, deme lo que usted considere justo.

  –Yo no puedo juzgar el precio de este trabajo, señor Bertuceli.

  –En ese caso, confíe en mí y págueme trescientas mil liras. Es lo que vale.

  Ella abrió el bolso, sacó tres billetes, y se los entregó. Nicolo se los guardó en un bolsillo, e hizo un gesto de despedida. Ella no le dio tiempo a que se despidiera de palabra.

  –¿Va a seguir haciendo fotos?

  –Sí. Las tardes buenas hay que aprovecharlas. Con su permiso…

  –¿Sólo piensa en ganar dinero?

  El se quedó mirándola atentamente a los ojos. Luego miró su boca, del mismo modo que la tarde anterior, y Camelia experimentó aquella especie de calambre en los muslos. Hubiese querido sonrojarse, pero lo que en realidad le sucedió, y ella se dio perfecta cuenta, fue que palideció; incluso sintió cómo su rostro se tornaba de pronto frío y rígido.

  –No –dijo Nicolo–, no pienso sólo en ganar dinero. Pienso en muchísimas otras cosas y con mucha frecuencia. Pero no creo que a usted le interesen los pensamientos de un fotógrafo italiano ambulante. Buenas tardes.

  Se alejó de ella, en busca de nuevos clientes. Camelia permaneció inmóvil. Perdió la noción del tiempo. Parecía una estatua. Nicolo se fue de la plaza poco más tarde, sin que al parecer ella se enterase. Su café estaba intacto cuando, finalmente, llamó con una seña al camarero que se lo había servido, y que pasaba cerca de ella por entre varias mesas. El camarero se acercó.

  –Prego, signorina?

  –Usted es Giorgio, ¿verdad?

  –Sí, signorina.

  –¿Me entiende? ¿Entiende el inglés?

  –Bastante bien –sonrió Giorgio, como divertido.

  –Me ha parecido entender que es usted amigo del señor Bertuceli.

  –¿Del…? Ah, de Nico. –El camarero sonrió ampliamente–. Sí, somos buenos amigos.

  Camelia asintió, del bolso sacó otro billete de cien mil liras, y se quedó mirando al camarero.

  –¿Usted sabe dónde puedo encontrar al señor Bertuceli… fuera de horas de trabajo?

  El hombre se quedó mirando el billete. Luego, miró los “indescriptibles, pero feos” ojos de la muchacha. La mirada de Giorgio, el cual doblaba holgadamente la edad de Nicolo Bertuceli, era contenida y cauta, pero experta. Era una mirada veterana, una mirada ya muy gastada en muchos años de ver y observar turistas de todas las partes del mundo que acudían a la Plaza de San Marcos. Se decía que todo el mundo, tarde o temprano, pasa por la Plaza de San Marcos y navega por los canales de Venecia.

  Giorgio vio una persona de calidad, eso sí. Las escasas pero elegantes joyas, la indumentaria no menos elegante en su sencillez, la piel bien cuidada, las manos perfectas, el cabello sano y asimismo bien cuidado, y sobre todo, los modales, sobrios y correctos. La joven no era nada simpática, pero cuando hay clase, hay clase, y él sabía distinguirla. La edad de la turista británica debía aproximarse a los veinticinco años; quizás un par menos. No era bonita, y sus formas excesivamente delgadas no resultaban nada incitantes; incluso, la parte de pecho que dejaba al descubierto el discreto escote era poco probable que atrajera miradas masculinas. La boca sí tenía una forma bonita…, pero eso era todo.

  –No –replicó Giorgio–, no sé dónde encontrar a Nico, lo siento.

  Camelia no se inmutó. Lentamente, unió otro billete al primero.

  –Pero quizá conoce usted a alguien que sí lo sabe –sugirió con seca sonrisa.

  –No sé… No creo. Pero puedo hacer algunas preguntas, si usted tiene un poco de paciencia.

  –Tengo paciencia –aseguró Camelia Howards–. Mucha paciencia.

  Giorgio asintió, y se alejó.

  Camelia se desentendió de él. Pareció aislarse del mundo entero hasta que, unos veinte minutos más tarde, Giorgio apareció de nuevo ante ella, y depositó sobre la mesa un papelito doblado en cuatro. Camelia tomó el papel, lo desdobló, y leyó la dirección escrita en él. Guardó el papel, dejó sobre la mesita las doscientas mil liras, se puso en pie y se alejó.

 

*     **     *

 

  Pulsó el timbre de la puerta del apartamento, y dejó caer el brazo, que le parecía de plomo.

  Toda ella se sentía como si fuese de plomo.

  De modo especial, sentía que eran de plomo los muslos. Sentía súbitos vacíos en el estómago, algo así como impactos que llegaban en oleadas. Se dio cuenta de que le temblaban las piernas y que el corazón le latía de un modo… furioso. Sí, furioso, no se le ocurría otro modo de definir lo que sentía.

  La puerta se abrió, y Nicolo Bertuceli quedó ante la muchacha.

  Le sonrió amablemente y se apartó.

  Ella entró, fija la mirada en el suelo.

  Era horrible lo que sucedía con su corazón, seguro que iba a saltar en pedazos de un momento a otro. Y cada vez le pesaban más las piernas. Le dolía el vientre. Ya no eran vacíos súbitos, era un dolor pesado y constante.

  Nicolo cerró la puerta. Camelia oyó ahora con toda nitidez un pasaje de Tosca, de Puccini… De repente miró a Nicolo a los ojos, y no vio en ellos sorpresa alguna. Él la contemplaba con cierta expresión inquisitiva, pero no parecía nada sorprendido. Ella no sabía qué hacer. Había llegado hasta allí, y ahora no sabía qué hacer. Se sentía más de plomo que nunca, más pesada, torpe y dolorida que nunca…, más fea que nunca.

  Él le tomó el rostro entre las manos, acercó el suyo, y la besó en los labios, despacio y suavemente.

  Torrentes de fuego se formaron súbita y violentamente en el cuerpo de Camelia Howards, y su respiración se cortó. Las yemas de los dedos de él, llegando hasta su nuca por entre la melenita, deslizaron caricias inéditas absolutamente, provocando más estremecimientos en todo el cuerpo, extrañas sacudidas en la piel… Camelia sentía cómo su vello se erizaba. Sentía una húmeda dulzura tan íntima que pensó que se iba a desvanecer fulminada por placeres jamás sentidos. Era una humedad cálida, tan dulce, tan dulce… Permanecía inmóvil, como una muñequita sostenida por las manos del italiano. No conseguía reaccionar, solamente sentía aquel beso tierno y lento que la estaba incendiando…

  La estaba incendiando.

  De repente, pero siempre con suavidad, Nicolo introdujo su lengua en la boca de Camelia. Ésta se estremeció una vez más, y de pronto se abrazó a la cintura de él y correspondió de tan íntimo modo al beso. Él le pasó una mano hacia la espalda, la bajó luego hasta las nalgas, y atrajo con más fuerza el cuerpo femenino contra el suyo.

  Un quejido ahogado brotó por las fosas nasales de Camelia Howards cuando, a través de las ropas de ambos, percibió contra su vientre la ardiente, vigorosa, enorme virilidad de Nicolo Bertuceli. Se agitó un poco, como queriendo escapar de aquel abrazo posesivo, avasalladoramente viril, pero Nicolo no se lo permitió; por el contrario, la retuvo con más fuerza, arreció en sus caricias, y su lengua se tornó delicada y tan posesiva como aquel abrazo de hombre a mujer.

  Aterrada, Camelia supo lo que iba a ocurrir, pero se negó a admitirlo. En realidad lo pensó de un modo confuso, como incrédulo.

  No podía creerlo.

  Pensó con toda claridad que no podía ser cierto, mas no había nada que pensar, puesto que lo estaba sintiendo en lo más íntimo y auténtico de ella.

  Nunca antes le había ocurrido nada semejante.

  Pero se dice que todas las cosas, por insólitas que sean, ocurren al menos una vez en la vida.

  Y a ella, a Camelia, le ocurrió lo insólito en esta ocasión: mientras se sentía ardiendo entre los brazos de Nicolo Bertuceli, le fue llegando increíblemente, muy despacio y dulcísimamente, el placer que terminó por concretarse en un lentísimo orgasmo total, aniquilador. Camelia tuvo que apartar su boca de la de Nicolo, gimió mientras se abrazaba desesperadamente a él y sentía el placer, y luego apoyó el rostro en su hombro y se quedó inmóvil, cerrados los ojos, entreabierta la boca, empapado todo su cuerpo en aquel goce alucinante.

  En alguna parte del apartamento seguía sonando la música de Puccini.

  No supo cuánto tiempo pasó antes de que él se moviera. Comprendió que ahora iban a mirarse a los ojos, y quiso evitarlo, se abrazó a él con más fuerza, insistiendo en esconder el rostro en el hombro masculino, que sentía cálido, sólido, fuerte.

  Él rió quedamente, la apartó, y volvió a tomar su rostro entre las manos.

  –No seas niña –dijo–. Estas cosas pasan.

  Ella insistía en bajar la cabeza, pero él se lo impedía. La atrajo y volvió a besarla en la boca, breve y suavemente. Luego la alzó en brazos y se dirigió con ella hacia el interior del apartamento.

  Camelia cerró los ojos.

  Hubo un momento en que oyó más fuerte la música, pero luego se desvaneció un poco.

  Él se detuvo, y la depositó en el suelo, de pie.

  Camelia insistía en tener los ojos cerrados. Se tensó cuando las manos de él se deslizaron por su cuerpo y, enseguida, comenzaron a desnudarla, sin brusquedades. Recibió otro tierno beso en la boca y una caricia en las mejillas. Al mismo tiempo le llegó el olor de los canales, ese olor denso y extraño, fuerte y sorprendente que no llega a ser desagradable, aunque se le aproxima. A ella le pareció un aroma palpitante de una insólita fuerza masculina, casi brutal.

  Abrió los ojos. Nicolo los miró, y preguntó:

  –¿De qué color son?

  Camelia tragó saliva.

  No podía hablar.

  Hizo girar los resplandecientes ojos, quería saber dónde se hallaba exactamente.

  Era un dormitorio no muy grande, limpio, ordenado, pero con muchas fotografías de diversos tamaños en las paredes; había fotografías de Venecia, de Paris, de Roma, de bosques, lagos y playas, de bellas jóvenes, de atletas, de flores y de graciosos cachorros de perros… Una ventana, que se hallaba completamente abierta, daba al canal, y por ella penetraban aquellos aromas fuertes y en ocasiones mareantes, desconcertantes, y se divisaba todavía el resplandor rojo del sol como si fuese un incendio que estuviese consumiendo Venecia, y que iluminaba el dormitorio de un modo confuso y vital.

  Las manos de él se habían detenido sobre su cuerpo, y Camelia, tras mirar la cama, finalmente miró a los ojos a Nicolo.

  –En los ojos de las personas está reflejada su alma –dijo él quedamente–. En realidad, los ojos de la persona lo expresan todo sobre esa persona, no importa del color que sean y la belleza aparente que haya en ellos. En cualquier caso, yo diría que los tuyos son de color violeta.

  Camelia se pasó la lengua por los labios, y consiguió decir:

  –Mis ojos son indescriptibles, pero feos.

  En el rostro de Nicolo apareció una sincera expresión de asombro.

  –¿Feos? ¿Por qué dices eso?

  –Son feos. Yo soy fea.

  Nicolo puso cara de pasmo. De repente se echó a reír, la abrazó despegándola del suelo, y comenzó a caminar, llevándola abrazada. Camelia no pudo evitar una risa, que se cortó bruscamente cuando recibió el delicioso beso en la garganta. Cuando vino a darse cuenta se hallaba en el cuarto de baño, amplio y vetusto, pero limpio, tan correcto como todo parecía hallarse en aquel apartamento…, en el que seguía sonando la música de Puccini.

  Él la hizo girar, enfrentándola al espejo, y quedó tras ella, abrazándola por la cintura y presionando en sus nalgas con su virilidad inocultable, que ella sentía como un fuego que la estuviera empapando.

  –Explícame con todo detalle qué es lo que tienes feo –pidió Nicolo.

  –Todo.

  –Eso es terrible, ¿no?

  –Sí. Es… terrible y horrible.

  –Pero asegurémonos. Mírate bien. Seguro que hay en tu rostro o en tu cuerpo algunos detalles especialmente feos que sobrepasan lo que podríamos llamar tu fealdad general. Por ejemplo, las orejas: ¿dirías que tienes las orejas especialmente feas?

  Al hacer la última pregunta separó los cabellos de ella, dejando al descubierto sus orejas, pequeñas y rosadas… Sí, parecían de mármol rosa.

  –No –murmuró–… Creo que no.

  –¿Crees que no son especialmente feas? ¿O que no son feas de ninguna manera?

  –Creo… creo que mis orejas no son feas.

  –Entonces, quizás es fea tu boca. ¿Te parece fea?

  –No sé…