Obra Diversa
INTRODUCCIÓN
Este prolífico autor no ha escrito solamente novelas de aventuras, sino que en una vertiente de mayores exigencias literarias ha realizado una obra diversa –y dispersa– a la que en la actualidad, y tras el prolongado y provechoso aprendizaje técnico y literario que implica la narrativa de aventuras, dedica prácticamente todo su tiempo. Cabe mencionar, como obra inédita hasta el momento (y por supuesto merecedora de mejor fortuna), las novelas Para siempre el paraíso, Psicópatres y Los seres del Quinto Día, así como la singular novela-ensayo titulada Cómo hacer el amor sin amor.
En cuanto a su participación en concursos literarios (muy escasa), con La telaraña rota quedó finalista en el Premio Café Gijón, y semifinalista con Fin de semana en el Ateneo de Valladolid, ambos para novela corta. Asimismo finalista en el Concurso de Cuentos de La Felguera. Más adelante quedó semifinalista con la novela larga O goza o muere en el Premio Círculo Mercantil de Almería. Posteriormente publicó Compradores de gloria, en Ediciones Ceres (Editorial Bruguera) y más adelante Jardín siniestro en Ediciones Vosa y Tus problemas son nuestros problemas, de la serie televisiva de A3TV COMPAÑEROS, para Editorial Salvat.
COMPRADORES DE GLORIA
–Espere un poco –pidió Damián, fruncido el ceño–, todavía no sé si estoy despierto. Oiga, ¿quién es usted?
–Soy un amigo de Mustafá llamado Abdel Ibrahim, y represento a un grupo de compradores.
–Compradores… ¿de qué?
–De gloria, señor Vargas.
–No comprendo.
–Usted es el famosísimo delantero de la selección española llamado Damián Gol Vargas, ¿no es así? Pues bien, señor Vargas, nosotros esperamos de usted que nos consiga la gloria de que el equipo árabe que va a participar en el Mundial 82 gane ese campeonato.
Damián se atragantó con el Moët & Chandon y comenzó a toser, bajo la circunspecta mirada de su anfitrión.
–¡Pero hombre! –jadeó–. ¡Qué está usted diciendo!
–Queremos ganar el Mundial 82.
–¡Pues gánenlo! ¿A mí que me cuenta? Espere un momento, a ver si me aclaro. ¿Acaso pretende contratarme como jugador para Kuwait creyendo que yo solito puedo conseguir que se ganen todos los encuentros?
–Sabemos muy bien que eso no es posible, pese a su clase y talento como futbolista de elite.
–Entonces ¿qué? ¿Quieren contratarme como entrenador, seleccionador, o algo parecido?
–No, no.
–Pues ¿qué otra cosa?
–Tenemos la esperanza de que esa otra cosa se le ocurra a usted. Nosotros estamos dispuestos a poner todo el dinero que haga falta. Lo demás corre de su cuenta. Señor Vargas, los Compradores de Gloria son de todas las razas y nacionalidades y hace mucho, mucho tiempo que funcionan en todo el mundo: puede tratarse de comprar la gloria de un premio Nobel, la de un concurso de belleza, la de un festival de canciones…, o la del Campeonato Mundial de Burbujas de Jabón Aromático, pongamos por caso. Hay compradores de gloria para todo. Nosotros, los árabes, el mundo árabe, sólo queremos ganar el Mundial 82 de fútbol, pero sabemos que no lo conseguiremos jugando a pelota, y menos este año, porque aún no estamos preparados para ello y eso lo sabemos todos. Sin embargo, es ahora cuando necesitamos psicológicamente el Mundial, y estamos dispuestos a pagarlo muy bien. Por ejemplo, podríamos invertir sin problema alguno cuatro mil millones.
–¿De pesetas?
–De dólares, señor Vargas.
–Bueno –dijo lentamente Damián–, ustedes quieren el Mundial y yo podría decir que sí a todo, quedarme los cuatro mil milllones y engañarles.
–Nosotros sabemos que usted no ha engañado nunca a nadie.
* * *
–Salud pa todos. ¿Y qué? ¿Me compras unos decimitos?
–Dame mil pesetas –se resignó Damián–. ¡Y a ver cuándo es verdad que llevas la suerte, vieja liante!
–¿Liante yo? Algún día te acordarás de eso que has dicho, mal hombre. ¡Nadie te quiere como yo! ¡Y ya verás cómo tarde o temprano la gitana Macaria te traerá la suerte! –Formó una cruz con los dedos índice y pulgar de la mano derecha y la besó–. ¡Por ésta lo juro! ¡La suerte pa mi niño, ea! ¡Pero corazón, si tú no naciste de un coño, tú naciste de una flor!
Salieron de la bañera riendo y se secaron uno al otro. Damián se quedó de pronto mirando la sábana manchada de sangre, en un rincón del cuarto de baño. Cuando miró a Magdalena ella le miraba a su vez, sonriendo.
–Para ser una mujer con dos hijos… –empezó.
–¡De verdad que eres tonto! –se impacientó ella–. ¿Es que voy a tener que explicártelo? ¿No lo comprendes?
–Debo de ser tonto.
–Convinimos con mi marido que no queríamos tener más hijos, así que cuando él se fue a Estados Unidos me hice operar, lo que se llama una ligadura de trompas. Y ya puestos, pues… me hice… recomponer el himen. ¡Quería darle una sorpresa a mi marido cuando volviera!
Damián consiguió salir de su estupefacción.
–Bueno –masculló–, pues me parece que esa sorpresa no podrás dársela.
–No, ya no. ¿De verdad has tenido la sensación de que era virgen?
–Absolutamente.
–¿No es maravilloso? –rió Magdalena–. ¡Y tal vez vez pueda volver a hacerlo más adelante…!
* * *
–Macaria: que voy a ser padre.
–Toma, eso ya lo sabía yo –replicó Macaria–. Na más verle la cara el otro día a la virgencica se lo dije: te preñó. Vaya que sí, angelico mío. ¡Cómo no ha de estar preñada, si donde tú pones el pito suena la música!
* * *
Abdel Ibrahim se pasó las manos por la cara, lentamente. Desde el estadio llegó el alarido de la multitud.
–Señor Vargas: Alá tenga piedad de nosotros.
–¿Quiere decir que sus amigos vendrán a matarnos?
–Espero que entienda usted que la Liga Intelectual árabe no sólo sabrá que he fracasado en mi misión de comprar la gloria para el mundo árabe, sino que usted me ha engañado y como consecuencia yo he perdido cuatro mil millones de dólares. Porque son irrecuperables, ¿verdad?
–Absolutamente irrecuperables. Lo tenía todo muy bien planeado.
–Está usted admirablemente loco.
–¿Le gustaría participar de mi locura? –sonrió Damián–. Usted pagó por la gloria y yo puedo proporcionársela incluso en mayor medida de la que pagó…
En 1985 su novela Operación Barretina (título actual Corazones muertos) quedó seleccionada en el grupo final de las clasificadas para obtener el Premio Planeta.
CORAZONES MUERTOS
Y era verdad que se moría por ella, era verdad que estuvo a punto de morir cuando no podía tenerla, pero especialmente cuando por fin pudo amarla plenamente aquella tarde en que Marina se presentó en su casa, con agua de lluvia en sus cabellos, con olor de carne regada, con ojos de hembra entregada, con luz de vida encontrada en sus grandes ojos de terciopelo nocturno, y lo llevó al dormitorio, lo acostó sobre su cuerpo, y tan sólo con esto Adrián supo de verdad por primera vez, olvidando ceremonias, ritos, actos y coitos pretéritos, que era cierto lo que decía Claudio, que el amor es lo más importante de la vida, y que sería estúpido pensar en una vida sin sexo y por tanto en una vida sin amor… Sí, se moría por ella y supo mil cosas súbitas de carne y vida cuando ella lo acostó sobre su cuerpo, tomó con sus dedos de nardo dorado la monstruosidad antiestética y antirromántica que era su pene enardecido, y lo colocó en la entrada de su ser, para devorarlo enseguida con aquel dulce, tierno, cálido, delicadamente apasionado gesto de sus caderas que hizo del contacto una alucinante unión perfecta, como un beso increíble de sexos enamorados, como una fusión de órganos reencontrados, como un injerto de mutuo beneficio, como una llegada gloriosa a la meta de la vida…, mientras se abrazaba a su cuello y susurraba que no se preocupase por ella ni por nada. Y sólo ahora, cuando al entrar completamente en Marina, y oír su suspiro roto y cálido, tierno y feroz, dulce y ávido, y al notar sus manos en su espalda, al sentir su presión exigente, al recibir el gesto de su vientre alzándose a su encuentro con impudicia y gula y lujuria exquisitas, y sobre todo cuando ella murmuró en su oído palabras trémulas de seda rasgada, de matices roncos de placer, comprendió Adrián que la Vida era algo mucho más grande, hermosa, digna e importante que todo cuanto hasta entonces había tenido y deseado, y que si había dos sexos era porque la perfección de todo lo creado alcanzaba unos niveles excelsos en los que jamás ni remotamente había pensado, y porque esa perfeccion incluía algo que, se llamase amor o de cualquier otra manera, era la fuente de placer del universo, y ese placer sólo podía ser constructivo, creativo, positivo, y no la mierda de placer híbrido que hasta entonces había creído que era maravilloso y que no era más que un desperdicio de liquido seminal, una vulgar e innecesaria oportunidad a los millones de bichos que partían raudos en busca de concretar otra vida que seguramente sería una de tantas vidas más tan absurda como había sido la suya hasta aquel momento, en el que se sentía hundirse no sólo en las espléndidas morbideces palpitantes que tanto había ansiado con aquel hambre voraz de macho, no sólo en aquel sexo vivo que palpitaba en natural respuesta placentera, sino en un lecho preparado con tiernos sentimientos de mujer, un lecho de dulzuras de amor deseado, un lecho rodeado de temblores, de besos, suspiros, caricias y explosiones de un millón de diminutos orgasmos repartidos en todo el cuerpo y que se estaban juntando para formar un solo orgasmo que sería como una explosión, como un alarido de vida realizada, de vida sentida, de vida vivida. Y abrazado a ella, sintiendo su carne, su respiración, su transpiración, su latido completo, y recordando el intenso placer duplicado de aquella primera vez insólita y ardiente, recordando como en un recorrido increíble cada uno de los diminutos instantes de aquel coito inolvidable, Adrián Ferrer decidió que él preferiría morir antes que ver el día en que Marina dejase de amarlo, y, sobre todo, antes de que naciera un día en que él pudiera dejar de amar a Marina, la mujer que estaba en sus brazos y en cuyos brazos se hallaba… Hubiera querido poder explicarle lo que ella deseaba, describirle las hermosas sensaciones de luz y vida palpitante que tenía cuando hacían el amor, y que con tanta facilidad e intensidad y expresividad recordaba él siempre que quería, sensaciones que ya formaban parte de su vida física y mental, y en lugar de eso le había dicho a Marina el tremendo absurdo de que alguna vez durante el remotísimo pasado de sus vidas en que no eran uno del otro en carne y aliento él había llegado a pensar de ella cosas que ahora sabía que nunca podrían ser ciertas, porque ella era el ser más dulce, cálido, tierno y esplendorosamente vital y honesto que él había tenido la suerte de conocer para que su vida dejara de ser una fotografía y fuese para siempre una realidad que jamás podría ser deteriorada por nada de este mundo infeliz y falaz.
En 1991, su novela Vencer o llorar quedó clasificada en el grupo de finalistas seleccionadas para el VIII Premio Don Balón para novelas deportivas; en 1992, en la IX edición de este mismo premio, obtuvo el segundo puesto con la novela El vencedor de todos los juegos.
Siempre sin dejar de escribir novelas ha publicado alrededor de 50 obras de ensayo y de divulgación, así como manuales prácticos de diversos temas, como Grandes iniciados de nuestro tiempo, Las sociedades secretas, Zen y artes marciales, ¿Qué es el Opus Dei?, El cuerpo astral y los chakras, Cómo hacer bien el amor… También ha escrito biografías, de las que las últimas publicadas son Mahoma, Confucio y Lao tse.
Entre sus ensayos cabe destacar Carta a los dioses sinvergüenzas, Confieso que he leído y Por una noche loca (o Cómo morir joven, feliz y borracho); este último, reciente y todavía inédito, es una reflexión severa pero humorística –o humorística pero severa– dirigida a los jóvenes que se matan –y matan– conduciendo en las locas madrugadas.
Esta historia-informe tiene dos protagonistas principales: el vino (el alcohol en general) y un simpático, inteligente y joven conductor llamado Turbinator (Turbi, para los amigos), al que le gusta salir de noche, tomarse unas cuantas copichuelas y conducir su portentoso turbo a toda pastilla.
Resumidos y de muy fácil lectura se incluyen informes técnicos y legales, además de un vocabulario del alcohol etílico y un espeluznante alcohol-test sobre cuántas copichuelas son suficientes para que Turbinator (y cualquiera) pierda el control de la realidad, de sí mismo, y no digamos del coche. AÑadamos a esto unos graciosos cuentos de borrachos, bellos poemas de Omar Khayyam, descripción de las borracheras de ✞ a ✞✞✞✞✞✞, remedios contra la resaca, epitafios para borrachos, chistes y bromas…
Libro de culto para todos los conductores.
He aquí algunos pasajes de Por una noche loca:
Tú a lo tuyo, Turbinator: ¡a conducir borracho, que la vida es una fiesta, tienes más razón que un muerto! Y ya me dirás tú dónde se ha visto una fiesta sin vino. Sin mujeres bueno, porque a unos les gusta una flor y a otros les gusta un cardo, ¡pero sin vino…!
En fin, comprendo que no te importa matarte, así que ya podrías ir pensando en tu epitafio, para ahorrarnos al menos ese trabajo tan macabro además de morboso y sádico… Y encima, sobre todo y precisamente respecto a los muertos en accidente –la mayor parte, con mucho, debido a conducir estando trompas perdidos–, se dice que lo de menos es morir, pues por una noche loca se pagan a veces –muchas veces– precios más altos que la muerte. Pero estábamos hablando de epitafios, ¿verdad?, así que ahí van unos cuantos para tu tumba, y si quieres más no hay problema, puedo inventarme los que haga falta.
Tranquilo, que epitafios y tumbas no han de faltarte.
Helos aquí.
No lloréis por mí, cretinos,
que peor mi vida fuera
seguir con la borrachera
cometiendo desatinos.
***
Ay de mí, qué triste he muerto,
pues ocurrió en un momento
camino l’apartamento
de una chorba-monumento.
***
Si queréis verme feliz
en este agujero infecto,
olvidad ya mi desliz,
¡y traed vino al momento!
¡Este que sigue es muy original!:
Llamé al cielo y no me oyó,
y pues sus bodegas me cierra,
de mis trompas en la tierra
responda el cielo, ¡no yo!
Te aconsejo que antes de coger el turbo te prepares tú mismo unos cuantos epitafios, señalando el orden de tu preferencia.
O bien, mejor todavía, que se los encargues a un buen profesional, como yo mismo, sin ánimo de promocionarme para trabajos raros, que de ésos ya he hecho suficientes.
¿O todavía no?
No sé, no sé, porque hay por ahí cada editor que mejor sería que estuviese tomando el sol en Hawai, bellamente inactivo; mejor para los escritores, claro. Bueno, da lo mismo, aquí me tienes.
En cualquier caso, insisto: prepara o encarga a tu gusto tu epitafio, pues de otro modo te expones a que algún malparido quiera mearse de risa a tu costa y te ponga alguno como este que sigue:
Este inhumano pingajo,
bebiendo se fue al carajo,
y alguien lo confundió
con un horrendo gargajo.
Hombre, claro: gente grosera y con mal gusto la hay en todas partes, y todo lo que podemos hacer los selectos es protegernos de ella como nos sea posible.
Pero bueno, vamos a dejarnos de alegrías y hablemos un ratito de cosas serias. Aunque contigo ¿para qué? Mejor es que te explique unos brevísimos cuentos, por si alguno te da ideas para más epitafios.
BREVÍSIMOS CUENTOS DE BORRACHOS ESTÚPIDOS:
(¿O breves cuentos estúpidos de borrachos…?)
Esta noche he bebido poco
***
A mí no me hace efecto.
***
Este whisky es muy flojo.
***
Meando se me pasa enseguida.
***
Aguanto más que Dios.
Y termina así esta horrenda narración de Por una noche loca:
Yo estoy de acuerdo en todo con Omar.
Le comprendo.
Y como él, bebo vino en los labios de la hermosa ánfora y, siempre que puedo, en los dulces labios de mi amada, y también escribo, a la sombra de un granado o de una higuera, prosas como ésta, con intenciones poéticas:
¡Joder, si me gusta el vino…!
Pero echo el freno cuando es el momento, y si un día se me sube el pijo a la cabeza y me siento héroe de las galaxias, me quedo en casa y me extasío escuchando a Chopin, o me preparo un bocadillo de paella, o lloro escuchando la melodiosa voz de cualquier mariconcete invitado a alguno de esos bellísimos e ingeniosísimos concursos de la tele, o me paso por el vídeo una de nuestras exitosas películas nacionales con cómico tierno y casi clerical incluido, o llamo a un teléfono erótico, o sueño que estoy en Hawai viendo moverse mil de esos encantadores culitos de las lindísimas polinesias con sus falditas de paja, aloha!, o me asomo a la terraza a contarles chistes a las golondrinas.
Cosas así, a cuál más excitante, meritoria y/o peregrina. Lo que quieras, menos andar por ahí avasallando a la gente, ni matando a nadie.
Yo diría: Ave, Omar, bebituri te salutan!
Bien entendido: beber con placer y por placer y sin nunca el capullo y el bárbaro hacer. Claro que si no te gusta lo último que te he dicho, quizá te resultaré más simpático cambiándote el final de la carta, dejándolo así:
Bebe tranquilo, chaval, que son cuatro días, y la gente es cabrona, patosa y envidiosa por naturaleza. ¡No les concedas el privilegio de tu atención ni de tu afecto! ¡Y menos que a nadie a tu madre, que es una puñetera aguafiestas! ¡Bebe toda la mierda que quieras! ¡Y conduce como te salga de los cojones, faltaría más!
No les hagas ni putísimo caso.
Emborráchate.
Mata.
Mátate.
Cada cual se divierte como sabe y puede.
Eso sí, cuando te dispongas a utilizar tu ferocísimo y mortífero turbo en alguna de tus heroicas incursiones por el mundo de las personas normales, asegúrate de que te matas pronto y del todo. Y no te lo tomes como nada personal contra ti, Turbinator: es, simplemente, que estamos hasta la perindola de mamones como tú, que dejan madres desconsoladas, viudas en absoluto alegres, huérfanos desconcertados y compañías de seguros cabreadas.
Y luego van estas últimas, o sea, las compañías de seguros, y nos suben las primas a nosotros, los que seguimos viviendo para seguir pagando. (¿O los que pagamos para seguir viviendo…?)
¡Serás mamón…!
De todos modos, sinceramente te lo deseo: en paz descanses, y quiero que sepa que incluso te he reservado un nicho.
Pero piénsalo bien, chaval, amiguete, tío cojonudo, ligón más que ligón, machote, futuro ingeniero o lampista o futbolista o lo que te dé la gana, guaperas, califa del mundo…, ¿no estarías mejor aquí, con tu madre, con la cariñosa y cachondísima Mari Pili, con todos tus amigos, con toda esta gente que tanto te quiere y a la que has clavado el puñal de la pena por culpa del jodido vino?
Piénsalo, Turbinator.
Tú sabes hacerlo.
Seguro, seguro, seguro que sabes pensar las mejores cosas del mundo.
Y lo que es más: puedes hacerlas.
En la actualidad, compaginando su incesante creación literaria con diversas labores siempre dentro del ámbito editorial, Antonio Vera está trabajando intensamente en una ambiciosa creación de tema espirisomático (ha sido inevitable –y adecuado– componer un nuevo término para referirse con brevedad al tema), en el que se exponen experiencias propias y conocimientos adquiridos durante más de veinticinco años de lecturas, estudios y sondeos realizados en el ámbito de la naturaleza, origen y evolución de la criatura humana. La obra se titula Poderes ocultos de los seres superiores, y en ella se pone de manifiesto cómo lo caprichosamente llamado paranormal, extracorpóreo, esotérico y otras nomenclaturas no menos vanas puede convertirse en puros conocimientos que se explican por sí mismos natural y sencillamente y se aplican aún más naturalmente.
Así empieza…
YO PODRÍA SER DIOS
Me gustaría ser Dios, pero me parece que no lo soy. Y digo porque me queda la duda, ya que si aceptamos su existencia es evidente que alguien tiene que ser Dios, y en tal caso… ¿por qué no podría ser yo? ¿Con qué fundamento razonable y razonado se me puede convencer de que existe algún ser que tiene facultades que yo no tengo? Con ningún fundamento. Si existen facultades extraordinarias o superiores yo las tengo, es así de simple y cierto. Sólo se trata de hallarlas, desarroLlarlas y utilizarlas. Y eso puede lograrse… incluso sin ser Dios.
PODERES OCULTOS
DE LOS SERES SUPERIORES
Según el concepto usual del esoterismo este libro no es propiamente esotérico, si bien, supongo que inevitablemente (y pese a lo antes dicho), tiene algunos matices del mismo, fruto de mis largos años de estudio del tema.
Pero no, no es esotérico, ya que cuando hablo de poderes ocultos no trato de decir poderes secretos, escondidos o privatizados, sino que me refiero concreta y precisamente a poderes o mejor dicho facultades naturales del ser humano que éste desconoce –o al menos así lo parece, si juzgamos por sus acciones habituales– debido a que están ocultos bajo una coraza impenetrable de ignorancia y, sobre todo, de mentiras y de falacias con las que ha sido estructurada la vida de las personas corrientes con la única finalidad –no se me ocurre otra, por más que reflexiono al respecto– de manipularlas y usar, abusar y aprovecharse de ellas en todos los sentidos y a todos los niveles.
La primera de las falacias en las que vive inmerso el ser humano es la de considerarse un cuerpo con un cerebro, cuando en realidad es un cerebro con un cuerpo.
La segunda falacia es la referente al espíritu, que no es ninguna entidad foránea que nos llega del cosmos (¿?) sino que es una creación del propio ser humano, un chip eléctrico que emite cada persona al morir y que contiene la síntesis de sus experiencias.
La tercera falacia corresponde a todas las normas que establece la VS, es decir, la Vida Social, con su conjunto de manipulaciones a cuál más artera y ruin, empezando por la religión y acabando por la política.
Estas tres falacias, que ya mencioné en mi ensayo Carta a los dioses sinvergüenzas, las explico y analizo aquí de modo específico y sirven de base al desarrollo de unos temas que facilitan la comprensión de una realidad que puede ayudar al lector a ver la vida de un modo no diré inédito –quizá sí– pero sí más claro. Estos temas clarificadores son dos: la DMT, o sea la DesMenTalización, palabra que por sí misma explica el tema, y la LUZ, que consiste en una serie de ejercicios íntimos para ampliar las percepciones de la persona hasta el punto de desarrollar sus verdaderas funciones y acceder así a Ma, es decir, al Alma de la Vida, donde se hallan no digamos memorizados sino simplemente existentes y latentes todos los eventos de la Tierra y de las criaturas que la habitamos.
Porque todo cuanto existe jamás de existir, desde un pensamiento a un espíritu, entidades que permanecerán en la Existencia mientras ésta perdure. Bien entendido, permanecerán como entidades eléctricas que son, o sea, muy diferentes a las perecederas e irrepetibles criaturas que, paradójicamente, son las que han originado los pensamientos y los espíritus.
(Está claro que cuando hablo de espíritus no me refiero en absoluto a nada que ni siquiera se aproxime a ninguna clase de religión o de creencia sobrenatural, sino a simples cuestiones físicas, naturales y al alcance de la comprensión de la persona, lo cual no sucede con muchas facetas de cualquier religión ni con las supersticiones y demás pejigueras más o menos intimidatorias y/o jocosas.)
La reactivación de las naturales facultades del ser humano actualmente aletargadas e incluso atrofiadas se diría que de un modo casi total, daría lugar a lo que podríamos llamar una eclosión de poderes ocultos formidables y muy eficaces y convenientes para la vida de la persona y su evolución pero que no son en absoluto fantásticos, ni milagrosos, ni nada parecido; y esto, por la simple razón –que se explica con detalle en el libro– de que si el ser humano hace una cosa es porque puede hacerla, y si puede hacerla es porque forma parte de sus facultades, y si forma parte de sus facultades no ha lugar a pasmos, sobresaltos ni maravillas si, sencillamente, hace lo que sea utilizando esas facultades.
Por supuesto, si una persona realiza cosas admirables que las demás personas no saben o no pueden realizar, podría ser considerada como un ser superior. Pero es una superiodidad en absoluto fantástica y se halla al alcance de casi todo ser humano verdaderamente inteligente, pensante y dispuesto a estudiarse a sí mismo hasta darse cuenta de que, para ser superior, le basta simplemente eso: saber lo que tiene que hacer consigo mismo. Esto y, por supuesto, disponer de una básica calidad mental y espiritual que, hasta donde indican las evidencias, no es precisamente abundante hoy en día en la especie humana. Y cuando digo es para significar claramente que la especie humana tuvo, sin la menor duda, tiempos infinitamente mejores.
EL DESTINO HUMANO
Todo ser humano tiene para consigo mismo la inexcusable obligación de visualizar, diseñar, organizar y gobernar su propia vida de modo que ésta sea lo que realmente es y llegue a ser lo que realmente tiene que ser; para alcanzar estos deseables e insoslayables objetivos cada cual debe esforzarse en conocer y saber interpretar y utilizar las originarias, evidentes y simples verdades básicas respecto a sí mismo, a su hábitat y a la Existencia.
Helas aquí.
La Tierra es un pequeño planeta rodeado de una masa atmosférica inherente que le acompaña en su cíclico viaje orbital alrededor del Sol. La Ciencia de la Existencia –que tan pocos se molestan en estudiar ya sea interna o externamente–, cuyo nombre lo dice todo, ha asignado el nombre de Ma a dicha masa atmosférica, y el de Ta al planeta que envuelve y vivifica. En Ta se alternan la luz y la oscuridad. En Ma todo el ámbito resplandece siempre con una luminosidad indescriptible, y se halla animado por sutiles y poderosísimas vibraciones eléctricas cuya naturaleza y potencia –bien diferentes de lo que se conoce habitualmente como “electricidad”– son desconocidas e impensables para los seres humanos no avisados. Fueron estas sutiles y poderosísimas vibraciones las que en su momento originaron y ahora mantienen la vida de Ta y de las criaturas que de éste surgieron de modo espontáneo y que desde entonces se van multiplicando incesantemente. En la grandiosa memoria vibroléctrica de Ma queda anotado desde siempre y para siempre todo cuanto hacen esas criaturas, todo cuanto sucede en Ta.
Así pues, es evidente que quien desee saber cualquier cosa referente a Ta y a sus criaturas tiene que acceder al ámbito de Ma y conectar con su memoria eterna, infinita y naturalmente prodigiosa, y efectuar aquí las indagaciones pertinentes por supuesto del modo pertinente. Pero esta natural y provechosa conexión con Ma sólo la logran quienes llevan a buen término un duro y largo reaprendizaje de lo que el ser humano ha olvidado, para realizar el cual el discípulo cuenta inicialmente con la inestimable ayuda de su Ser Interno, o sea, de su propio espíritu; aun así, ha de transcurrir muchísimo tiempo y él ha de transitar por muchas vidas y muchas muertes antes de estar preparado para afrontar la fase final. Sin embargo, cuando el discípulo es estudioso, sincero y de calidad, y cuenta con un Ser Interno adecuada y suficientemente evolucionado, supera con prontitud todos los obstáculos y logra no sólo acceder a Ma, sino alcanzar el umbral de la Única Verdad; es entonces cuando aparece el Maestro que definitivamente lo introduce en el ámbito del entendimento y lo encamina hacia el verdadero, significativo y definitivo destino de todo ser humano digno de este nombre: la Inmortalidad o Vida Eterna, es decir, la Existencia.
El conocimiento espirisomático, se dice en la obra, no es magia ni nada misterioso o fabuloso: es sólo conocimiento adecuado de cosas que la mayoría de las personas desconoce o conoce mal; aquí, con un lenguaje asequible, se explican “misterios” de modo tan diáfano que lo arcano se convierte en mundano y resulta fácil de comprender y asimilar.
Mucho tiempo antes de Poderes ocultos…, y como una premonición o una inconsciente gestación de esta obra, Vera escribió, inspirado en la mencionada novela O goza o muere, el poema del mismo título.
O GOZA O MUERE
Existe en lo hondo de mi mente
como una resonancia de olvidadas cosas,
chispas que taladran con luz mi oscuridad
como un grácil revolar de mariposas.
Existe en mi profunda conciencia
como cálido recuerdo de otro instante,
un saber que hay algo hermoso, subyugante,
algo que ya va vislumbrando mi consciencia.
Existe, sí, en cada ser de este mundo
un aliento de vida y de hermosura,
un amor, una esperanza, ¡una locura!
de alcanzar del vivir lo más jocundo.
Existe bajo el terso firmamento
un lugar donde fuimos obsequiados, de repente,
con el goce de vivir, de amar en todo tiempo,
de convertir la existencia en un deleite.
Un deleite interior, de cada uno,
un goce de vivir uno por uno
los ruidos interiores de este cuerpo,
que son vida, son placer, son testimonio,
del aliento de vida y de hermosura
que late breve tiempo dentro nuestro.
Breve tiempo en el latir del universo,
tan breve, tan pequeño, tan fugaz e intenso
que diríase que jamás existió ni un momento
esa tierna materia que es el cuerpo.
Breve tiempo de brevísima ternura,
tiempo justo de pasar volando
para hacer de esta vida dicha pura,
dicha de vivir, de estar aquí, de estar amando.
Breve tiempo de amor y de hermosura,
que se va cuando aún no hemos sabido
que ignorarlo es cosa de locura,
pues jamás volverá la vida que se ha ido.
Breve tiempo para que comprenda nuestra mente
las palabras de este mi poema: o goza o muere,
porque gozar es vivir eternamente,
sufrir es cruel sucedáneo de la muerte.
Escritor vocacional, hoy más lúcido y creativo que nunca, rico en experiencia y millonario en imaginación, Antonio Vera sigue atestiguando que nada en su carrera ha sido ocasional ni fortuito, sino fruto de su gran profesionalidad y su extraordinaria e inagotable capacidad creadora.
Como muestra de esa capacidad creadora se ofrecen aquí cuatro relatos, un breve y confidencial compendio de pensamientos titulado Pienso, luego sufro, y un denso y muy informativo artículo sobre la Ciencia Ficción titulado Lo fantástico de la fantasía, que forma parte del espléndido volumen editado por Robel sobre LA CIENCIA FICCIÓN ESPAÑOLA. Los relatos son tan dispares que van desde el truculento y morboso terror de Las invitadas de Madame a la candidez del cuento para niños titulado El pingüino aventurero (que Lou escribió para sus nietos), pasando por el insólito Cumpleaños de Dios y el extraño pasajero de tren al que bien se le puede llamar Viajero sin destino.
El resto de la variadísima producción de Lou Carrigan, hasta sus casi MIL obras publicadas, todas ellas de lectura asequible y amena que caracteriza su inimitable estilo, tal vez vaya apareciendo aquí en ocasión más oportuna.
EL CUMPLEAÑOS DE DIOS
Aquella tarde, cuando vieron al tonto sentado al pie de una higuera, los dos viejos y sabios filósofos tuvieron la misma idea: reírse un poco ya que filosofar se les estaba poniendo más difícil cada día debido a que habían agotado todos los temas.
Pero reírse sin mala intención, en absoluto; no pensaron ni por un instante en burlarse del tonto, ni nada remotamente parecido, actitud que no habría correspondido a su gran categoría intelectual y humana; sólo se trataba de distraerse, porque como bien se sabe, no sólo de pan, ciencia y filosofía vive el Hombre. Aunque tal vez pudieran filosofar sobre la tontería que suponía esperar en pleno mes de julio que cayeran ya maduros los higos que sólo estarían maduros en septiembre. Sería curioso, y hasta quizá pudiera tener un punto de interesante, tratar de penetrar en los oscuros recovecos de la mente de aquel pobre hombre que confortaba su espera dormitando a la sombra de la higuera.
Hacía ya muchísimo tiempo que los dos viejos y sabios filósofos salían casi todas las tardes a dar un paseo por el campo. Muchos años atrás, cuando eran jóvenes, aprovechaban aquellos paseos para sostener una vibrante, apasionada e interminable conversación en la que desarrollaban y solucionaban muchos temas de toda clase, pero actualmente la conversación era más pausada, más sosegada y, ciertamente, menos vibrante.
No sólo la edad los había apaciguado; también la sabiduría.
Sabían muchísimo más que sesenta años atrás, sabían tantas cosas y habían resuelto tantos enigmas de la humanidad que habían llegado al punto en que apenas hablaban, salvo observaciones casuales o, muy de tarde en tarde, un comentario sobre vivencias y conversaciones anteriores.
Aunque sabían que los temas de la existencia y de la ciencia —¡y no digamos la filosofía!— son inagotables, lo cierto era que se hallaban en un momento crucial: cada día tenían más dificultad para encontrar un tema digno de su ciencia, sapiencia y experiencia.
Se puede decir que los dos sabios filósofos solamente tenían pendiente un problema a cuya solución, habían tenido que admitirlo, ni siquiera se habían aproximado pese a haberle dado vueltas y vueltas y haber alambicado cientos de teorías matemáticas y cósmicas e incluso teológicas. Dicho problema consistía en determinar cuándo era el cumpleaños de Dios. Es claro, ellos no creían en la existencia de Dios, y ni siquiera en lo que la gente vulgar suele ampararse para disfrazar su ignorancia por un lado y su cautela por otro, es decir, esa frase absurda que debió de ocurrírsele al primer tonto del mundo: «Hombre, yo no creo en Dios, o sea, en ese sujeto con barbas de las estampitas y grabados religiosos, pero Algo hay, ¡Algo tiene que haber!»
¿Tal vez el tonto estaba esperando un milagro divino que acelerase la maduración de los higos un par de meses?
Naturalmente, esto era imposible, pero… ¿lo creía posible el tonto? Es más: ¿creía el tonto en Dios?
Porque si creía en Dios quizá se le hubiera ocurrido algo respecto a su cumpleaños. Es más, en general… ¿cómo verían este asunto los tontos que creían en la existencia de Dios? ¿Qué gigantescas tonterías se les podía ocurrir a los mortales corrientes y dolientes sobre el cumpleaños de Dios? Porque a ellos, a los sabios, simplemente no se les ocurría nada por una no menos simple razón: nada se les podía ocurrir sobre algo que no existía.
Los dos sabios se detuvieron en el camino y se miraron, desalentados. Hacía tanto tiempo que intercambiaban ideas, conocimientos y filosofías que en muchas ocasiones ni siquiera necesitaban hablar para entenderse, para saber el uno lo que pensaba el otro. De modo que la idea pasó también en esta ocasión de una a otra mente, con una lucidez fantástica, como el pequeño relámpago que va de uno a otro aparato de física: si ellos, que llevaban años y años estudiando, elucubrando y filosofando sabiamente no habían encontrado respuesta a su pregunta…, ¿cómo habrían de encontrarla los humanos vulgares, cómo podría encontrarla un desdichado ignorante?
Ignorante, bien se entiende, en el más puro y exacto significado de la palabra según la habían remodelado los dos sabios, o sea, . Ése es el verdadero y gran ignorante. Porque se podía suponer que si al tonto de la higuera se le informaba de algunas cosas podría llegar a aprenderlas, pero seguiría siendo un ignorante pues continuaría ignorando que podía saber más cosas.
Ellos sí sabían que podían saber.
Sabían que podían saber infinidad de cosas, a decir verdad cada día más cosas, porque el ser humano, aunque bastante tonto, se las estaba arreglando no sólo para llegar a saber lo que ya existía sino para crear cosas nuevas que luego lo obligaban a saber más.
Por ejemplo, todo aquello de Internet… Esto más valía dejarlo. Valía más seguir en la ciencia y en la filosofía. Y en un conocimiento amplio y general de la vida y la existencia, claro. Que por cierto, ellos sabían que no es lo mismo la vida que la existencia por más que la masa humana crea que es la misma cosa; más aún, no es que la masa humana “crea” que la vida y la existencia son la misma cosa. No creen nada, porque creer es conocer y asumir, y la masa humana no cree nada porque no conoce realmente ni sabe asumir nada: se limita a obedecer aceptando lo que le dicen sobre la vida y la muerte quienes los han amaestrado… Ni se les ocurre que la vida es sólo la que vive un cuerpo y que la existencia consiste en las vidas encadenadas de infinitos cuerpos por los que va pasando un espíritu conscientemente, es decir, recordando todos los cuerpos, todas las vidas con sus respectivas vivencias y experiencias carnales.
Los dos viejos y sabios filósofos estaban al corriente y en el conocimiento incluso de lo improbable, de lo abstruso, de lo oculto.
Habían logrado solucionar, por ejemplo, no sólo la cuadratura del círculo sino también su triangulación. También habían elucidado la verdad sobre la auténtica utilidad y sentido de las pirámides, pero esta verdad era tan sorprendente e impresionante que no se atrevían a hacerlo público, pues consideraban que la humanidad actual no estaba preparada para tamaño sobresalto. Sabían que el átomo tenía un elemento intruso que, hasta el momento, nadie salvo ellos había localizado y clasificado. Sabían con absoluta certeza cuál era el origen verdadero del ser humano, que por cierto no desciende del mono sino que es el revés: el mono desciende del hombre…, de ciertas actividades del hombre que aquí no vienen al caso.
Y así, miles de cosas.
Entonces… ¿cómo podían ellos descender a preguntarle al tonto si sabía cuándo era el cumpleaños de Dios? ¿Cómo unos sabios que habían dedicado su vida entera a las más altas sapiencias, presunciones, elucubraciones, teorías y disquisiciones podían tan siquiera entrar en conversación con una persona cuya ignorancia era espantosamente deplorable?
Por fin, se impuso su generoso y buen talante y decidieron que, a fin de cuentas, todos los seres humanos —bueno, casi todos— merecen un trato de mínima consideración y el beneficio que pueda derivarse del contacto con sus semejantes.
De modo que se acercaron al tonto.
Éste se hallaba sentado en el suelo, con las piernas estiradas, las manos sobre el vientre, la cabeza caída relajadamente sobre el pecho y la espalda apoyada en el tronco de la higuera. Estaba tan plácida y profundamente dormido que no se enteró de que los dos sabios filósofos se habían detenido ante él y le estaban contemplando.
No tenían prisa.
El sol era hermoso.
Cantaban las cigarras.
El tiempo pareció tornarse de cristal dorado y quedar inmóvil.
De pronto, seis o siete minutos más tarde, el tonto despertó.
Primero vio sus propios pies, y luego los de los dos filósofos. Alzó rápidamente la mirada, los vio contemplándole y enseguida sonrió espontánea y sinceramente.
—¿Tú crees en Dios? —le preguntó uno de los filósofos.
El tonto pareció recibir un ramalazo de vitalidad. Se sentó más erguido, mirando rápidamente de uno a otro sabio, parpadeando mucho. Era de temer que ni siquiera hubiera entendido la pregunta, de modo que el otro sabio inquirió:
—¿Tú sabes quién es Dios?
El tonto asintió con la cabeza.
—¿Y cómo lo sabes?
—El padre Orencio me lo ha dicho —terminó por sonreír de nuevo el tonto.
—Ya. ¿Y sabes cómo es Dios?
—Sí.
—¿Cómo es?
El tonto comenzó a parpadear de nuevo. Los dos sabios se miraron y por supuesto se entendieron a la perfección. Estaban tan compenetrados que incluso se turnaban sin fallo en tomar la palabra.
—¿Es alto, hermoso, de mirada bondadosa y con largas barbas?
El tonto asintió con entusiasmo.
—¿Lo has visto alguna vez? Quiero decir, tal como nos estás viendo ahora a nosotros.
El tonto negó.
Su mirada iba velozmente de uno a otro filósofo.
—¿Y si yo te dijera que Dios no existe?
Los ojos del tonto se abrieron de par en par. Se había asustado. No dijo nada. Iba mirando de uno a otro, eso era todo. Por fin, dijo:
—Sí que existe.
—¿Sí? ¿Cómo lo sabes?
—Hablo con él.
—Vamos, que sois amigos.
El tonto recuperó la sonrisa.
—Sí, somos amigos… Dios y yo somos amigos…
—Entonces seguramente sabes cuándo es su cumpleaños.
Hubo un brevísimo instante de desconcierto en la expresión del tonto; pero enseguida volvió a sonreír y dijo:
—Sí, sí lo sé.
Los dos se quedaron mirándolo, sonrientes a su vez.
Habían llegado al punto culminante.
La conversación con el tonto había valido la pena.
¿Qué se le había podido ocurrir a aquel simple ser humano? Podía decir un millón de tonterías, empezando por asignarle a Dios el día de Navidad como fecha de su cumpleaños. Fuese cual fuese su respuesta (que sin duda y en definitiva sería representativa de la tonta generalidad humana), la diversión estaba garantizada.
—Bueno, dinos, ¿cuándo es el cumpleaños de Dios?
El tonto no titubeó ni un instante para decir:
—Siempre.
Los dos viejos y sabios filósofos se quedaron petrificados. Sus cerebros hicieron un alto en el camino de la sabiduría e incluso en el de la filosofía. Sus mentes estaban sumidas en la densa e impenetrable oscuridad de la perplejidad.
El tonto se puso en pie y comenzó a alejarse, bostezando, y esto hizo reaccionar a los dos viejos sabios. En algún rincón de aquellas mentes recientemente maltratadas brotó un punto de maldad que generó el deseo de venganza.
—¿Ya te vas?
—Sí. Voy a merendar.
—Precisamente. Si esperas un poco más caerán higos maduros y podrás merendar.
El tonto los miró atónito. Su gesto se tornó amable y condescendiente.
—Los higos no madurarán hasta septiembre —dijo.
—Entonces… ¿por qué estabas aquí esperando que cayeran?
—No estaba esperando que cayeran los higos.
—¿Pues qué esperabas?
—Nada. Sólo me puse a la fresca de la sombra para echar una siesta.
Y se fue a merendar.
LAS INVITADAS DE MADAME
Había dos cosas que Marie odiaba con toda su alma. Una de esas cosas era las ratas. La otra, sus vecinas y amigas de toda la vida: Veronique y Claudine.
Las ratas, porque se lo comían todo. Todo, todo, todo. No había lugar al que no tuvieran acceso; no había manjar, por insólito que fuera, que ellas desdeñasen. Comían madera, ropa, papel, zapatos, pared, ¡y no digamos comida!
Podían aparecer en cualquier parte de la casa y en cualquier momento. Marie había hecho todo lo humanamente imaginable para librarse de ellas, pero no había modo. Se las encontraba en la cocina, o en su dormitorio, o dentro del armario. Donde fuese, en todas partes. Y ya podía Marie tapar los agujeros con cal viva, con cemento, con madera o con cualquier otra cosa, que las ratas volvían a aparecer. Ya podía echarles raticidas de los más violentos y eficaces, que volvían a aparecer.
Es claro que muchas de ellas morían, pero llegaban las de relevo rápidamente. Hasta tal punto esto era así que Marie había llegado a la conclusión de que las ratas tenían una especie de pacto en lo referente a ella: unas cuantas se convertían en “beneficiarias” de su casa y todo cuanto contenía hasta que morían, ya fuese de ancianidad, envenenadas, a escobazos o martillazos (que de todo hacía Madame Marie). Y en cuanto morían las de turno, ya estaba la siguiente horda esperando.
Nunca eran muchas.
Madame Marie había llegado a contar en cierta ocasión hasta seis ratas juntas, pero esto, ciertamente, no era un gran número que debiera preocupar. Con frecuencia, Marie pensaba que quizá las ratas tenían la suficiente astucia para no mostrarse en gran cantidad, no fuera a ser que ella tomara medidas definitivamente drásticas. Es decir, que las ratas sabían tirar de la cuerda, pero sin romperla.
¿Por qué no?
A fin de cuentas, la inteligencia no tenía por qué ser cualidad o facultad exclusiva del ser humano. Aunque diminuto, también las ratas tienen cerebro. Igual podían pensar: “El día que esta vieja se harte de verdad nos vamos a encontrar sin techo y sin comida.”
Porque claro, ya se sabe que las ratas viven en cualquier parte y en todos los sitios, pero ¿por qué desdeñar una casa que, aunque vieja, era confortable y tenía un hogar caliente y nunca faltaba comida, aunque fuese modesta y no muy abundante? Habría sido como hundir los botes de salvamento porque uno tuviera un transatlántico. Bien está tener el transatlántico, pero no por ello iban a hundir los botes.
Seguramente, Marie les concedía demasiada capacidad pensatoria o de cálculo a las ratas, pero tontas no podían ser, desde luego, porque se las sabían todas. Es más, Marie había llegado a pensar que no eran sólo seis las ratas que había en su casa o en los alrededores cercanos y siempre dispuestas a visitarla, sino más, muchas mas…, sólo que, (¡astutas ellas!) la visitaban de seis en seis como máximo. Así mantenían una especie de equilibrio de paciencia y de tolerancia alimentaria.
Fuesen o no fuesen siempre las mismas seis visitantes de Madame Marie, lo cierto era que había una rata que no podría engañarla nunca, porque era coja. A saber qué le habría pasado a la rata, pero era coja: le faltaba un trozo de la pata delantera derecha. Y hasta este pequeño detalle, que no habría preocupado ni mucho menos alterado a cualquier ser humano, ponía furiosa a Marie.
¿Por qué?
Pues, porque también ella era un poco coja, aunque no de la pierna derecha, sino de la izquierda. Era lo suficientemente coja como para que su caminar tuviera una cierta característica, inconfundible.
Igual que la rata en cuestión.
Pese a la peculiar vivacidad de movimientos de la rata, la cojita visitante de Marie tenía un cierto movimiento característico que la identificaba, aparte de que Marie ya había aprendido a divisar siempre por entre el repugnante y maloliente pelaje el muñón. Y como si además la rata quisiera que Marie nunca tuviera la menor duda, era más grande y sucia que las restantes. Así que, muy bien, podía ser que las otras cinco visitantes de turno pudieran engañar a Marie, pero no la cojita. Ésa estaba identificada para siempre.
Y, para distinguirla de las demás, le puso un nombre que tenía cierto regusto amargo: Madame. Llamó así a la rata porque era como la llamaba a ella todo el mundo en Chéssy, pequeña localidad cercana a Lyon. Seguramente la gente del pueblo ya ni se acordaba de su nombre. Era la Madame de la Vieja Casa, y así la conocían todos.
De modo que Madame Marie decidió que la rata coja, grande y asquerosa se llamara también Marie. Era una especie de masoquismo autocomplaciente.
–Madame –le decía Madame a la rata–, ¿con quién vienes hoy? ¿Cuántas amiguitas traes? Acercaros, que el día que te pueda poner el pie en el cuello terminarán tus días…
Porque eso sí: Madame la rata era listísima, y sabía que, aunque en aquella vieja casa encontrara comida y calor, no debía descuidarse ni confiar en aquel ser humano de ojos pequeños y ardientes. No en vano Madame la rata había visto morir a muchas de sus compañeras victimas del raticida, la escoba, el palo, o hasta la horquilla del abandonado granero… Había, en cierto modo, un respeto mutuo entre ambas Madames. Cada una de ellas sabía que la otra era lista y una enemiga digna de todo cuidado. La una con el raticida y la otra devorando desde la comida a cualquier cosa.
Realmente, el odio que sentía Madame por la Madame rata en particular y las ratas en general estaba justificado: que una vieja pobre viva sola, y encima tenga que compartirlo todo con las ratas, es demasiado.
Pero… ¿por qué odiaba Madame Marie a sus vecinas y amigas de toda la vida, Veronique y Claudine?
Esto ya es más largo de explicar, pero, considerando la naturaleza humana, también se justifica.
Madame Marie odiaba a Veronique y Claudine porque ambas eran y tenían lo que ella nunca había sido, ni sería, ni tendría. Tal vez no era muy razonable, pues entonces medio mundo se pasaría la vida odiando al otro medio, pero sí era justificable. Pasarse la vida careciendo de todo mientras vemos a nuestros más cercanos semejantes disfrutar de tantas cosas tiene que mortificar a cualquiera. Unos se controlarán más y otros menos, pero el rencor tiene que aflorar inevitablemente.
–Marie, ¿cuándo te casas? –le preguntaban.
–Pas encore –tenía que contestar siempre Marie.
Y ese todavía no era, cada vez, como una cuchillada en el corazón y en el espíritu de Marie, porque sabía que en realidad tenía que haber contestado nunca.
De jovencita todavía había tenido ilusiones, pero no había tardado demasiado en desengañarse. A los dieciséis años la habían desflorado brutalmente, detrás del granero de su casa, –uno de los componentes de un circo que ni siquiera Dios (según pensaría más adelante Marie) sabía por qué se habían detenido o pasado por allí. O tal vez no fue uno de los del circo, sino varios y ella creyó que había sido uno. El caso es que le hicieron un destrozo físico y mental del que no se recuperó jamás.
Tal vez, si hubiera sido más bonita habría terminado por encontrar un hombre que se hubiera casado con ella, o que, al menos, la hubiera estado gratificando emocional y sobre todo sexualmente una temporada o unos años.
Pero ni eso.
–Marie, ¿cuándo te casas?
–Pas encore.
Por supuesto, quienes con más frecuencia le preguntaban a Marie cuándo se casaba eran Claudine y Veronique, y, sin la menor duda, con esa malicia malsana que tenía que corromper los intestinos de cualquiera; y más, de alguien como Madame Marie.
Así que Marie había decidido matar a Veronique y Claudine.
Lo llevaba metido en la cabeza muchos, muchos años, pero sólo en la vejez, cuando ya nada podía tener importancia, comenzó a pensar seriamente en ello. Era como si durante tantos años el saco de su paciencia se hubiera ido llenando, y ahora, de pronto, no pudiera retener más el contenido y reventase.
Matarlas.
La vieja idea parecía nueva, y ponía en la miserable vida de Marie un refinamiento especial, casi una dulzura de vivir. Pensar en matar al par de viejas malas pécoras que llevaban cuarenta años obligándola a decir pas encore era algo que mantenía a Marie en un vigoroso estado mental y físico.
Pero… ¿cómo matarlas?
Porque claro, podía ir a casa de ellas, o pedirle que la visitaran, y destrozarlas a golpes o descuartizarlas a cuchilladas, pero… ¿y después? Lo seguro, claro, era que la Policía descubriera el asunto y que encerrasen a Marie en un manicomio. No en la cárcel, sino en el manicomio.
Esto lo había pensado muy detenidamente Marie. Los demás podrían pensar que ella estaba loca si hacía una cosa semejante, y todavía lo creerían más cuando dijera los motivos, pero ella sabía que estaba perfectamente.
Simplemente, odiaba.
Odiaba a las ratas y odiaba a Claudine y Veronique.
Con respecto a las ratas ya iba matando todas las que podía, y algún día incluso cazaría a Madame la rata, estaba segura de ello; y por todo esto nadie le pediría cuentas.
Pero sí le pedirían cuentas si mataba a Claudine y Veronique.
¿Qué haría la Justicia cuando ella dijera que las había matado porque las odiaba hacía Dios sabía cuánto tiempo?
La encerrarían en un manicomio.
Seguro, seguro: en un manicomio.
¿Cómo habían de condenar a muerte a una anciana, aunque existiera esa pena?
No. Tal vez, con suerte, cadena perpetua en prisión. Pero lo seguro, seguro, seguro, era el manicomio.
Y de eso ni hablar.
La idea de ser encerrada con locos o supuestos locos o medianamente locos ponía de punta los cabellos de Marie.
Prefería morir.
Al manicomio no.
Estaba dispuesta a pagar cualquier precio por las muertes de Veronique y Claudine, menos el de ir a parar al manicomio.
Así que, forzosamente, tuvo que discurrir el modo de matar a sus vecinas y amigas de toda la vida sin que se supiera que las había matado ella.
Y discurriendo, discurriendo, Madame Marie se fue acercando a una solución. Tardó años en encontrarla, pero cuando se le ocurrió tuvo la certeza de que había sido iluminada por un ángel de maldad aliado a sus propósitos. Era una idea tan malvada como certera y eficaz.
Vamos a ver: ¿qué era lo que más odiaba Madame Marie en la vida? Respuesta: las ratas y Veronique y Claudine. Esto formaba parte de la constante de la vida de Marie, así que seguramente no fue un ángel malvado quien la inspiró, sino su propio rencor incubado tantos años.
Pregunta: ¿comían carne humana las ratas?
Porque si comían carne humana…
Se preguntó si Veronique y Claudine eran humanas. Seguramente no, porque eran tan malvadas como ella, sólo que con más refinamiento. Ella era malvada porque durante tantos años la habían estado pinchando, provocando, motivando hacia la maldad, hacia el rencor. En cambio, Claudine y Veronique no habían tenido ningún motivo para ser malvadas con ella, ni de jóvenes ni de ancianas. De jóvenes habían sido bonitas. De ancianas tenían dinero y vivían en una hermosa casa en la que, seguramente, no entraban las ratas.
Madame Marie sabía que siempre que le preguntaban cuándo se casaba lo hacían para divertirse, para reírse de ella. Mientras tanto, ambas casadas, paseaban su satisfacción sexual por el bello Allée des Sources de Chéssy, relucientes los ojos, el cuerpo pletórico, los senos agresivos, un hombre al lado. ¡Oh, Dios, cuánto las odiaba…! La idea de desagarrarlas a cuchilladas ponía estremecimientos de recóndito placer en el cuerpo de Madame Marie.
Acuchillarlas.
Partirlas a trozos.
Descuartizarlas.
¡Ah, cuántas veces lo había imaginado, sentada ante el hogar de la vieja casa comida por las ratas…!
Levantaba el cuchillo por encima de su cabeza, y decía:
–¿Lo veis? ¡Con él os voy a sacar las entrañas!
–No, Marie –gemían las dos–. ¡Por favor, no lo hagas, no lo hagas, te lo suplicamos…!
–¿Ahora suplicáis, después de tantos años de torturarme? ¡Tanto preguntarme cuándo me caso sabiendo que nunca me habría de casar! ¡Siempre os habéis estado burlando de mí, siempre me habéis estado humillando!
–No… No era ésa nuestra intención, Marie… ¡Te lo juro, de verdad, te lo juramos las dos!
–Habéis estado restregándome por las narices a vuestros maridos, me habéis estado mostrando vuestras joyas, y hasta sé que os habría gustado que os viera haciendo el amor para que todavía os tuviera más envidia y sufriera más… ¡Porque con mi envidia, con mi odio hacia vosotras, soy yo quien sufre y no vosotras! Tenéis marido, casa, dinero, amistades, hacéis viajes, os compráis bonitos vestidos…, y todo ello lo disfrutáis aún más que normalmente porque sabéis que a mí me están devorando la rabia y la envidia. ¡Pues ahora voy a vengarme de tantas mortificaciones y sufrimientos! ¡Ahora voy a haceros pedazos, voy a sacaros las entrañas!
–¡Marie, no…!
¡Zas!, bajaba el enorme cuchillo de cocina y se hundía en el opulento pecho de Claudine. Era como partir en dos un gran taco de mantequilla.
¡Qué fácil, qué placentero, qué divertido…!
Se bajaba el cuchillo con fuerza, y se abría el pecho de arriba abajo, verticalmente, dividiendo en dos el pezón. Primero brotaba algo así como un grueso escupitajo violento de sangre, y luego, el interior de las dos mitades del pecho quedaba convertido en una masa rosada que lentamente se iba impregnando, empapando de rojo. O quizás era que la masa rosada supuraba aquel líquido rojo y fluido.
Mientras tanto, claro está, Claudine chillaba como una loca, y entonces Madame Marie agarraba unas tenazas, las metía dentro de la boca de Claudine, agarraba con aquéllas la lengua y daba un tirón…
¡Lengua fuera!
Sosteniéndola con las tenazas, la colocaba ante los desorbitados ojos de Claudine, que ahora gritaba en silencio. En un grotesco y aterrador silencio hecho del más espantoso dolor al que se sumaba el esfuerzo de las cuerdas vocales que finalmente funcionaban y producían aquel alarido ronco y tremolante que hacía vibrar los cristales de las ventanas.
Entonces, Madame Marie dejaba así a Claudine y se colocaba ante Veronique.
¡Ah, qué bonita era Veronique! Es decir, lo había sido. Había sido una preciosa rubia de boca llena y sugestiva, y cuerpo no poco incitante. Lo más bonito de Veronique había sido siempre la rubia cabellera y la boca.
Ahora, la cabellera mostraba una opacidad canosa, y la boca de la anciana se retorcía en un grito implorante de perdón y expresivo del más atroz miedo mientras Marie le mostraba la lengua de su hermana Claudine y ésta mugía su bárbaro dolor y su aberrante miedo en aquel alarido que nunca terminaba, mostrando la sima roja de su boca deslenguada.
–Ahora tú, Veronique…
–No, por Dios. No, por Dios. No, por Dios…
–¿Ves? ¡Esto es la lengua de tu hermana! ¡Mírala bien, porque ya no volveréis a verla ni ella ni tú! ¿Sabes qué voy a hacer con la lengua de tu hermana? ¡Contesta! ¿Lo sabes?
–No –sollozó Veronique–. ¡No, no, no lo sé, no!
–¡Se la voy a dar de comer a las ratas…! ¿Tú sabes si las ratas comen carne humana? ¿Lo sabes? ¡Contesta!
–¡No lo sé! –chillaba Veronique, loca de miedo–. ¡No lo sé, no lo sé, NO LO SÉ!
–Pues yo tengo que saberlo, querida, porque se me ha ocurrido una cosita con respecto a vosotras… Pero mira la lengua de tu hermana. Mira esta lengua maldita que durante tantos años me ha estado preguntando ”Marie, ¿cuándo te casas?” ¡Y mírala ahora, sangrando en mi mano! ¡Y mira lo que te hago a ti por el mismo motivo, por culpa de tu parlanchina boca, de tus malditos y hermosos labios!
¡Zas, zas!, cortaba el cuchillo, después que las tenazas habían dejado caer la lengua de Claudine y había asido primero un labio y luego el otro de Veronique.
¡Oh, cielos, de la boca de Veronique sí que brotaba sangre y sangre! Y luego, ¡zas, zas!, el cuchillo rasgaba el cuero cabelludo, y de un tirón Marie terminaba de arrancarle la hermosa cabellera a Veronique, dejando al descubierto el hueso craneal, que inmediatamente se cubría como de una supuración de sangre rosada de lindo color.
Como si los huesos tuvieran sangre.
¿Tenían o contenían sangre los huesos? ¡Qué chocante era observar el cráneo de Veronique!
Y las dos hermanas, vivas pero muriendo de dolor y de miedo, gritaban, gritaban, gritaban…, gritaban tanto y tanto que Marie, la fea, pensó que podía acostumbrarse a aquellos alaridos, y que quizá consiguiera obtener orgasmos con ellos, ya que no los había obtenido jamás de otro modo.
¿Podía obtener orgasmos viendo sufrir a las dos personas más odiadas del mundo? ¿Por qué no probarlo? Porque de otro modo, nada. Aquella vez, el hombre o los hombres del circo fueron tan brutales que para ella lo ocurrido no tuvo nada de sexual, fue simplemente una agresión física que le causó destrozos internos y nada más…
¡Estaba experimentando gran placer observando la sangre, los rostros dilatados, las fauces sangrantes desmesuradamente abiertas por el miedo y los mugidos de aquel par de vacas…!
Sentada ante el fuego, Madame Marie se estremeció una vez más. Sí, quería matarlas, quería descuartizarlas, sabía que lo había estado deseando siempre, siempre, siempre…
Pero no quería ir a parar al manicomio.
Así que tenía que hacerlo de modo que nadie, absolutamente nadie, descubriese jamás lo que ella había hecho.
Muy bien, el cementerio estaba cerca de la casa de Madame Marie. Podía hacer venir a casa a Claudine y Veronique, matarlas, y enterrarlas en cualquier parte. Pero las encontrarían tarde o temprano, desde luego. Y no quería correr el riesgo de que fuese temprano. También podía enterrarlas en el patio de atrás de su casa, pero para hacer eso tendría que cavar un hoyo bien hondo, cosa que, suponiendo que fuese capaz de terminarlo requeriría días y el uso y consumo de tantas energías de su ya maltrecho cuerpo que tal vez le ocasionaría un colapso fatídico.
¡Y eso sí que no estaba dispuesta a asumirlo! No porque le importase ni poco ni mucho su propia vida, sino porque morir cavando la fosa de Claudine y Veronique dejándolas a ellas vivas atrás…
¡Ni hablar!
Sin embargo, bien tenía que deshacerse de los cadáveres, pues de otro modo apestarían horrores. Oh, vamos, ni pensar en meter los dos cadáveres en un armario, o en cualquier sitio. Tenían que desaparecer sin remedio. Podía quemarlos en el hogar, pero era segurísimo que el hedor a carne humana quemada se percibiría en todo el pueblo. Así que tampoco podía quemarlas.
Finalmente, por eliminación, dejó a Veronique y Claudine en los huesos.
Y nunca mejor dicho.
Mentalmente, despojó de carne los cadáveres de ambas, los dejó en los huesos. En los huesos mondos y lirondos. Los huesos sí que podría quemarlos sin olor, y quedarían convertidos en cenizas con las cenizas de la leña. Así pues, tenía que dejar a Claudine y Veronique en los huesos.
Entonces…, ¿comían carne humana las ratas?
Había una manera de saberlo.
*** *** ***
Tuvo que esperar tres semanas, pero finalmente alguien murió en el pueblo, una mujer de mediana edad, víctima de un cáncer. Marie asistió al entierro en el viejo y pequeño cementerio, y precisamente allá se encontró, cómo no, con Claudine y Veronique entre el resto de los acompañantes.
–Hacía días que quería visitaros –les dijo cuando ya el entierro hubo terminado y todos abandonaban el cementerio–, pero me siento cada vez más fatigada… ¡Nos vamos haciendo viejas, queridas!
–Sí –dijo Claudine, moviendo la cabeza hacia el interior del cementerio–, pero nosotras seguimos aquí, y otras más jóvenes ya ves…
–La gente está medio podrida hoy día –rió Veronique–. No es fácil encontrar personas sanas como nosotras.
–No lo dirás por mí –farfulló Madame Marie.
–¡Claro que sí! Bueno, querida, no es que te veas muy bien, pero vaya, tú eres de la vieja estirpe… ¿Cuántos años has cumplido ya? ¿Ochenta?
–Sólo setenta y dos –murmuró Marie.
–¿Setenta y dos? ¡Bueno, en cualquier caso eres bastante mayor que nosotras!
–Tengo unos cuantos meses menos que tú, Claudine, y ni siquiera dos años más que tu hermana.
–Sin duda te confundes.
–Es posible –sonrió Marie–. Bueno, os agradecería que me visitarais un día de éstos, pero… discretamente, sin que nadie se entere.
Inmediatamente, Claudine y Veronique se sintieron atraídas por el misterio, tal como Marie había calculado.
–¿Sin que nadie se entere? –exclamó Veronique–. ¿Y eso por qué?
–Tengo intenciones de vender la casa y marcharme a pasar los últimos años de mi vida en Lyon, y he pensado que tal vez a vosotras os interesaría comprarla.
–Debes de estar bromeando –se pasmó Veronique.
–Pero… ¿tú sabes lo que dices? –exclamó Claudine–. Tu casa es vieja; con lo que te den por ella no tendrás ni para comprar un pequeño apartamento en Lyon. Y con las rentas no esperes tener lo suficiente para alquilarlo. ¡Marie, estás soñando!
–Me había hecho la ilusión de vivir en Lyon…
–Te estás engañando a ti misma –aseguró Veronique–. Tu casa es vieja, se está cayendo. ¡Te darían cuatro cuartos por ella, no tendrías ni para vivir un año! ¡Y en Lyon, nada menos! ¿Por qué no se te ha ocurrido París? ¡Sería lo mismo!
–No me resigno a morir en este rincón.
–Deberías tomártelo por el lado bueno –recomendó Claudine–. Es un sitio bastante tranquilo, y aunque vives… no muy bien, tampoco careces de lo indispensable. ¡En Lyon no tardarías en ser una mendicante!
–Bueno –titubeó Marie–, ¿realmente? En fin, quizá tengáis razón, pero precisamente por eso me gustaría hablar más extensamente de mis proyectos con vosotras. Mi idea es vender la casa, desde luego, y marcharme a Lyon, pero quizá podáis ayudarme de algún modo… que a la larga os beneficiara.
Claudine y Veronique se miraron rápidamente. Y no menos rápidamente, la segunda dijo:
–¿Cuándo quieres que vayamos a tu casa?
–Pues no sé… Ya os avisaré. Cuando tenga mis ideas en orden os lo diré. Os haré una seña así cuando nos veamos en el pueblo, y ya sabréis que os estaré esperando aquella noche. Mientras tanto, por favor, no le digáis a nadie mis intenciones hasta que hayamos llegado a un acuerdo nosotras. ¿Cuento con ello?
Sabía que podía contar con ello, porque la codicia es uno de los mejores resortes para la discreción. Claudine y Veronique sin duda comenzarían a hacer cábalas entre ellas respecto a qué les iba a ofrecer la tonta y fea Marie, y cómo podrían arreglárselas para aprovecharse de ella.
Aquella misma noche, después de tres semanas de que se concretase la idea definitiva, Madame Marie pudo saber si las ratas comían carne humana. Siempre había oído decir que sí, claro está, pero no era cosa de arriesgarse a que fuese falso. Comían de todo, y habría sido un desastre para ella que no comiesen carne humana, y que se enterase después de matar a Claudine y Veronique.
Así que aquella noche se fue al cementerio cuando sabía que todos los habitantes del pueblo estaban durmiendo. Esto aparte, no era una noche agradable para salir de paseo, y, en cualquier caso, no ciertamente por el cementerio.
Marie sabía cuáles serían las dificultades para conseguir carne humana, de modo que llegó al cementerio bien preparada. Lo más difícil de todo sería cortar un miembro del cadáver de la mujer. Naturalmente, ella nunca había hecho nada semejante, y tenía que asegurarse de que sabría y podría hacerlo, aunque esto de cortar no sería necesario en el caso de Claudine y Veronique; todo lo que tendría que hacer sería matarlas, y las ratas se encargarían del resto.
Se había fijado muy bien dónde había dejado Jean Brialy la llave del panteón familiar, en un hueco de la pared, disimulado con vistas a intrusos forasteros que buscasen tal vez saqueos productivos, pero conocido por el encargado del cementerio y por la familia, por si se olvidaban la llave que tenían en casa o la perdían en alguna ocasión. Utilizó Marie esta llave, abrió la puerta de rejas de hierro, y entró en el pequeño panteón de los Brialy. Para iluminarse llevaba una pequeña linterna que había comprado días atrás en el pueblo, y, para asegurarse de que el resplandor de la luz no se vería fuera del panteón, se había provisto de una manta que sujetó con pequeños trozos de alambre en las rejas.
Tranquila ya respecto a que no podía ser vista la luz desde fuera del panteón, encendió su linterna y se acercó al ataúd donde descansaba para siempre Emile Brialy. Abrir el ataúd no fue fácil, pero tampoco especialmente difícil, pues los cierres eran de gran sencillez.
Et voilà!, Marie alzó la tapa del ataúd y dirigió la luz de la linterna hacia el cadáver…, mientras retrocedía al recibir el nauseabundo impacto odorífero que expelía. Tan intenso era el olor, tan espantosamente desagradable, que por unos segundos Marie creyó que iba a caer desmayada víctima del asco y del miedo. Luego, aterrada, se quedó contemplando a su vecina, que había conocido en vida.
A Emile no la odiaba.
¿Iba realmente a mutilarla después de muerta? ¿Realmente iba a amputarle un brazo para que se lo comiesen las ratas?
“No podré -se dijo-… ¡No podré!”
A Emile le habían puesto un bonito vestido oscuro que sin duda había estrenado en la ceremonia de la boda de su hijo en la iglesia hacía menos de un año. La vida era menos que nada, era un asco. ¡Pobre Emile, tan feliz que parecía entonces! Y casi de repente comienza a aparecer el cáncer que se la había comido viva…
¡Oh, Dios mío, qué ocurrencias, comido viva!
¿Y si las ratas se comieran vivas a Veronique y Claudine?
¡Eso sí que sería divertidísimo!
Y espantoso para las victimas, claro. Sólo de pensar que pudiera ocurrir una cosa así puso a Marie los pelos realmente de punta. No concebía nada más espantoso en la vida que ser devorada viva por un montón de ratas.
Pero ése no sería el caso de Veronique y Claudine, ciertamente, porque ella se iba a dar el gusto de matarlas. ¡Vaya si tendría valor para matarlas! Valor y, además, placer. En cambio, no se decidía a cortarle el brazo a Emile. Además, tendría que cortar aquel bonito vestido, porque no se iba a poner a desnudarla. Ésta fue otra idea que la estremeció, aunque menos que la de ser comida viva por las ratas. ¿Tal vez ella tendría alguna idea que pudiera solucionar esto con respecto a las dos hermanas viudas? Bueno, si lo conseguía desde luego que las echaría vivas a las ratas.
Cuando se dio cuenta estaba ya cortando el brazo de Emile, buscando con el agudo filo del gran cuchillo de cocina la articulación del hombro. Era igual que cuando comía un cuarto de pollo: se buscaba la articulación del hombro, ¡oh, perdón, quería decir de la pata!, y se cortaba por allí. Había que apretar con decisión, sin brusquedad. Casi siempre había cartílago y un poco de grasa… Y lo mismo estaba sucediendo con Emile Brialy. El cuchillo penetraba en la carne, que parecía… Sí, parecía como de trapo prensado. No salía sangre, pero sí aparecía un extraño líquido, un humor amarillento sucio, que brotaba muy lentamente.
Cuando terminó de cortar el brazo de Emile Brialy sentía un extraño entumecimiento, y le dolían las manos. Seguramente, había realizado un esfuerzo mayor del que le había parecido. Pero, como fuese, allá tenía el brazo cortado. Emile se veía ahora espantosa, con un brazo menos, los ojos cerrados, la boca sumida, el rostro como de viejo papel amarillo sucio.
Metió el brazo en la bolsa de plástico que había llevado en previsión a esta circunstancia. Lo difícil estaba hecho. Se las arregló para colocar los cierres del ataúd en su sitio, en la confianza, casi la seguridad, de que nadie tendría la macabra ocurrencia de ir a alzar la tapa después de haberse despedido de Emile.
Eran casi las dos de la madrugada, fresca y desapacible, cuando Marie regresó a su hogar.
No vio entonces rata alguna, pero no iba eso a preocuparla, ni mucho menos. Con seguridad que Madame estaba escondida en cualquier sitio observándola…, y muy disgustada porque en la cocina no había encontrado con qué invitar a sus amigas.
–Paciencia, querida, paciencia –chirrió la risa de Marie–. ¡Te traigo algo que te gustará mucho…, espero! Y podrás traer unas cuantas invitadas al banquete. Y dentro de poco seguro que aún podrás traer más invitadas, ¡muchas más! Os daréis un banquete colosal, tú y tus invitadas.
Dejó el brazo de la difunta Emile Brialy en el suelo, cerca de la chimenea, y se fue a dormir.
Por la mañana, encontró los huesos del brazo, mondos y lirondos, en un rincón de la pieza, y, esparcidos por ésta, algunos extraños mechones de pelo gris maloliente que tardó bastante en identificar, y entonces se echó a reír. ¡Vaya si les gustaba la carne humana a las ratas, vaya…! Porque, naturalmente, los mechones de pelo pertenecían a las ratas, que se los habían arrancado unas a otras a mordiscos en su pelea por conseguir en exclusiva la sabrosa pitanza humana.
Aquella misma noche, Madame Marie decidió cómo iba a matar a Claudine y Veronique: las envenenaría con el matarratas, del qué tenía cantidad más que suficiente para matar dos asquerosas ratas como ellas. Así no mancharía de sangre ningún mueble, ni siquiera el suelo de su casa. Las envenenaría como lo que eran: miserables, asquerosas, malvadas ratas que merecían lo que les iba a ocurrir y mucho más.
¿Y qué haría después que ellas no estuvieran ya en el mundo de los vivos? Pues, cuando se dieran por desaparecidas, ella iría a la casa de las dos viudas, diciendo que su intención era cuidarla, limpiarla un poco hasta que ellas regresaran, y, poquito a poquito, se iría instalando en la casa, disfrutando de sus comodidades, del dinero que encontraría en ella, de las joyas… ¡De todo! Y con un poco de suerte, cuando alguien comenzase a sospechar ella ya sería viejecita, viejecita, viejecita, y no como ahora, que sólo tenía setenta y dos años. Y entonces, si llegaban a descubrirla (ya que una cosa era sospechar y otra cosa era poder demostrar lo que ella había hecho), antes de permitir que la llevaran al manicomio se suicidaría de alguna manera indolora. Podía ir acumulando durante años píldoras para dormir, y en el momento que hiciese falta sólo tendría que ingerirlas todas y dormirse en paz y dulcemente para siempre.
Pero antes, mataría a las dos malditas odiadas.
Último requisito de comprobación: ¿devoraba un buen fuego los huesos mondos y lirondos del brazo de Emile Brialy, sin oler a carne o a hueso humano quemado?
A la una de la madrugada, cuando Chéssy parecía todo él un silencioso cementerio, Marie colocó en el fuego, que había alimentado a conciencia, los huesos del brazo de Emile Brialy, y estuvo contemplando cómo, lentamente, la voracidad roja y hermosa del fuego los iba devorando.
Salió de la casa y estuvo paseando por las cercanías, bien arrebujada en su viejo abrigo. Un par de veces olió algo un poco inquietante, pero se disipaba enseguida. No era nada preocupante. Lo que sí tendría que hacer era dejar los huesos de Claudine y Veronique escondidos hasta la noche, para quemarlos entonces, no durante el día. Si hacía esto, todo saldría a la perfección. Sería la perfección más absoluta de un doble asesinato perpetrado a impulsos del odio más justificado.
A las tres de la madrugada, Marie se acostó, aterida de frío, pero resueltos ya todos los problemas y detalles. Ahora, todo lo que faltaba era que Veronique y Claudine acudieran a su casa por la noche, sin que nadie las viera, tal como ella les había pedido.
*** *** ***
Así lo hicieron, tres días más tarde.
Llegaron casi a las diez de la noche, protegidas con sus hermosos abrigos, con cara de cómplices misteriosas, y entraron en la vieja casa de Marie por la parte de atrás, sin reparo alguno. ¡Ah, la codicia…!
–¿De verdad no os ha visto nadie? –insistió Marie.
–Seguro, mujer –rió nerviosamente Claudine.
–¿Ni le habéis dicho a nadie lo de que quiero vender la casa y que ibais a venir esta noche para hablar de ello?
–Vamos, no seas pesada, Marie –se molestó Veronique–. Ya te hemos dicho que nadie sabe nada de nada.
–Está bien. Bueno, vamos a sentarnos delante del fuego. Tomaremos café mientras conversamos.
–Si no te molesta, yo preferiría té –dijo Claudine–. El café me pone demasiado nerviosa.
Marie supo contener su sonrisa de triunfo. ¡Como sí ella no tuviera previsto que ellas pudieran preferir té! De modo que se instalaron en la pieza que era a la vez comedor y cocina, y sirvió café a Veronique y té a Claudine…, por supuesto, ambas bebidas con una tremenda dosis de matarratas.
–¿Continúas decidida a vender la casa y marcharte a Lyon? –preguntó Veronique.
–De otro modo no os habría hecho la seña para que vinierais a hablar de ello –dijo Marie.
–Claro. Bueno, nos gustaría saber cómo podríamos nosotras ayudarte, qué esperas que hagamos… ¡Qué gusto más raro tiene este café! Quizá le falta azúcar.
–Lo mismo pasa con mi té –dijo Claudine–. Sí, será mejor que pongamos un poco más de azúcar.
–Serviros a vuestro gusto –dijo Claudine, con los ojos relucientes.
Las vio servirse más azúcar y remover sus bebidas respectivas, calientes y reconfortantes… si no hubieran estado saturadas de raticida. En realidad, Marie comenzó a disfrutar ya desde este momento. Se sorprendió a sí misma pensando que debía de ser muy mala para estar disfrutando viendo cómo sus víctimas lo estaban haciendo todo ellas solitas; ellas solas se estaban matando; habían acudido como buitres a devorar los despojos de una pobre anciana a la que jamás habían estimado, y ahora ellas mismas se estaban matando, ante sus complacidos ojos.
–Sigue teniendo un gusto raro, pero en fin…
–Deberías venir en otro momento a casa, Marie –dijo la otra–. No es por despreciar tu invitación, pero ya verás qué café…
–El fuego sí es hermoso –dijo la otra–. Creo que no había necesidad de tanto, Marie. Sólo vamos a estar unos minutos, y has puesto demasiada leña. ¡Empiezo a tener calor, qué barbaridad!
Marie las iba mirando a una y a otra.
<<¡Je, je, je! Sí, sí, vosotras tenéis todo mejor que yo, pero pronto no tendréis nada, salvo la muerte en las entrañas, y al amanecer no quedará de vosotras más que unos cuantos huesos pelados como si jamás hubieran tenido carne adherida a ellos.>>
–¿Qué te pasa, Claudine? –preguntó Veronique.
–Nada… No sé… Me ha dado un pinchazo el estómago, de repente… ¡Ay!
–¿Otro pinchazo? –preguntó sonriente Marie.
–Sí… ¡Dios, qué horrible!
–¡Ay! –exclamó Veronique–. ¡A mí también me ha pinchado el estómago!
–Ya es casualidad –dijo Marie–. ¿Qué habéis cenado? Quizás era demasiado fuerte para vuestra edad, queridas.
–No, no –rechazó Veronique–. Hemos cenado… ¡Ay…! ¡Ay, Dios mío, qué dolor de nuevo! ¡Aaay…!
Claudine dejó caer la taza de té y se llevó las manos al vientre. Marie no pudo contenerse: se echó a reír. Con lo cual, lógicamente, se ganó una sorprendida mirada de sus invitadas. Una sorpresa que afloró por entre los visajes de dolor, los cuales regresaron pronto. El matarratas no era ninguna broma, ciertamente. Y Marie seguía riendo, no podía contenerse de ninguna manera.
Estaba pasando el mejor rato de su vida…
¡Cualquier cosa valdría la pena sólo por disfrutar de aquel momento!
–¿Estás loca? –jadeó Claudine–. ¡Nos duele mucho el vientre y tú te estás riendo…!
–Claudine, ¿cuándo te mueres? –rió entre llamaradas de satánico placer en los ojos Madame Marie.
–¡Te has vuelto loca! –aseguró Veronique.
–No, no, no –movió la cabeza Marie–. Tenéis que contestar: pas encore. Aunque eso no sería cierto, pues lo cierto es que sí os estáis muriendo las dos.
Veronique y Claudine miraban con ojos desorbitados a Marie. Sus rostros estaban lívidos, desencajados. En sus entrañas, el raticida estaba causando estragos. Ninguna de las tres sabía que la cantidad ingerida era insuficiente para matar a un ser humano, pero lo seguro era que los dolores intestinales comenzaban a ser espantosos, y que, por descontado, ambas hermanas precisaban ya sin más dilación los adecuados cuidados médicos.
–Por el… amor de… Dios –jadeó Claudine, incorporándose trabajosamente–, ¿qué… qué has hecho…?
–Os estoy matando. Veronique, ¿cuándo te mueres? Recuerda que tienes que contestar: pas encore, ma chérie…
Veronique también se puso en pie, pero acto seguido cayó de rodillas, y Marie arreció en sus carcajadas seniles y sádicas. Oh, Dios de los cielos eternos, ¡cuantísimo estaba gozando!
Claudine se puso también en pie, y, sujetándose el vientre con ambas manos, comenzó a caminar hacia la puerta, dando tropezones y gimiendo cada vez con más fuerza. Estaba sobrepasando la histeria y entrando en el ámbito del terror…, y sus gritos eran ya demasiado fuertes. En cuanto a Veronique, de nuevo estaba en pie, y, con más decisión y fuerza que su hermana, se iba acercando a la puerta.
Marie lo comprendió de pronto: sí, las había envenenado, las dos puercas iban a morir, pero no allí, en su casa, y con la rapidez conveniente, sino que iban a tener tiempo de salir de la casa gritando y aullando como enloquecidas. Es decir, que todo el pueblo se iba a enterar de lo que estaba sucediendo…
El manicomio para Madame Marie.
–¡No! –gritó Marie, poniéndose a su vez en pie de un salto sorprendentemente ágil.
Saltó hacia donde solía tener los cuchillos, agarró el que ya utilizara para amputar un brazo a Emile Brialy, y, alzándolo, cargó contra Veronique, que se hallaba ya muy cerca de la puerta, encorvada y gimiente. El respingo de horror de Claudine hizo volver la cabeza a Veronique. Pareció que sus ojos fuesen a saltar de las órbitas al ver a Marie abalanzándose contra ella cuchillo en ristre; sus pupilas se dilataron hasta el punto de que Marie lo captó perfectamente y hasta pensó que eran como objetivos de cámara fotográfica.
La primera cuchillada degolló brutalmente a Veronique.
Fue un tajo poderoso, certero, impulsado más que por simple fuerza física por sentimientos, emociones y recuerdos hechos del más añejo odio atesorado, acumulado en años y años.
Veronique murió en el acto. Pareció que sus ojos fuesen a salirse de las órbitas y cayó hacia atrás, con la cabeza como tronchada hacia la derecha y expeliendo un torrencial chorro de sangre oscura que alcanzó con sus salpicaduras a Marie. Ésta se volvió rápidamente hacia Claudine, que, de pie, la contemplaba incapaz ahora de reaccionar en modo alguno, de emitir tan siquiera un sonido, tal vez alucinada, incrédula ante lo que sus propios ojos habían visto y estado viendo.
En uno de esos ojos le alcanzó la cuchillada de Marie.
El ojo reventó, pareció explotar al ser hendida la pupila, y brotó como un feroz escupitajo amarillento hacia el rostro de Marie, que retiró vivamente el cuchillo y siguió a Claudine en su tambaleo hacia atrás. Claudine estaba soltando ahora un ronco mugido parecido al de los sueños de recreo vengativo de Marie, y su aspecto era horrible. Era un aspecto feo, feo, feo…
Marie asestó otra cuchillada, ahora al pecho, pero no vio rasgarse, partirse el seno y abrirse el pezón verticalmente. Sí sintió, en cambio, el temblor en la muñeca cuando la hoja de acero atravesó sin enterarse la ropa y se hundió confortablemente en la carne.
Y de nuevo retiró el cuchillo y otra vez lo clavó.
Y lo clavó de nuevo, y lo hizo otra vez, y otra, y otra…, hasta que se dio cuenta de que Claudine estaba muerta y remuerta, pero apoyada en la pared contra la cual ella la había arrinconado y clavado a puñaladas. En cuanto dejó de hacerlo, en cuanto dejó de clavarle el cuchillo, aquel monstruo ensangrentado y tuerto se vino hacia ella, como un saco. Marie se apartó, y aquel montón de carne latente cayó al suelo con blando sonido, esparciendo enormes gotas calientes de sangre a todos lados.
–Bueno, ya está –dijo Marie.
Después, se quedó inmóvil, con el cuchillo en la mano. Se oía el goteo de la sangre desde la punta del cuchillo al suelo: chip, chip, chip, chip…
El fuego crujía en la chimenea, emitía su invariable chisporroteo alegre.
Sí, había mucho fuego; había, por lo menos, el suficiente fuego para quemar los huesos de Claudine y Veronique. Aunque era una tontería haberlo avivado tanto ahora, pues no haría falta hasta que las ratas se hubieran comido las carnes de las dos viudas.
¡Oh, las ratas…!
Marie reaccionó entonces.
En su abotargada estupefacción que había seguido a la realización de sus oníricas venganzas, se había olvidado de todo, había quedado ausente. Y vio ahora a Madame. ¡Vaya si era ella, la vieja, coja, asquerosa, gigantesca Madame! Estaba en un rincón de la pieza, observándola.
–No te preocupes –le sonrió Marie–, esta noche no voy a molestarte en absoluto. Anda, ve en busca de tus invitadas al gran banquete. ¡Vamos, no irás a fallarme precisamente hoy, ¿¡erdad?!
Marie se fue a su dormitorio, donde se desnudó, contemplando entre asombrada e incrédula sus ensangrentadas ropas.
¡Pues sí que había hecho una buena masacre…!
¡Cielos, qué gozada!
Se puso el camisón, y se disponía a meterse en la cama, pues estaba muy, muy cansada, cuando recordó de nuevo a Madame. ¡Mira que si precisamente esta noche no acudiera con sus invitadas de turno…!
Pese al cansancio, regresó a la pieza donde había sucedido todo. Caminó sigilosamente, y se asomó con idéntico sigilo. Bueno, Madame no le había fallado, desde luego que no.
Había allá no seis ratas, sino quizá seiscientas, creando un espantoso rumor mientras se movían por encima de los dos cadáveres que estaban devorando ferozmente.
Durante un par de minutos quizá, fascinada y maravillada, Marie estuvo viendo el festín que estaban disfrutando Madame y sus invitadas. Por fin, pensando en lo bien que había salido todo, regresó a su dormitorio, se tendió en la cama, y suspiró.
¡Dios mío, qué cansada estaba…!
*** *** ***
Despertó de pronto, con unas sensaciones extrañas, como si toda su carne estuviese insólitamente viva. Se movió hacia la mesilla de noche, y encendió la luz.
¡Cielos, cuantísimas ratas…!
Ya lo creo que había más de seiscientas, había una barbaridad de enormes ratas. Y todas estaban en la cama, sobre ella, relucientes sus espantosos ojos, muchas todavía con el morro lleno de sangre. Ciertamente, Madame no tenía sólo cinco o seis amigas, sino muchas, muchísimas.
Y las había invitado al banquete.
Pero claro está, eran tantas que no habían tenido suficiente con Claudine y Veronique, se habían quedado con hambre.
Y mientras seguía sintiendo aquella sensación de picoteo en sus carnes, Marie pensó que estaba muy cansada, que no tendría ni fuerzas para gritar mientras las ratas la emprendían con su tercera ración de pitanza de aquella noche memorable…
EL PINGÜINO AVENTURERO
Como todos los pingüinos, aquel pingüinito nació del interior de un huevo que tiempo antes había puesto e incubado su mamá. Y era un pingüino tan raro que en cuanto su mamá lo vio salir del huevo exclamó:
–¡Pero qué es esto! ¡Este hijo mío está al revés!
Y tenía razón Mamapingüino, así que Papapingüino, que estaba allí viendo cómo nacía su hijo, dijo:
–Tienes razón. ¡Qué cosa tan extraordinaria!
Acudieron otras mamás pingüino a ver al recién nacido, y también acudieron otros papás pingüino, y otros pequeños pingüinos que habían nacido antes que aquel tan raro.
En fin, que acudió toda la colonia de pingüinos –¡más de diez mil!– que vivían en los acantilados de la costa de aquella isla del Mar del Norte, que era un mar cercano al Polo Norte y donde hacía mucho frío.
Y era verdad que aquel pingüinito estaba al revés.
Resultaba que en 1ugar de tener la barriga blanca y las alas y la espalda de color negro, tenía la espalda y las alas blancas y la barriga negra.
–¡Caray! –dijo una mamá–. ¡Nunca había visto nada semejante!
–Ni yo tampoco –dijo otra mamá–. ¡Vaya un pingüinito extraño!
–¡A lo mejor cuando sea mayor trabajará en un circo! –comentó uno de los papás pingüino.
–¡Esto sí que sería una buena atracción de circo! –dijo otro–. ¡Un pingüino al revés!
–¿Y qué nombre le vais a poner? –les preguntaron a Mamapingüino y a Papapingüino–. ¡Tiene que ser un nombre muy especial!
–No sé –dijo Mamapingüino–. Ya pensaremos un nombre que le siente bien.
Todos los que estaban allí empezaron a decir nombres para que se lo pusieran al pingüinito, pero a Mamapingüino y a Papapingüino no les gustaba ninguno.
Unos decían que podía llamarse Alrevestelodigo, otros que podía llamarse Pingüino Blanco, otros que podía llamarse Color de Nieve, y así, uno tras otro fueron diciendo nombres rarísimos, ninguno de los cuales fue del agrado de Mamapingüino y Papapingüino.
Y así estaban discutiendo todos sobre el nombre que debían ponerle al extraño recién nacido cuando llegó la noche, que por esos mares del norte de nuestro hermoso planeta son muy, muy, muy cortas en verano y larguísimas en invierno.
Entonces, todos se pusieron a dormir.
Tenían que dormir mucho y estar fuertes, porque al día siguiente, si querían comer, tendrían que trabajar mucho buscando plancton, o sea, hierbas que hay en el mar, y buscando también crustáceos, o sea, pequeños animalitos de mar que tienen costra o cáscara, como los cangrejos, las cigalas y los percebes, y además tendrían que atrapar pequeños peces bajo las frías aguas, cosa que no les resultaba nada fácil.
De modo que todos se pusieron a dormir.
Y cuando todos los pingüinos de la colonia estaban durmiendo, Mamapingüino, que era la única que no dormía pensando y repensando y superpensando en qué nombre podían ponerle a su hijito, exclamó de pronto con voz muy fuerte:
–¡Ya sé! ¡Se llamará Güino Pin!
Pero nadie la oyó, porque todos dormían profundamente. Sólo la Luna, que parecía una sandía gigantesca, miraba sonriente a Mamapingüino desde el cielo lleno de estrellas que la rodeaban.
Entonces, de pronto, se despertó Papapingüino y exclamó:
–¡Ya sé! ¡El nombre que le pondremos es Güino Pin!
–¡Pero si es el nombre que yo acabo de decir! –aseguró Mamapingüino.
–Ah, pues no te he oído. Yo estaba durmiendo y de pronto he soñado con ese nombre y me he despertado para decírtelo.
–¡Pues yo lo he pensado estando despierta, para que te enteres, y eso tiene mucho mérito!
–¿Y acaso no tiene mérito soñar un nombre tan bonito como Güino Pin? –se enfadó Papapingüino,
Se pusieron a discutir sobre cuál de los dos lo había pensado o soñado primero, y tanto discutieron que despertaron a 1os demás pingüinos de la tribu, digo de la colonia, y todos se enfadaron mucho con Mamapingüino y Papapingüino porque no les dejaban dormir con los gritos de su discusión.
Así que empezaron a tirarles puñados de nieve y cáscaras de huevos de pingüinito ya nacido, e incluso pequeñas cacas de los pingüinitos más pequeños.
–¡Bueno, bueno! –se llevó Papapingüino las aletas a la cabeza–. ¡Ya nos callamos! ¡Seguiremos la discusión mañana!
Y así lo hicieron.
Mamapingüino y Papapingüino se callaron y todos volvieron a dormirse.
Mamapingüino y Papapingüino, que eran los únicos que seguían despiertos se miraron a la luz de la Luna, y luego miraron a su pequeño pingüinito tan extraordinario, que dormía acurrucado contra la barriga de Mamapingüino.
–Vaya –dijo Papapingüino–, la verdad es que el nombre tú 1o has pensado despierta y yo lo he soñado al mismo tiempo. Por lo tanto, los dos tenemos el mismo mérito.
–Es verdad –aceptó enseguida Mamapingüino–. Además, Güino Pin es hijo de los dos, de modo que también en eso tenemos el mismo mérito.
–Vale –dijo Papapingüino–. Así se lo diremos a todos por la mañana.
En efecto, cuando llegó la mañana Mamapingüino y Papapingüino les dijeron a todos que a los dos al mismo tiempo se les había ocurrido ponerle a su hijito el nombre de Güino Pin. Este nombre les gustó mucho a todos porque, verdaderamente, decir Güino Pin era lo mismo que decir pingüino, sólo que al revés, lo que les pareció la mar de divertido.
Así quedó la cosa, y Güino Pin fue creciendo, jugando con los demás pingüinitos de la colonia, pero muy pronto empezó a darse cuenta de que le trataban de modo diferente, como si él no fuese un pingüino y fuese cualquier cosa rara, como por ejemplo una foca, o una morsa y hasta como ti fuese una anguila de mar, ¡cualquiera sabía!
Pensando esto, Güino Pin se dijo que no le gustaba estar donde no le querían, y empezó a hacer ejercicios con las alas, hasta que un día se dio cuenta de que mientras sus amiguitos apenas utilizaban las alas salvo para mantener el equilibrio él podía volar y así llegar muchísimo más lejos que los otros pingüinos.
Había algunos pingüinos que nadaban mejor que él, utilizando las alas como aletas anfibias y la cola como timón, pero ninguno volaba, y aunque lo intentaron no conseguían hacerlo tan bien como él ni mucho menos llegar tan alto y tan lejos.
Un día, cansado ya de que no lo tratasen como a todos sus compañeros, Güino Pin empezó a volar muy alto y se fue alejando, alejando, alejando muchísimo de la isla donde vivía la colonia. Y por fin, empezó a ver mares y tierras diferentes, y estaba pasmado y maravillado, porque hasta entonces había creído que el mundo era sólo su isla cubierta por hielo y por nevadas muy espesas y rodeada por aquel mar gris y siempre tan frío.
Pero no, nada de eso.
El mundo era grande, enorme, grandíiiiisimo, bien lo estaba viendo con sus propios ojos.
Había mares da aguas verdes, mares de aguas azules, mares de aguas cristalinas, mares profundos y playas poco profundas exquisitas donde había tortugas, corales y peces con alas.
Y había tierras donde había gigantescos árboles, y otras tierras donde había muchas flores, y otras donde había palmeras, y había lugares donde sólo había arena, y arena, y arena…
Por fin, cansado de volar, Güino Pin decidió tomarse un descanso, y aterrizó justamente sobre las arenas de un desierto.
Nada más poner sus patitas en la arena, gritó:
–¡Carambolas de colores! ¡Esto no es hielo ni nieve!
Todavía no sabía bien lo que era, pero la arena tan caliente por el sol le quemaba las patitas, así que de nuevo alzó el vuelo bajo aquel sol que calentaba tanto, tantísimo, que Güino Pin pensó que debía de ser otro sol y no el que él conocía, el que estaba allá donde vivía con sus papás en la colonia de pingüinos de la isla del Mar del Norte, tan gris y tan frío.
Y tanto y tanto calentaba aquel sol, que Güino Pin comenzó a sudar, y entonces se echó a reír.
–¡Ahí va, recarambolas! –exclamó sin dejar de reír–. ¡Un pingüino sudando! ¡Esto sí que no lo ha visto nadie de la colonia de mi isla!
Para descansar y librarse un poco de aquel calor tan intenso, buscó un lugar donde hubiera sombra y pronto lo divisó. Aterrizó en una selva donde había árboles tan altos que si los miraba de abajo a arriba se caía de espaldas y se hacía gordísimos chichones en su redonda cabecita de orejas invisibles, así que dejó de mirarlos.
Y entonces empezó a ver animales de lo más extrañísimo.
¡Recontracarambolas, y decían que él era raro!
¿Pues qué dirían los pingüinos de la colonia si vieran aquellas extrañas criaturas que él estaba viendo con sus propios ojos de ver y de mirar mirando?
Primero vio aquel extraño bicho grande como cien pingüinos –¡o más!– y que tenía un cuello tan largo que podía comerse las hojas de los árboles más altos como si tal cosa.
Luego, vio a un animal gordísimo que se bañaba en un río, y que tenía una nariz tan larga que casi le llegaba al suelo, y unos colmillos largos y afilados, y unas orejotas enormes.
Luego vio un animal de dos patas muy largas que tenía alas y plumas pero que ni mucho menos era un pingüino, pues era más grande y corría que se las pelaba. ¡Ostras si corría aquel bicho!
Pero luego, de entre la espesura, salió otro bicho, con la piel de color amarillo con manchas marrones y que tenía también cuatro patas, con las que corría muchísimo a pesar de que eran más cortas que las del anterior. ¡Vaya bicho, cómo corría, con el rabo bien tieso!
Más allá, entre unas hierbas, vio a un animal enorme y de gran melena que estaba tomando el sol como si fuese el rey de todo el territorio.
Güino Pin se acercó a él y le preguntó:
–Oye, ¿tú quién eres?
–Soy el rey de la selva –le replicó el formidable animal–… ¿Quién eres tú y de dónde has salido?
–Yo soy un pingüino y he llegado volando desde el Mar del Norte.
–Sí, ¿eh? Bueno, nunca he comido pingüino, pero a buen hambre no hay mala comida ni pingüino duro, así que te voy a devorar.
Diciendo esto, aquella bestia abrió la boca y lanzó un rugido que hizo temblar toda la selva y puso de punta las plumas de Güino Pin, que alzó velozmente el vuelo cuando la fiera se le echó encima. Por fortuna, el hambriento y feroz melenudo no pudo atraparlo entre sus grandes zarpas con uñas que eran tan grandes como la cabeza de Güino Pin, y éste lanzó un silbido de susto.
–¡Carambainas, qué mal genio! ¡Menuda fiera! ¡Tiene peor carácter que un oso polar!
Siguió volando, y vio animales que tenían patas cortas a los lados del cuerpo y que se arrastraban por las fangosas orillas de los ríos, abriendo una boca grandiosa donde a lo mejor había más de doscientos dientes agudos y afilados.
Vio animales de cuatro patas con el cuerpo listado de negro y blanco que corrían por bellas praderas…
¡Vio muchísimas cosas y muchísimas criaturas!
¡Y todas diferentes!
¡Había muchísimas criaturas y cada una de ellas era diferente a las otras!
Pero no diferentes como él era diferente a los demás pingüinos de la colonia, no, sino muchísimo más diferentes unas de otras. Por ejemplo, en los árboles había pequeños seres peludos de larga cola que gritaban mucho y saltaban continuamente de rama en rama y comían cosas redondas que por dentro eran blancas… Mientras tanto, animales enormes con un cuerno en la frente, comían hierba tan ricamente.
¡Cuántas cosas y criaturas extraordinarias, recarambolas…!
De repente, Güino Pin se dio cuenta de que no estaba volando solo.
Junto a él volaban otras criaturas de bellísimas alas… ¡y ninguna de aquellas criaturas eran pingüinos!
–¡Pero esto qué es…! –exclamó Güino Pin–. ¡Qué pasa aquí, cómo es que hay criaturas tan extrañas por todas partes!
–Nada de extrañas –dijo uno de sus compañeros de vuelo, que tenía un gran pico y el plumaje de muchos y bellos colores–. Cada cual es cada cual, y nadie es extraño. Yo soy un loro, y aquí en la selva todos lo saben, chaval. ¿Tú qué eres?
–¡Yo soy un pingüino! –respondió Güino Pin.
–¡Atiza, ref1auta! –exclamó una pequeña criatura que volaba muy cerca y que tenía el lomo negro y la barriga blanca–. ¡Pero si es uno de mis parientes del Mar del Norte!
–¡Yo no soy tu pariente! –protestó Güino Pin.
–Ya lo creo que sí –dijo otra criatura más grande, que también tenía la barriga blanca y que volaba de un modo en verdad majestuoso, casi sin mover sus grandes alas grises–. Esa golondrina de mar es pariente tuya, y yo también, y hasta otros pájaros que se llaman chor1itos.
–¿Y tú quién eres?
–Yo soy la gaviota, la reina de los cielos marinos junto con nuestros primos los albatros. Dime una cosa, primo: ¿qué haces tú por estos lugares, tan lejos de tu ambiente?
–Me he escapado de allí, porque soy un pingüino raro y todos se burlaban de mí y me miraban mal.
–¡Anda ya! –exclamó el loro, muerto de risa–. ¡Pero qué dices, cabezón de hielo! ¡Nadie se ríe de nadie, porque cada cual es cada cual! ¡Rrrr, al rico y guapo lorito!
Los demás que volaban junto a Güino Pin rieron, y acto seguido la golondrina de mar dijo con su dulce voz:
–Bueno, amiguete, ahí te quedas, que tenemos que volver al mar a pescar para comer. ¡Ya me gustaría, ya, saber nadar como tú, para atrapar peces sin tantos problemas como tengo ahora!
–¡Toma, lo mismo digo! –aseguró la gaviota–. ¡Bueno, adiós, chaval, que te vaya bien!
–¡Adiós, cara de pingüino! –dijo riendo el loro–. ¡Rrrr! ¡Al rico lorito guapo y bravucón, más valiente que un león! ¡Rrrr!
De nuevo se encontró solo Güino Pin, volando por encima de aquella grandiosa isla que nunca se acababa y que él no sabía que no era una isla sino un grandioso y hermoso continente llamado África. Ah, sí, sí, a lo lejos vio al mar, justamente hacia donde había ido la gaviota, y entonces también él voló hacia allí.
En cuanto estuvo en el mar, supo orientarse, y empezó a volar hacia el norte, de regreso a su isla llena de acantilados donde vivía la colonia de pingüinos.
Tardó mucho en llegar, porque sin darse cuenta en el viaje de ida se había alejado demasiado, pero finalmente, después de todo un día y una noche volando, divisó la isla, y en los acantilados distinguió perfectamente a los miles de pingüinos que tomaban el pálido sol del Mar del Norte.
–¡Eh! –gritó uno de los pingüinos–. ¡Mirad! ¿No es Güino Pin ese que llega volando?
–¡Sí que lo es! –exclamaron muchos a la vez.
–¡Eh, Güino Pin! –le dijo un pingüino adulto–. ¡Ve enseguida junto a tu madre y tu padre, que están muy tristes porque hace días que no te ven y creen que te has ahogado o que te ha devorado un oso polar o una morsa hambrienta!
–¡No debiste marcharte sin avisar, cabezota dura! –le gritó una abuelita pingüina, batiendo furiosamente sus alas.
–¿Dónde has estado? –le preguntaron muchos pingüinos jóvenes.
–He visto el mundo –dijo Güino Pin muy satisfecho.
–¡Atiza, cara de vasija!
Por fin, cansadísimo, Güino Pin aterrizó junto a sus padres, que ya lo estaban mirando con ojos llenos de alegría. En cuanto tocó tierra, Mamapingüino se acercó a él balanceando graciosamente su bello cuerpo de pingüina, y primero le abrazó y luego le dio un cachete.
–¡Toma, por aventurero! –dijo enfadadísima.
–Hijo, eso se avisa –dijo Papapingüino, con voz también muy enfadada.
Y le dio otro cachete. Pero luego Mamapingüino y Papapingüino abrazaron otra vez a su hijo, felicísimos porque no le había ocurrido nada malo. Güino Pin explicó por qué se había marchado, y entonces Papapingüino dijo, muy sorprendido:
–¡Estás equivocado! Si te miraban tanto era porque te admiraban por lo hermoso que eres aunque no seas como todos. Además, muchos querrían ser como tú. Y además, seas como seas eres un pingüino. ¿O no eres un pingüino, cabeza dura?
Güino Pin estaba muy confundido, no sabía qué pensar.
Pero de pronto, comprendió que su padre tenía razón, y que en efecto cada cual es cada cual.
¡Y después de haber visto criaturas tan extrañas durante su aventura por el mundo ya no le parecía que él era tan raro! ¿Acaso no eran más raros la jirafa, el elefante, el avestruz, el guepardo, el león, el cocodrilo, las cebras, los monos y el rinoceronte…?
Y además, ¡qué caramboinas, él era un pingüino de pies a cabeza, fuesen del color que fuesen sus alas y su barriga!
Ya lo creo que sí: ¡era un pingüino!
Y un pingüino es todo un pingüino.
¡Recontracarambolas, un pingüino es todo un señor pingüino, lo mires como lo mires y lo mires por donde lo mires!
Y punto.
VIAJERO SIN DESTINO
Hay un trágico viajero
que debe ver cosas raras,
y habla solo y, cuando mira,
nos borra con la mirada.
Antonio Machado
«Iris de la noche» Nuevas Canciones,
Lo importante era el viaje, no el destino.
Todavía mejor dicho: lo importante no era ni el viaje ni el destino, lo importante era el contenido del viaje.
Muchas personas no entenderían esto, pues consideran que el viaje es tiempo perdido, tiempo muerto; incluso peor que muerto: tiempo inexistente. Esto ya entraba, una vez más, en el terreno de la filosofía, con la cual, bien lo sabía, en muchas ocasiones se ponía verdaderamente cargante y presuntuoso, pero no podía remediarlo. ¿Acaso no es normal que las personas piensen y elucubren? Y más cuando el tema lo justifica.
Veamos: ¿qué tiene menos entidad, el tiempo muerto o el tiempo inexistente? Ninguna duda: el tiempo muerto ha existido y ha fenecido o se ha extinguido, es decir, que ha sido algo y hasta es posible que de alguna manera siga siendo algo después de muerto. En cambio el tiempo inexistente… ni siquiera ha podido morir porque no ha existido.
Sí, a veces era un poco complicado explicar estas cosas, pero lo importante, lo verdaderamente importante, era pensarlas. Y más aún, sentirlas.
Para no alargarlo más (al menos en aquella ocasión) decidió que al tiempo del viaje se le podía llamar tiempo vacío. Lo cual tampoco es verdad. ¿Cómo puede ser o estar vacío el tiempo…?
–Perdone, señor: ¿va usted a subir?
Se volvió a medias y miró todavía un poco abstraído a la persona que le había hecho la pregunta. Era una joven guapísima, de grandes ojos castaños y luminosos y una boca deliciosa que mostraba una sonrisa indecisa. Lo miraba con cierta impaciencia, y él cayó en la cuenta de que una vez más se había quedado en las nubes de sus pensamientos. Estaba con un pie en el primer escalón de acceso al vagón y además agarrado a la barandilla, impidiendo el paso a los demás viajeros, concretamente en este instante a la bella joven y a un sujeto de mediana edad que esperaba detrás de ella y que lo contemplaba un tanto ceñudamente. No era, ni mucho menos, la primera vez que le ocurría molestar con su embobamiento a otras personas, por supuesto sin intención. En cuanto llegaba a la estación del ferrocarril –cualquier estación– algo se transformaba en él. No podía remediarlo. Eran muchos años de tren, muchos años viajando, muchos años haciendo aquello…
–Sí –asintió por fin, soltando la barandilla y apartándose–, voy a subir; pero usted primero, por favor.
La joven pareció sorprenderse; enseguida soltó una carcajada encantadora y subió al vagón. Tenía unas piernas preciosas.
El sujeto ceñudo subió detrás de ella, con urgencia, como si temiera perder el tren, pese a que todavía faltaban casi diez minutos para la salida. Como tantos y tantos viajeros que había conocido, aquel sujeto parecía estar enfadado. Seguramente, por nada; pero estaba enfadado. Qué chocante. Claro está que a veces las personas tienen motivos para estar enfadadas. O tristes. O furiosas. Incluso contentas. Sí, por extraordinario que pueda parecer, también se puede estar contento. ¿Motivos para estar contento? Pues los mismos que para estar enfadado, en definitiva nada que sea fundamental y ni siquiera suficientemente significativo en la vida.
Veamos. ¿Tiempo muerto, tiempo inexistente o tiempo vacío?
En realidad, podían ser los tres. Y muchos más. Qué duda cabe de que puede haber muchas clases de tiempo. Pero en fin, era admisible y comprensible que si una persona iba por ejemplo de Sevilla a Madrid por asuntos de trabajo o de negocios lo que le importase fuese el trabajo o los negocios, así que el viaje y no digamos ya el tiempo en él invertido perdían su importancia e incluso su valor, lo cual es infinitamente peor…, infinitamente más absurdo.
Basta de filosofías.
Subió por fin al tren. Recorrió el vagón hasta encontrar a la bella joven de la risa encantadora. Ella lo miró, sonrió, y de pronto volvió a reír. Si él hubiera tenido treinta años menos habría podido pensar que acababa de hacer una conquista, pero a su edad ya no conquistaba ni a las moscas con miel. En cualquier caso, hacer el viaje contemplando aquel bello paisaje femenino no podía hacerle ningún daño. Al contrario, le alegraría el espíritu. Casi nada, válgame Dios, ¡alegrar el espíritu! Y él también tenía derecho a estas gratificaciones, aunque fuese de cuando en cuando. No todos los viajes tenían que ser forzosamente áridos e incluso a veces crueles, ¿verdad?
Se sentó frente a la joven y al lado del sujeto ceñudo, el cual sin duda había tenido la misma sana idea de disfrutar, aunque sólo fuese visualmente, de la belleza de la joven. Y seguro que llegarían otros viajeros masculinos que escogerían como al descuido uno de los asientos de aquella parte del vagón, para no quitarle ojo a la muchacha.
El rumor de la estación, como siempre, le infundía ánimos.
Y aquel relumbre de sol invernal pero con sugerencias de primavera.
Los andenes estaban atestados. Le encantaba aquel ambiente tan lleno de vida, de fuerza, de calor humano. Para viajar no hay nada como el tren: fresco en verano, caliente en invierno, asientos confortables por no hablar de las literas y de los compartimientos privados, bar, restaurante, y todo ello viajando por caminos privados. Todo un lujo del vivir, por muy modestamente que uno viaje. Y además el tren tenía de muy bueno una cosa: los pasajeros no tenían escapatoria una vez iniciado el viaje, podía decirse que cuando él comenzaba sus charlas los tenía prácticamente, acorralados…
–Señor –atrajo su atención la joven–: ¿prefiere sentarse aquí, de cara a la marcha?
Tuvo la súbita certeza de que aquél iba a ser un viaje bueno. Bueno para él, por esta vez. También tuvo una vez más la certeza de que es verdad que existen espíritus nobles y espíritus deleznables. De esto se había convencido hacía ya tiempo, mucho tiempo.
–Gracias –le sonrió a la muchacha–, pero no es necesario. Estoy acostumbrado a viajar de todas las maneras. Hace muchos años que viajo en tren diariamente. Soy Confortador de la Renfe.
El sujeto ceñudo le miró entre desconcertado y molesto.
La joven alzó las cejas en un gracioso gesto de perplejidad y quiso asegurarse de que había entendido bien.
–¿Confortador? –inquirió.
–Así es. O sea, que conforto.
–Ah. Ya.
Entraron más viajeros en el vagón. Los fue mirando con ojos de experto, analizándolos, valorándolos. Un hombre y una mujer de unos cincuenta años (seguramente un matrimonio) se sentaron en el mismo compartimiento, saludando como de mala gana. Bueno, estaba acostumbrado. No siempre era fácil romper el hielo. Algunos viajeros eran muy, muy duros. En tantos años se los había encontrado de todas clases y talantes. Siempre viajaba en clase modesta, desde luego, pues a poco de empezar sus recorridos como Confortador se percató de que los viajeros de las clases más lujosas eran prácticamente inabordables: se aislaban con sus papeles, libros, documentos, el ordenador portátil, o con la música o la tele del vagón, y era como si no estuviesen allí. Era como si dijeran: .
Al principio, con no poco esfuerzo y utilizando todo su tacto, había conseguido algunos pequeños éxitos, pero resultaban insuficientes para sus deseos e intenciones, así que cuando llegaba a la estación final del trayecto se sentía frustrado. En cambio, desde que había optado por viajar únicamente en clase sencilla casi siempre tenía éxito. Es decir, un éxito si no suficiente sí al menos razonable.
Llegaron más viajeros.
Afuera lucía el sol, pero hacía un poco de frío. La gente hablaba, movía paquetes, se impacientaba. Un joven atlético estaba hablando por un móvil. La vida cambia. Bueno, la vida no cambia, simplemente sigue sus derroteros se diría que inciertos (todo lo contrario que el tren, ahora que pensaba en ello) y, muchas veces, sorprendentes y aun más admirables. Pero no cambia. Cambian las personas y la tecnología que remodela sus vidas, pero la vida no cambia, sigue su curso y ya está. ¡Esto sí que era filosofía pura!
El tren partió. Llegaría a primera hora de la noche a la estación de destino. Ésos eran los trenes que él escogía últimamente. Lo mismo le daba ir de Alicante a La Coruña que de Bilbao a Zurgena o de Valladolid a Madagascar (¿a que esto tiene gracia?: ¡a Madagascar en tren partiendo de Villalobillos!). Yo voy soñando caminos… El caso era tomar el tren y viajar con personas desconocidas. Una de sus filosofías, que al principio le había causado no poca pesadumbre, se había originado al comprobar sin lugar a dudas que la gente suele ser más afable o al menos comedida con los desconocidos que con los conocidos. Seguramente porque se tiene tendencia a desear la aprobación e incluso la admiración de los demás y eso es cada vez más difícil de lograr con aquellos que te conocen. Como expresa el viejo dicho: donde hay confianza da asco.
–Pero… ¿qué es lo que conforta usted? –preguntó de pronto el sujeto ceñudo.
–Pues el ánimo.
–El ánimo.
–Sí. Y el espíritu. En fin, mi trabajo consiste en procurar que los viajeros se sientan lo mejor posible en el tren para que luego se sientan mejor en general gracias a su viaje en tren, que como usted sabe, es el mejor medio para viajar… Claro que tengo que multiplicarme para atender a cuantos más viajeros mejor, pero lo hago con gusto. Es un servicio que se le ocurrió a un joven directivo lumbrera de la Compañía. –Miró a uno y otro miembro del matrimonio, que le contemplaban atónitos–… Les decía a este señor y a la señorita que soy Confortador de la Renfe.
–¿Cobrador de la Renfe? –se pasmó la señora.
–No, no: Confortador. En cuanto el tren se pone en marcha me pongo a recorrerlo de punta a punta y si me parece que una persona está preocupada, o enfadada, o afligida, en fin, con el ánimo alterado o mal dispuesto, hago lo posible por consolarla, confortarla, procurar que tenga un buen viaje y que al terminarlo se sienta más humano y un poco más feliz… Digamos que procuro hacerle ver el lado bueno de la vida.
–¿Y cuál es ese lado bueno? –preguntó el marido, con cierta sorna.
–La vida tiene muchos lados buenos.
–Claro que sí –dijo la bella joven, con entusiasmo–. Me pongo como ejemplo. Acabo de divorciarme y… ¿qué hago?
Se quedaron todos mirándola.
–¿Qué hace? –masculló por fin el ceñudo.
–Pues me voy a pasar tan ricamente quince días a una playa estupenda, para celebrarlo.
–A mí no me parece que un divorcio sea cosa de celebración –dijo la señora de edad mediana.
–Pues yo lo tenía claro, después de cuatro años con aquel… –El rostro de la joven se ensombreció–. O me divorciaba o me suicidaba. ¿No le parece que es mejor el divorcio que la muerte?
La señora no contestó. Una sonrisita viajó por los labios del sujeto ceñudo.
La joven quedó pensativa, pero sólo un instante. Enseguida, rió de aquel modo encantador.
–O sea –miró al Confortador–, que yo no necesito que usted me conforte, pues estoy contentísima.
–Me alegro mucho –dijo el Confortador–. Lamentablemente ése no es el caso de otras personas. Siempre hay alguien que precisa ser confortado.
–¿Y usted cómo sabe quién lo precisa? –inquirió el marido.
–Las miro a los ojos y entonces lo sé. La vida de las personas está en su mirada.
El marido soltó un resoplido, y su esposa le reconvino con un gesto. La joven sonreía. El ceñudo esgrimió de nuevo su sonrisita irónica y preguntó:
–¿Qué vida ve usted en mi mirada?
–Podría ser mejor.
–¿Qué quiere decir?
El Confortador se quedó mirando al sujeto ceñudo, en silencio. Hubo unos segundos de ambiente extraño, hasta que el ceñudo desvió la mirada. Entonces la joven dijo, risueña:
–Me parece que vamos a salir con retraso.
–Hay las mismas posibilidades de eso que de encontrar en este vagón un pasajero cortando chorizo y bebiendo vino en bota –dijo el Confortador.
La joven soltó otra de sus deliciosas carcajadas.
–¡Usted debe de haber conocido gente de lo más rara! –exclamó.
–¿Rara? Bueno, más o menos. Incluso tengo pensado escribir un libro que se titularía ¡Pasajeros el treeen…! en el que explicaría mis experiencias con gente pintoresca en verdad.
–Seguro que ese libro será un tostón –dijo el ceñudo.
–Pues yo, a este señor –intervino la señora de mediana edad–, lo encuentro simpático.
–Es un viejo entrometido –masculló el ceñudo.
–En eso tiene usted razón –admitió el Confortador–. Pero ser viejo tiene su mérito. Más mérito que ser joven, porque para ser joven sólo hay que nacer, pero para ser viejo hay que vivir y soportar la vida…, y eso tiene mucho mérito. En cuanto a lo de entrometido…
Justo en ese instante se dio la salida del tren. El Confortador miró su reloj y la joven hizo lo mismo. Acto seguido, como sincronizados, los dos miraron el reloj del andén. La hora en punto. El Confortador y la joven se miraron y ella volvió a reír.
El tren partió. Minutos más tarde, a pleno sol invernal, se deslizaba cadenciosamente hacia su destino.
El Confortador miró al viajero ceñudo.
–Le invito a un café –ofreció.
–Déjeme en paz.
El Confortador hizo un gesto de asentimiento y se puso a mirar el paisaje. Había gente que reía en otra parte del vagón. El matrimonio permanecía en un silencio estólido fruto de la costumbre. La joven miraba del Confortador al ceñudo y viceversa.
De repente, el pasajero ceñudo se puso en pie y masculló:
–Voy a tomar un café.
Nadie dijo nada. El ceñudo se alejó. Apenas un minuto más tarde el Confortador se puso en pie. La joven le miró y le guiñó simpáticamente un ojo. El Confortador sonrió y de r