LA ESPÍA RESUCITADA (3)

GISELLE MONTFORT
en
UN CUERPO SIN CORAZÓN
por
LOU CARRIGAN
NUEVA YORK, 2001
RECORDANDO PARÍS
Cuando aquella tarde, tras regresar de su viaje a París en compañía de Número Uno, Brigitte terminó de explicar lo que ambos habían encontrado en Versalles, hubo unos segundos de tenso silencio en el salón de su apartamento en el Crystal Building, donde, como ya era costumbre, solían reunirse todos no menos de un par de veces a la semana.
Con Brigitte y Número Uno se hallaban los hijos de Brigitte, Bridget y Héctor, y, por supuesto, Frank Minello, que era el que parecía más fascinado por la narración que había hecho la divina espía sobre la verdadera tumba de su madre en el pequeño cementerio de Gonards, en Versalles, aquella sencilla tumba en cuya lápida se aseguraba que se podía morir de amor… (*) [(*) Ver Una Tumba en Versalles.]
–O sea –dijo de pronto Bridget–, que finalmente mi abuela se reunió con el hombre que había amado.
–No se reunió, cariño –puntualizó Brigitte–: los reunieron.
–Eso tuvo que hacerlo Hans Thomas Weber, ¿verdad? –murmuró Héctor.
–Por supuesto –asintió su madre–. Nadie más que él se sentiría motivado para complacer a mi madre… incluso después de su muerte.
–Por lo que nos vas contando de todo el Bloque A con las memorias de la abuela Giselle –deslizó Bridget–, aquel hombre, el coronel Weber, tuvo que amar a tu madre de un modo… de un modo… desorbitado.
–El amor no es nunca desorbitado, Bridget. Lo que ocurre es que hay muchas clases de amor… No. Rectifico. Lo que he querido decir y ahora aclaro es que sólo hay una clase de amor, pero se puede expresar y manifestar de muchas y diversas maneras.
–En cualquier caso –insistió Héctor–, el coronel Weber amó a tu madre de un modo extraordinario, ¿no te parece?
–Eso sí –sonrió Brigitte–. Pero, Héctor, todas las personas extraordinarias son amadas de un modo extraordinario. Sucede así.
Al decir esto, Brigitte miró a Número Uno, por cuyos labios pasó algo parecido a una sonrisa. Frankie masculló algo, lo que hizo sonreír a todos los presentes.
–¿Decías algo, Frankie? –inquirió Brigitte, casi riendo.
–No… Bueno, sí… Decía… ¡O sea, que el tesoro que encontrasteis en el panteón propiedad de Weber es el que finalmente consiguieron éste y tu madre por medio del maletín del pérfido general Müellermann!
–No, Frankie.
–¿Cómo que no? ¡Pero si acabas de decir que aquel maletín de acero del general alemán tenía mucho dinero y resguardos de…!
–Pero eso es otra historia. Verás, en efecto, en el panteón que Weber compró hace muchos años en el cementerio de Gonards, Uno y yo encontramos cuatro ataúdes, pero éstos no contenían restos humanos sino joyas y objetos de arte que hoy día constituyen un auténtico tesoro, una fortuna incalculable… y que a su debido tiempo le daremos el destino que merece, como homenaje a la memoria de mi madre y de Hans Thomas Weber y de cuantos lucharon junto a mi madre. Había también muchos documentos en varios idiomas y periódicos de la época, de varios países europeos…, documentos que nos hemos traído a Nueva York casi en su totalidad y que pronto serán sometidos a un estudio muy riguroso. Pero eso es una cosa, que por ahora desconocemos y que seguramente no sabremos hasta que logremos descifrar el Bloque B espero que con ayuda de la CIA, y otra cosa bien diferente, y que sí conocemos, es lo referente al maletín de acero del general Müellermann y lo que le sucedió a mi madre cuando… cuando fue a Suiza con Hans Weber.
–¡Otra vez ese alemanote feo! –exclamó Frankie.
–Sí –sonrió Brigitte–. Él siempre se las arregló para estar cerca de mi madre.
–Ya. ¡Pero lo del maletín…!
En aquel momento en la puerta del salón apareció Peggy, con un gran ramo de rosas rojas en las manos.
–Señorita, han llegado las flores semanales del señor Pitzer.
–¡Ese viejo buitre calvo y carroñero…! –rezongó Frankie. Y de repente vociferó–: ¿Tú de qué te ríes?
Peggy, que se disponía a colocar las rosas en un jarrón, lo miró cariñosamente.
–No me río, Frankie –aseguró.
Pero sin poder contenerse ella y Brigitte se echaron a reír, con lo que consiguieron que Minello se mosqueara por todo lo alto.
–¡Ya me estáis diciendo ahora mismo…!
–Cálmate, Frankie –recomendó Brigitte–. Peggy y yo nos reímos porque respecto a la calvicie de tío Charlie digamos que… que tú también estás… digamos… perdiendo un poco de cabello.
–¡Pero yo no soy un viejo buitre carroñero!
–Tampoco lo es tío Charlie –aseguró Brigitte–. Está viviendo apaciblemente en su hermoso jardín de Long Island, dedicado a sus flores y a navegar… Por cierto, tengo entendido que alguna que otra vez, por no decir muchas veces, has salido a navegar y a pescar con él…, pero quizás estoy mal informada.
–¡Claro que estás mal informada! ¡Nunca he hecho semejante cosa! ¿Cómo has podido creer una barbaridad tan enorme?
–Frankie, ¿me estás diciendo que la agente Baby está mal informada con respecto a una cosa tan sencilla como la que hace referencia a tus encuentros con tío Charlie en su casa-jardín de Long Island?
–¡Sea quien sea que te ha informado, despídelo, pues sólo te ha dicho disparates!
–¿Y si hubiera sido Número Uno? –sugirió Brigitte.
Minello se atragantó. Sus ojos se desorbitaron. Su mirada fue como un relámpago hacia Número Uno, que sonreía irónicamente. Luego miró a Brigitte, que estaba haciendo un tremendo esfuerzo para no ponerse a reír a carcajadas.
–Claro que no –farfulló por fin Minello–. Número Uno no se dedica a cotilleos de poca monta. ¡Eso ha tenido que decírtelo uno de vuestros muchachos de la Prize & Chastisement…! ¡Además, yo no tengo nada que ver con Pitzer! ¡Ni se me ocurre acercarme a ese buitre carroñero! ¡Y él está mucho más calvo que yo!
–No sé, no sé –dijo maliciosamente Brigitte.
Peggy volvió a reír y se apresuró a adelantarse a cualquier reacción por parte de Minello.
–Voy a seguir preparando la cena, señorita.
–Piensa que Frankie se queda a cenar… y que perder cabello no significa perder el apetito.
–Sí, señorita –se alejó riendo Peggy.
Quienes de ninguna manera podían contener la risa eran Bridget y Héctor.
–¡Pues yo quiero saber qué significaba aquel maletín del general Müellermann! –explotó Minello.
–Eso sí puedo explicártelo, pero te costará una cena de catering, Frankie. Peggy bien se merece descansar de cuando en cuando, ¿no te parece?
Peggy, que había llegado a la puerta del salón, se volvió al oír estas palabras, y se quedó mirando expectante a Minello.
–Bueno, sí –asintió éste–. ¡Está bien, pagaré una cena que será más fastuosa que los banquetes de las mil y una noches…! ¡Y además, a partir de ahora lo haré cada semana! ¡Ya está!
–Gracias, Frankie –dijo Peggy–. Y cuenta con ración doble de postre esta noche.
Esta vez incluso Número Uno rió. Minello miraba a unos y otros, y no encontraba palabras para expresar su cólera. Por fortuna, Brigitte supo capear el temporal, como siempre.
–En cuanto a lo del maletín que tanto te interesa, así como lo que ocurrió en Suiza… y en otro sitio que os sorprenderá, os lo explicaré después de cenar.
–¿Y cómo titulas esa aventura de tu madre?
Brigitte quedó pensativa, observada por todos. Por fin, y tras un titubeo que todos captaron perfectamente, murmuró:
–Creo que podemos titularla Un cuerpo sin corazón…
CAPÍTULO I
Vive l’amour et la France!
La muerte dispara tres veces
Preparando un viaje
Cuando oí la llegada de la motocicleta no pude contener un fuerte suspiro de alivio, tan fuerte que pensé que incluso podían haberlo oído en París.
Era media tarde. El resplandor de la luz solar entraba por las dos pequeñas ventanas de la fachada. Yo estaba sola en la casita de Meulan, cerca del Sena. Hacía por lo menos cuatro días que no veía a Weber, desde que se fuera con el maletín del general Müellermann y, claro está, llevándose todo su contenido: una pequeña fortuna en dinero y una fortuna mucho mayor, sin duda, en documentos y numerosos resguardos de depósitos bancarios.
El propio Weber lo había comentado:
«No estoy seguro…, pero puedo enterarme por medio de ciertos contactos que la Gestapo tiene en Suiza. Iniciaré cuanto antes unas discretas investigaciones al respecto, pero puedo adelantarte que por poco hábilmente que utilices estos documentos entrarás en posesión de una importante cantidad de dinero en francos suizos y en dólares y seguramente otras cosas o propiedades que no se especifican en estos resguardos. En definitiva: la persona que tenga este maletín puede considerarse inmensamente rica.»
Y yo había tenido la mala idea de desconfiar de Weber.
Cuando él desapareció sin darme ninguna explicación y llevándose el maletín había llegado a pensar que él había decidido olvidarse para siempre de mí y quedarse con el maletín y por supuesto con su contenido, es decir, no sólo con todo el dinero en efectivo sino también con aquellos documentos y resguardos que podían servir para que una persona pudiera considerarse “inmensamente rica”.
Afortunadamente, no era así, pues Weber acababa de regresar.
Me puse tan contenta que en lugar de salir a recibirlo frente a la casa, como otras veces, me limité a dejar abierta la puerta y enseguida corrí al pequeño dormitorio, me desnudé rápidamente y acto seguido me puse tan sólo una camiseta de soldado francés que había conseguido en la taberna Libertin, el bistrot de Emil en París donde el maquis preparaba pequeñas intrigas.
Me miré al amarillento y turbio espejo del desvencijado tocador que Weber me había conseguido…
En realidad todo lo que había allí, en aquella casita, me lo había proporcionado el coronel de la Gestapo Hans Weber. Me había proporcionado incluso la documentación a nombre de Elodie Beauchamp…, me había proporcionado incluso la vida. (*) [(*) Ver Giselle, mon amour]
¿Cómo había podido siquiera pensar que Weber era capaz de traicionarme, y menos todavía por simple y vulgar dinero…?
Me sonreí a mí misma en el espejo.
Estaba guapísima.
A pesar de llevar el cabello corto y teñido de negro, estaba guapísima… Claro que estaba más encantadora y maliciosa con mi larga y rizada melena rubia natural, pero de todos modos cualquier hombre que me viese en aquel momento podía perder la cabeza… y la compostura.
–Hoy te voy a vencer –dije, mirando mi imagen en el espejo.
Estaba muy enfadada con Hans. Muy, muy enfadada, pues era el único hombre que no había sucumbido a mi belleza y a mis zalamerías. Había intentado ya muchas veces que me hiciera el amor, pero él se negaba una y otra vez…
–¡Pues hoy lo harás! –insistí, sonriendo a mi imagen en el espejo–. ¡Hoy vas a ser derrotado por esta francesita, feo coronel de la siniestra Gestapo!
Mis piernas se veían perfectamente desde el límite inferior de la camiseta de soldado (más o menos desde las caderas) e incluso se distinguía una pequeña muestra de mi vello púbico que daba fe de que yo era rubia y no morena…
Sí, se veían mis espléndidas piernas, pero ciertamente las camisetas del ejército francés no estaban diseñadas para que una muchacha luciera su busto, por muy francesa y muy sexy que fuera. Así que decidí enmendar tan antipático error: rasgué el borde del cuello de la camiseta de un tirón, de tal modo que mis senos casi quedaron al descubierto.
Contuve apenas una exclamación de alegría.
¡Esto ya era otra cosa!
Así pues, convencida de que estaba irresistiblemente hermosa, tentadora y sugestiva, salí del dormitorio y aparecí en el pequeño recibidor-comedor en el momento en que la puerta se abría, empujada desde el exterior.
Sonreí, alcé los brazos y exclamé:
–Vive l’amour et la Fran…!
Me atraganté con la palabra Francia y estuve a punto de desmayarme.
Quien entraba en la casita no era Weber, sino el capitán (también de la Gestapo) Rudolf Marx.
Nos quedamos mirándonos. Él había palidecido. Yo quedé aturdida. No asustada, pues Marx no sólo había ayudado a Weber a salvarme la vida aquella oscura y húmeda madrugada, sino que era una de las poquísimas personas que sabían que Giselle Montfort no había sido fusilada en el tétrico patio de la prisión de Cherche Midi, sino que continuaba en activo en el maquis francés…
De pronto lancé un grito, di la vuelta, y corrí a encerrarme en el dormitorio.
Cerré la puerta y quedé apoyada de espaldas en la madera, sintiendo el fuerte latir de mi corazón.
¡Pero cómo se podía ser tan tonta, cómo se me había ocurrido hacer aquello sin asegurarme de que era Weber quien llegaba, como si solamente él en todo el mundo dispusiera de una motocicleta alemana…!
Noté la presión de la puerta en mi espalda, y, sorprendida, comprendí que el capitán Marx quería entrar.
–Espere un momento, por favor, capitán –dije en voz alta–… ¡Enseguida salgo!
Me aparté de la puerta para acercarme a la cama, encima de la cual había dejado mis ropas. De repente, estaba asustada. El capitán Marx no había venido nunca solo a la casita; si alguna vez había venido fue siempre en compañía de Weber.
¿Quizá le había ocurrido algo malo a Hans?
Este temor ni siquiera llegó a cuajar en mi mente, pues la puerta se abrió y entró el capitán Marx. Yo estaba a punto de quitarme la rasgada camiseta, pero la bajé de nuevo, ocultando mis pechos y tratando de hacer lo mismo con mi vello púbico. Al mismo tiempo, miraba enfadada al capitán Marx.
–Le he dicho…
–Te he oído perfectamente –sonrió él–. Pero he preferido entrar porque estaremos mejor aquí.
Yo iba a seguir protestando, pero de repente me fijé en sus ojos y entonces quedé muda.
Había visto en los ojos de muchos hombres aquella mirada y sabía muy bien lo que significaba. Había padecido muchas veces las consecuencias de aquella mirada ardiente y lúbrica.
Cogí mis ropas y las apreté contra mi cuerpo. Marx sonrió más. Su sonrisa era… era sucia y fiera. ¿Se había vuelto loco? ¡Él sabía perfectamente que si me hacía el menor daño Weber lo haría pedazos!
De pronto lo comprendí, mi temor anterior se concretó y cuajó, y entonces fui yo quien palideció.
–¿Le ha ocurrido algo malo a… al coronel Weber? –inquirí, con voz temblorosa.
–¿Por qué supones eso? –se sorprendió.
–Porque estoy viendo en sus ojos lo que usted está pensando hacer conmigo…, y no se atrevería a intentarlo si él pudiera luego pedirle cuentas.
–¡Pedirme cuentas! –El capitán Marx se echó a reír–. ¡Esto tendría gracia! ¿Acaso yo no tengo derecho a lo mismo que él? ¡Y más con una puta francesa! ¡He sido muy discreto y paciente con vosotros dos, he guardado vuestro secreto, no os he traicionado en ningún momento! ¡Y tú nunca has mostrado ni una pizca de agradecimiento, nunca te has dignado ni siquiera hacerme una caricia…! ¡Ya me he cansado de esperar! ¿Acaso no te habías dado cuenta de lo mucho que te deseo? ¡Pero he tenido que aguantarme y esperar, pues el maldito coronel te vigilaba continuamente como si fueses… como si fueses… una diosa a la que venerar!
–¿Qué… qué le ha pasado a Hans? ¡¿Qué le ha pasado a Hans?!
–Lo he matado. –La sonrisa del capitán Marx no podía ser más perversa… y lasciva al mismo tiempo–. Ya no podía esperar más a poseerte, así que primero lo he matado a él y ahora estoy aquí para satisfacer este deseo que me está abrasando.
–No –gemí–… No, no, no… ¡No es cierto, Hans no está muerto, no está muerto…!
–Ya lo creo que sí –aseguró Marx, acercándose muy despacio–. Ahora lamento no haberte traído su cabeza para convencerte. ¿No te habría gustado tener su cabeza de grosero palurdo en una repisa? Pero da lo mismo que me creas o no, porque él no podrá molestarme nunca. Aunque estuviera vivo nunca sabría lo que va a suceder aquí, porque después de gozar de tu cuerpo que tanto ansío te mataré y te tiraré al Sena, desnuda y con la cara desfigurada… O quizá te entierre en cualquier agujero del bosque… Así que aunque Weber estuviera vivo sólo sabría que su amante había desaparecido y nunca se le ocurriría sospechar de mí… ¿Qué estás mirando, qué buscas?
Era cierto, con la mirada yo estaba buscando algo…, algo que pudiera servirme para matar a aquel infame asesino. No me importaba lo que él dijera, no me importaba que creyera que era la amante de Hans… Lo único que pensaba y deseaba en aquel momento era matarlo, vengar a Hans. Pero no había nada que pudiera servirme para mis propósitos. Volví a mirarlo a él. Me di cuenta de que me ardían los ojos. Sentía como si de algún modo se estuviera encendiendo una hoguera dentro de mi cuerpo…
–Aparta de tu cuerpo toda esa ropa –dijo de pronto el capitán Marx, comenzando a desvestirse–. ¡Quiero verte desnuda y esplendorosa, quiero ver tu cuerpo magnífico que tantas veces he oído elogiar y desear! El gran momento ha llegado para mí y quiero disfrutarlo a plena satisfacción… ¡Vamos, prepárate para mí! ¡Quiero penetrarte hasta…!
Dejé caer toda mi ropa, en efecto, pero la sonrisa de Marx se convirtió en una mueca de sobresalto cuando de repente me abalancé contra él con toda mi fuerza.
Nuestros cuerpos entraron bruscamente en contacto, el mío desnudo, el de él a medio desvestir. Le oí gritar entre asustado e incrédulo cuando le mordí en el pecho al tiempo que con la mano izquierda le arañaba furiosamente la mejilla derecha… Sentí su sangre en mi mano y en mi boca, oí su aullido de furia, oí también mi propia voz en un rugido de fiera herida…
–¡Te voy a matar! –grité–. ¡Te voy a matar, te voy a mat…!
Sentí el fortísimo puñetazo en un costado. Quedé sin aliento, y él aprovechó para apartarme de un empujón con ambas manos sobre mis pechos. Se puso en pie profiriendo maldiciones, me dio unos cuantos puntapiés y luego me arrastró hasta la cama y me colocó sobre la manta. Le oía farfullar con terrible rabia, pero no lo veía. No veía nada, era como si todas las luces del mundo se hubieran apagado, incluso la del sol poniente…
De pronto sentí sobre mi cuerpo el peso de su cuerpo.
Abrí los ojos.
–Ahora verás –oí su jadeo–… ¡Ahora verás!
No vi, pero sentí.
Sentí su brutal penetración. Intenté escabullirme, pero era muy fuerte. Sentía su blanca y fría piel sobre la mía. Sentía su blanda carne sobre mi pecho. Sentía aquella indeseada penetración, oía su jadeo de animal…
De repente, dejé de sentir el peso de su cuerpo sobre el mío.
De repente, desapareció, dejó de estar encima de mí.
Me senté en la cama de un salto y me quedé mirando alucinada aquella escena que ya nunca se ha borrado de mi memoria, una escena que ha pasado a formar parte de mi mente: de pie junto a la cama estaba el coronel Weber, sujetando al capitán Marx por los cabellos con la mano izquierda. Con la derecha empuñaba su Luger, cuya boca de fuego colocó en el pecho de Marx, justo sobre el corazón, y enseguida apretó el gatillo.
El capitán Marx emitió un bramido, pareció que sus ojos fueran a saltar de las órbitas, y sus facciones se desencajaron. Weber apretó de nuevo el gatillo, y todo el cuerpo de Marx tembló, vibró como sometido a una descarga eléctrica. Weber todavía disparó otra vez, siempre a aquel corazón que ya estaba muerto. Yo vi cómo en la espalda de Marx aparecía un extraño bulto, como si el torso fuera a hincharse, y enseguida la carne se rasgaba como si fuese papel mojado y comenzó a aparecer lentamente la sangre, como una extraña espuma de color granate…
Weber tiró a un lado el cuerpo del capitán Marx, como si fuese basura, y me miró. Si alguien estaba pálido allí era él. Si alguien parecía muerto o a punto de morir, era él.
–¿Estás bien? –inquirió con voz aguda–. ¿Estás bien, Giselle?
Asentí con la cabeza. No estaba bien, pero tuve la intuición de que si se lo decía a Weber sería él quien estaría mal, estaría mucho peor que yo misma.
–No pude llegar antes, porque dejé el coche un poco lejos después de seguirlo. Me extrañó la expresión que vi en sus ojos cuando…
–¡Hans! –grité–. ¡Hans, él dijo… dijo que te había matado…!
Salté de la cama y me abracé a él. Oí el ruido de la pistola al caer al suelo y enseguida noté sus manos, heladas, en mi espalda, y luego en mi cintura, sujetándome… y acariciándome temblorosas. Rompí en llanto, y no sé cuánto tiempo pasó hasta que dejé de llorar y entonces él me apartó, me besó en la frente y sonrió. Era como ver sonreír a un extraño ser mitad cerdo y mitad gorila.
–¿Te sientes mejor?
–Hans, ¿de verdad estás vivo?
–Vístete y tranquilízate. Luego pon algunas cosas en una maleta: nos vamos de viaje.
–¿A Suiza? –comprendí enseguida.
–Sí. ¿Qué habrías hecho si en verdad me hubiera matado?
–Lo habría celebrado –sonreí–. A fin de cuentas tú no eres más que un maldito sicario de la Gestapo… ¡Lo habría celebrado con champán! ¡Oh, Hans, cuando me dijo que te había matado sentí… sentí…!
–¿Qué sentiste?
–No sé. Pero fue… fue algo muy… muy cruel, Hans.
Estuvimos unos segundos mirándonos.
Por fin, él asintió, me acarició la cara y luego se acercó al cadáver del capitán Marx. Lo agarró de un pie y tiró de él, arrastrándolo fuera del dormitorio. Me dio la impresión de que estaba sacando fuera de la casa un saco de basura.
Regresó enseguida, recogió las ropas de Marx y volvió a salir.
Al poco lo oí salir de la casa.
Luego, el silencio.
* ** *
Cuando regresó yo ya estaba vestida y sentada a los pies de la cama, con la maleta preparada. Apareció muy tenso y mirándome con gesto ansioso.
–Estoy bien, Hans, de verdad –adiviné sus temores y sus ansias–. Ya ha pasado. ¿Qué has hecho con Marx?
–Le he escupido en los ojos y lo he tirado al Sena, junto con sus cosas. Pero tenemos que llevarnos su motocicleta y abandonarla cuanto más lejos de aquí mejor.
–La culpa fue mía. –Sentía la boca seca–. Yo… oí la llegada de la moto, creí que eras tú y quise… tentarte y seducirte, así que lo recibí casi desnuda y… y muy provocativa, y… ¡La culpa ha sido mía!
–No. Luego te lo explicaré. Ahora tenemos que marcharnos.
–Pero… pronto será de noche. ¿No sería mejor que esperásemos a mañana para salir de viaje?
–Nos vamos ahora mismo. ¿Llevas tu documentación a nombre de Elodie Beauchamp, lo llevas todo?
–Sí. Pero dime…
–No debemos dejar aquí nada que nos comprometa por si alguien viniera a meter sus narizotas aunque fuese por casualidad… Esta casa debe estar a salvo de todo, pues no sería fácil encontrar otro lugar tan seguro y conveniente como éste.
–Hans…, ¿qué ha pasado?
–Vámonos. Tengo el coche cerca de aquí. Yo me llevaré la motocicleta de Marx y tú me seguirás con el coche hasta que me deshaga de la moto.
–Tengo que pasar por Meulan, tengo… tengo que hacer una llamada por teléfono, si me voy de aquí. No puedo marcharme de cualquier manera, porque yo…. espero una llamada de… de Berlín, y di el número de unos amigos de Meulan.
–¿Quién te ha de llamar a Meulan?
–Rommel.
Capté su gesto de sobresalto, pero fue sólo un instante. Luego quedó pensativo unos segundos.
–Está bien –dijo por fin–. Si estás esperando algo que es muy importante para ti quizá sería mejor que no fuésemos a Suiza.
–Quiero que vayamos a Suiza –puntualicé–. Pero no puedo marcharme sin hacer algunos contactos y arreglos.
–En ese caso –dijo, tras reflexionar de nuevo unos segundos–, sería buena idea que preguntaras qué vías pueden proporcionarnos tus compañeros de la Resistencia para entrar en Suiza. Bien pensado, cabe admitir que el maquis tendrá más y mejores recursos que yo particularmente para hacer algo así.
–Vamos primero a solucionar lo de la motocicleta de Marx. Luego, ya noche cerrada, iremos a Meulan, a casa de esos amigos que tienen teléfono. Y después de unas cuantas llamadas haremos lo que mejor nos convenga.
–Tal vez lo que mejor nos convenga sea precisamente no ir a Suiza, Giselle.
–Iremos a Suiza. Está decidido.
CAPÍTULO II
Mis amigos del maquis
La peor tortura del coronel Weber
Un lugar llamado Al Gallo Negro
Como era de suponer en un coronel de la Gestapo, Weber lo había preparado todo muy bien, así que aunque las patrullas de vigilancia de la Werhmacht nos pararon en la carretera nada menos que cuatro veces durante aquel viaje nocturno hacia el sur, no tuvimos ningún problema.
Por supuesto, los soldados alemanes me miraban con insistencia, pero yo me limitaba a sonreír simpáticamente mientras Weber utilizaba su seco tono autoritario y mostraba su documentación de oficial de la Gestapo.
Es decir, no era su documentación la que mostraba, sino la del capitán Rudolf Marx, de la que se había apropiado antes de tirar sus ropas a la espesa corriente del Sena tras el desnudo cadáver… Cuando encontrasen –si es que lo encontraban alguna vez– el cadáver de Marx en el mar, o quizás antes, en alguna poza estancada del río, sería sólo una putrefacta masa de carne hinchada e irreconocible… Mientras tanto, para mayor confusión de cualquiera que buscase al capitán Marx, todas las pistas señalarían que éste se había dirigido hacia el sur de Francia en compañía de una joven francesa…
Es verdad: siempre sucede lo que ha de suceder. Y Weber me había convencido de esto una vez más.
–Ya estaba condenado a muerte –me dijo, refiriéndose a Marx.
–¡Hans, él era tu amigo! –protesté.
–Nadie que pueda hacerte daño o tan sólo representar un peligro para ti es amigo mío. Desde el principio a partir del momento en que me serví de su ayuda para sacarte con vida de Cherche Midi, pensé en matarlo, como he hecho con otros, porque no quiero que nadie sepa que Giselle Montfort está viva… Nadie que pueda perjudicarte. Nadie. Ni siquiera yo mismo. Si supiera que mi vida ha de servir para hacerte daño o tan sólo comprometerte me mataría. ¿Quieres que me mate?
–¡No digas barbaridades! –me sobresalté–. ¡Hans, no seas bruto! Y dime cómo pudiste aparecer tan oportunamente, cuando él me… me estaba…
–No se trata de que apareciese “oportunamente”–dijo, con la mirada fija en la oscura carretera que las luces del coche teñían de un color amarillo sucio–. Verás, yo planeé todo el viaje a Suiza, y entonces le dije a Marx que iba a estar lejos de París varios días. Leí en sus ojos su alegría y su perversidad y supe que, tal como yo había supuesto, él querría aprovechar mi supuesta ausencia para visitarte y usar y abusar de ti hasta hartarse y luego matarte… Sé que lo habría hecho. Lo supe todo cuando vi sus ojos. Así pues, cuando salí de París, en lugar de alejarme hacia el sur vine hacia Meulan y lo esperé con el coche escondido a un lado del camino de la casa… Lo vi llegar con su moto, y entonces comencé a acercarme a pie a la casa de tal modo que desde ésta no pudiera ser visto, pues si él me hubiese visto habría comprendido mis intenciones y te habría utilizado para protegerse de mí… Bueno, cuando entré en la casa comprendí enseguida que habían sobrado tantas precauciones y que lo que debía haber hecho era acercarme más de prisa. ¡Ese hijo de…!
–Hans, no fue nada –murmuré.
–¡Sí fue, fue mucho!
–Bueno, me hizo un poco de daño, porque estaba como loco, pero no fue nada que…
–¡No estoy hablando del daño físico, estoy hablando del daño a tu voluntad y a tus deseos! ¡Lo mataría mil veces!
–Hans, no sufras… –Puse una mano sobre una suya que apretaba fuertemente el volante–. No sufras, estoy bien. Mi voluntad es mucho más fuerte que los sucios deseos de un hombre. No sufras por mí, Hans.
Después de esta conversación estuvimos en silencio un buen rato.
Por lo menos vimos media docena de mochuelos cruzando la carretera iluminados por los faros del coche.
Desde la casa de mis amigos de Meulan yo había llamado a Roger Savard y Michel Pointier, dos de mis más queridos compañeros del maquis, que habían acudido inmediatamente desde París para ayudarme en todo cuanto hiciera falta y estuviera a su alcance.
Por supuesto, ellos ya sabían de la existencia del maletín, pues habían intervenido en el impresionante final del general Müellerman en la quinta de la Avenue Foch, pero ignoraban que Weber había estado haciendo muy discretamente averiguaciones sobre la Switzerland Banque (*)
(* Ante la posibilidad de que exista alguna entidad llamada Switzerland Banque, el autor declara expresamente que se trataría de una coincidencia, pues se ha servido de la imaginación para asignar dicho nombre a la empresa bancaria que se utiliza en esta novela.) y el banquero llamado Oswald Vossler, y también ignoraban que Hans y yo nos proponíamos entrar en Suiza para tratar de saber qué significaba en definitiva y completamente el maletín de Müellermann y los documentos que contenía.
–Pero… ¿qué ha averiguado él? –preguntó Savard señalando a Weber con un movimiento de cabeza.
–Nada.
–¿Nada?
–Absolutamente nada que tenga importancia o significado especial. Al parecer, el banquero llamado Oswald Vossler y la entidad bancaria Switzerland Banque son normales y no tienen nada que ocultar o temer de nada ni de nadie.
–Pero, Giselle, en ese caso…
–En ese caso, precisamente, nos preguntamos por qué el general Müellermann tenía tan escondido un maletín que, simplemente, contiene dinero y documentos que parecen legales y normales. Weber está convencido de que todo esto oculta algo sucio y siniestro. Y, Roger, piénsalo: cuando un coronel de la Gestapo desconfía es que hay algo podrido en alguna parte. Además, lo cierto y evidente es que hay una gran fortuna a disposición de quien presente los resguardos que contiene el maletín de Müellermann…, y yo quiero apoderarme de esa fortuna para utilizarla a favor de Francia, del maquis, de los franceses…
Roger y Michel me habían escuchado muy interesados. Luego Michel hizo un par de llamadas telefónicas, y por fin nos propuso una ruta segura y conveniente para acercarnos a la frontera suiza lo más cerca posible de Ginebra para finalmente llegar sin contratiempos a esta ciudad, donde se hallaba la sede principal de la Switzerland Banque y tenía su domicilio el banquero Oswald Vossler, en la Lakenstrasse, frente al lago Léman.
Teníamos que hacer lo siguiente: viajar hacia el sur hasta llegar muy cerca de Lyon, desviarnos entonces hacia el este en dirección a Natua y luego seguir hacia la localidad llamada Bellegarde-sur-Valserine. Una vez en esta población debíamos presentarnos en una taberna posada cuyo nombre era Au Coq Noir, y aquí preguntar por un tal Jacques Baillard, quien, naturalmente, era un colaborador de la Resistencia. A partir de entonces debíamos confiar en Baillard y seguir sus instrucciones.
–¿No puedo saber el número telefónico de Jacques Baillard antes de partir? –pregunté.
–Claro que sí –asintió Roger–. Pero ¿por qué?
–Tengo que facilitarle ese número a una persona para que pueda localizarme en cualquier momento.
Roger Savard se había quedado mirándome fijamente. Por fin, preguntó:
–Esa persona… ¿es de absoluta confianza?
–Sí.
Me dijo cuál era el número de Au Coq Noir, e inmediatamente llamé a Berlín y le dije a la persona de confianza de Rommel dónde podían localizarme hasta nuevo aviso. No hubo problema alguno, aunque me di perfecta cuenta de que Roger no estaba del todo tranquilo. Tampoco estaba del todo tranquilo por la intervención de un coronel de la Gestapo en los asuntos del maquis; me di cuenta de ello, así que en un momento dado lo llevé aparte y le dije, mirándole a los ojos:
–No te gusta Weber, ¿verdad?
–No. Y me pregunto cómo puedes tener… amistad con un alemán.
–Te comprendo, Roger. Pero ese alemán se lo ha jugado todo para salvar mi vida y hacer entre los dos algo beneficioso para muchísima gente. Ese alemán se ha jugado su carrera y su vida por mí…, y sigue haciéndolo. Ese alemán, que además es de la Gestapo, moriría mil veces en las más horribles torturas si con ello me evitaba el más pequeño mal, y antes de hacerme él mismo el más leve daño se quemaría vivo. Vous comprenez?
–Mais oui. D’acord.
Dejé de pensar en la reunión que habíamos sostenido con Pointier y Savard.
Ya no vimos más mochuelos.
Faltaba poco para el amanecer cuando nos detuvo otra patrulla de soldados alemanes, que, como las anteriores, fue fácilmente manipulada por Weber, de modo que proseguimos el viaje. Había una pincelada de luz violácea en el este.
De pronto miré a Weber, que conducía muy serio. Parecía de piedra.
–Hans.
–¿Qué?
–¿Qué te harían si supieran que en realidad eres el coronel Weber, que has matado al capitán Marx y le estás suplantando, y que has abandonado tu puesto en París para ayudar a una francesa del maquis?
–No descubrirán nada. Lo he preparado todo muy bien. Oficialmente el coronel Weber está en viaje secreto para contactar con un alto jefe del Gobierno de Vichy que me ha ofrecido información secreta con la condición de que el contacto sea discreto y personal. Así que nadie se extrañará de que el coronel Weber no deje constancia de su paso en parte alguna. No soy tonto, Giselle.
–Ya sé que no eres tonto. Pero… ¿qué te harían si descubrieran la verdad?
–¿Qué quiere decir Au Coq Noir?
–Quiere decir Al Gallo Negro.
–¿El Gallo Negro?
–No: Al Gallo Negro.
–¿Y por qué se llama Al y no El?
–Es un modo muy francés de llamar a un establecimiento como ese al que nos dirigimos. Hans: ¿me estás tomando el pelo?
–¡Claro que no! Simplemente, no comprendía…
–¡Tienes conocimientos de francés más que suficientes para saber eso, y tus asquerosas botas de invasor alemán llevan pisoteando mi patria más tiempo del que hace falta para saber por qué decimos Al y no El…! Así que olvida las conversaciones idiotas y contesta a mi pregunta: ¿qué te harían si descubrieran la verdad?
–No lo sé.
–¡Sí lo sabes!
Me miró y sonrió.
–Giselle –dijo mostrando sus grandes y feos dientes–, nadie puede hacerme nada que sea peor que tenerme lejos de ti.
* ** *
Llegamos a Bellegarde-sur-Valserine al atardecer del día siguiente. Para entonces yo ya había comprendido por qué Weber había querido salir la noche anterior. Era muy sencillo: si hubiéramos salido por la mañana habríamos tenido que estar viajando un día y dos noches, y del modo en que él lo preparó estuvimos de viaje dos días pero una sola noche…, que es cuando las patrullas alemanas desconfían más y hacen más preguntas.
Una vez en Bellegarde-sur-Valserine encontramos enseguida la taberna posada Au Coq Noir, un lugar que me pareció encantadoramente dulce y tranquilo, con rincones muy agradables, iluminados apenas por el resplandor del fuego que se consumía apaciblemente en la gran chimenea.
Había quizás una docena de parroquianos, cuatro de ellos jugando al dominó, unos cuantos