
Penúltima y fundamental entrega “internética” de esta Historia del Beso ofrecida en capítulos seleccionados del libro; libro cuya versión completa, recordamos una vez más, sigue a la venta en lulu.com, tanto en descarga como en volumen impreso.
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LLEGARON LOS BESOS
Panal destilan tus labios, esposa;
miel está en tu lengua, y el olor
de tus arreos es como el aroma del líbano.
El Cantar de los Cantares
A primera y simple lectura la cita del El Cantar de los Cantares resulta, cuando menos, un poco desconcertante; no se capta enseguida lo de <panal destilan tus labios>, y aún menos se entiende que una mujer lleve <arreos>. Ahora bien, si convertimos <panal> en <origen y fuente de abundante miel> y reparamos en que <arreos> significa también <adorno, atavío>, cesa rápidamente el desconcierto y nace la admiración hacia la esposa en cuestión, que además de ser fuente de miel lleva un atavío de aroma… Así las cosas, hay que imaginar cómo serían los besos de la esposa para que el marido los convirtiese en poesía.
Podríamos decir que cada persona es como besa, es decir, que la forma de besar, el beso, define a la persona que besa, que la representa tal cual es en el fondo y en realidad. Pero esto sería muy aventurado, pues una persona puede ser de una manera y, por circunstancias, besar de manera diferente a su modo de ser; además, aquí no se trata de juzgar personas sino de definir, en plan más bien humorístico y benévolo, unos cuantos besos según la forma de darlos. Naturalmente no todos los besos se dan igual ni todos los besos son iguales; ni son iguales los/as besadores/as, ni, como ya se ha dicho, son iguales las circunstancias que llevan al beso, ni los motivos para besar, ni los momentos y lugares donde hacerlo…
Por ejemplo (y por no decir lo mismo que antes), no es lo mismo el beso pringoso de una vieja repugnante dado en el pestilente lavadero de una sórdida choza, que el de una chavalona babosilla de 18 años, sana, limpia, riente y enamorada dado en plena canícula a la sombra de una higuera en la que cantan docenas de pájaros; ni es lo mismo el beso de un obseso cachivache desdentado de ochenta años que el de un fornido mancebo que además de hacer culturismo (o no, es igual) y ser guapo y simpático se ducha todos los días, no lleva dentadura postiza, y se ha llevado a la nena en una tabla de surfing los dos en pelotas a pleno y radiante sol y acariciados por la brisa marina…
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