LO FANTÁSTICO DE LA FANTASÍA

En noviembre de 2002 Ediciones Robel publicó un precioso volumen de 510 páginas y encuadernado con tapa dura además de una sobrecubierta espléndida a todo color. En dicho volumen se recogían las colaboraciones de un buen número de escritores de Ciencia Ficción, entre los cuales me encontré yo, distinción que agradecí en su día y que sigo agradeciendo. Como prueba de ello y de mi grato recuerdo de aquellos días en que conocí a un editor amable e incluso simpático, reproduzco aquí mi aportación a aquel volumen, dedicado especialmente a los amantes de este género que cuenta con tantísimos adeptos en todo el mundo.

 URRH

 
LO FANTÁSTICO DE LA FANTASÍA
por
Antonio Vera Ramírez

 
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¿QUÉ ES LA CIENCIA FICCIÓN?
 
Para empezar, he aquí un enunciado a considerar:
 
Si es Ciencia, no es Ficción,
y si es Ficción no es Ciencia…
 
Enunciado que tal vez parezca un ingenuo intento de hacer un juego de palabras más o menos ingenioso e incluso pretencioso, pero deseo dejar bien claro que no es ésa mi intención. Simplemente, para mí esas palabras expresan de modo resumido lo que pienso que es la CF, aunque procede hacer algunas matizaciones.
La CF es un género literario como otro cualquiera, cierto; pero para clasificar una novela como de auténtica CF está claro que la acción debería transcurrir en un ambiente apropiado y contener una buena dosis de asuntos o temas científicos (lo que no siempre sucede), al menos como base sobre la cual argumentar y fantasear; y esto no es nada fácil, a menos que el escritor sea un científico. Y si es científico falta que a la vez posea la condición de novelista, es decir, ser persona dotada de la capacidad de fantasear e imaginar… sobre la Ciencia o sobre cualquier otro tema, actividad o circunstancia.
Porque no es exactamente lo mismo ser escritor que ser novelista, ni es lo mismo imaginar que saber. No es lo mismo redactar formalmente sobre temas sabidos y comprobados científicamente que imaginarse temas; o sea, no es lo mismo escribir sobre lo que se sabe que existe y cómo existe que imaginar y fantasear tanto sobre lo que se sabe como sobre lo que no se sabe.
 Es claro, ambas facultades –saber e imaginar– pueden coincidir en una sola persona (y de hecho son muchos los científicos que se sirven de sus conocimientos formales y oficiales para escribir novelas de CF, es decir, para imaginar y fantasear al amparo de esos conocimientos), y entonces parece que debería tener ventaja el científico metido a novelista sobre el novelista metido a científico; pues el novelista que se pone a escribir sobre ciencia –por ficticia que ésta sea– sin saber de ciencia, lo tiene infinitamente más difícil que el científico que se pone a novelar –imaginar y fantasear– sobre temas científicos que domina en mayor o menor medida. Al menos, en cuanto al tema y su tratamiento; lo de argumentar y darle ritmo e interés a la novela estrictamente como tal ya es otra cosa.
Así pues, parece que está claro que no es lo mismo ser escritor que ser novelista, pues éste es un creador o inventor de hechos, personas y emociones, y aquél –por supuesto sin tratar de disminuir ni oscurecer en absoluto su mérito, si acaso sería lo contrario– es un narrador de realidades.
Esto aparte, quisiera insistir sobre lo científico y su ambiente porque entiendo que no es exactamente lo mismo la CF que la pura y simple fantasía, o sea, lo que se ha dado en llamar Fantasy.
Respecto a la CF digamos que parte de una base científica formal (o así debería ser), mientras que la Fantasy consiste en la invención arbitraria y caprichosa de quimeras y alucinaciones con toda clase de espectros y fantasmas, endriagos y esperpentos… No es lo mismo, por ejemplo, imaginar o conjeturar sobre las características de un planeta, una estrella o unas ondas de radio que hacerlo sobre un personaje que se vuelve invisible a voluntad o sobre una espada mágica que canta cuando vence en una lucha o que avisa a su propietario de la inminencia de algún peligro por medio de silbidos o vibraciones especiales.
Dicho esto, quede claro que no trato en modo alguno de establecer ninguna clase de diferencias o discriminaciones en la importancia, la calidad, el interés o el mérito de cualquiera de estas dos líneas narrativas. Sencillamente, creo que la CF ha de contener ideas, elementos o hechos científicos, pues no parece procedente incluir en la ciencia lo que no contiene ciencia de ninguna clase. En cuanto a la Fantasy, por más que pueda rozar en ocasiones la CF, sus componentes o elementos son otros.
Aun así, si analizamos detenidamente el asunto llegaremos a la conclusión de que en la CF más habitual prevalece la fantasía absoluta sobre la fantasía cimentada en realidades científicas. Se ha escrito y se escribe más sobre lo imaginado que sobre lo establecido científicamente. Se ha argumentado más utilizando la fantasía y la imaginación sin trabas que utilizando la ciencia como base inexcusable. Reflexionando sobre esto, se me ocurrió que tal vez a este género habría que llamarlo Imaginación Fantástica; y ello porque hay otra imaginación, la Imaginación Realista.
Por ejemplo, es imaginación realista que el bueno sea el más listo y que siempre gane (pues esto, aunque casi milagrosamente, puede suceder), y es imaginación fantástica que el bueno escape de los malos echando a volar o que las balas reboten en su cuerpo, o que invente un aparato que lo lleve atrás o adelante en el tiempo…
También se me ocurrió que podríamos llamarla Ciencia Imaginaria, e incluso más nombres, pero finalmente (y dejando de lado mis eventuales pretensiones de sabio innovador o simplemente esclarecedor) comprendí y acepté de una vez por todas que la denominación CF se ajustaba al género y a los diversos temas que habitualmente se incluyen en ella de modo no sólo satisfactorio sino adecuado y exacto: ficciones fantásticas o ciencia ficticia. No va más.
En cuanto a mí debo admitir que, como novelista estricto y vocacional que creo ser, no me atrae demasiado la ciencia a nivel de profesión y, como justa y yo diría que lógica contrapartida, creo que si fuese científico no dedicaría mucho tiempo a escribir novelas, ni siquiera aunque fuesen de ciencia, pues ésta es de por sí tan importante, interesante y absorbente que se le puede dedicar la vida sin temor a aburrirse y, por supuesto, dándola por muy bien aprovechada.
Por otra parte, la palabra “novela” ya lleva implícito el concepto y la condición de “ficción”, y tal vez es por eso que no decimos novelas de Oeste Ficción, de Guerra Ficción, de Terror Ficción, de Espionaje Ficción, etcétera. Entonces ¿por qué decimos novelas de Ciencia Ficción? Si la palabra novela ya lleva implícito el condicionante de imaginación y ficción, ¿por qué la redundancia cuando nos referimos a las novelas científicas? Tan ficción es que el bueno sea siempre el más listo, el más rápido y el más valiente como que una estrella tenga vida social y haya aprendido a bailar. Ambas cosas son imaginación, ambas cosas son fantasía, ambas cosas son ficción.
Como quiera que sea lo cierto es que cuando me propusieron escribir sobre el tema de CF la primera vez –eso fue en 1966, como quien dice ayer– no sólo me sorprendí, sino que incluso me sobresalté. A la vista está en mis novelas que no soy científico, así que ¿cómo podía escribir sobre ciencia, aunque ésta fuese de ficción? Porque incluso para esto hacían falta –me dije muy sabiamente– unos conocimientos mínimos que yo no tenía. Claro está que podía adquirirlos, pero esto ni me seducía demasiado ni era precisamente fácil. 
¿Qué hice?
Lo lógico y adecuado, o sea, lo mismo que hacía para las historias o argumentos de otros géneros: documentarme puntualmente para cada novela, ya fuese a la directa o a la inversa.
Explico esto: a la directa era tener primero la idea argumental y luego buscar el adecuado ambiente científico para desarrollarla; a la inversa era encontrar un tema o ambiente científico que me llamara lo suficiente la atención –y que me atreviera con él– y a partir de ahí argumentar la novela. El sistema funcionó, tanto a la directa como a la inversa, sobre todo porque mis pretensiones no eran desorbitadas.
Algunos de mis colegas se esforzaron más, en este sentido, hasta el punto de que hubo algunos que alcanzaron la categoría de “especialistas”, es decir, los que tocaban con gran seriedad y profundidad diversos aspectos técnicos y científicos. Algunos se especializaron tanto que incluso utilizaban un seudónimo diferente para las novelas de CF y las de otros temas (que yo sepa, los hubo que llegaron a utilizar hasta tres seudónimos sólo para la CF, y seguramente no llegué a saber gran cosa, pues en ocasiones existía cierto hermetismo profesional). Es claro, también había especialistas de novelas del Oeste, de Guerra, de Amor… Y todas ellas, a un nivel u otro, requerían la correspondiente documentación, pues uno no podía poner que el Llano Estacado está en Virginia, ni que la batalla de Guadalcanal tuvo lugar en el mar Caribe…, esto aparte de conocer en buena medida los hechos tanto anecdóticos como históricos de cada tema, buscar mapas, planos…, en fin, toda clase de información posible y cuanta más, mejor.
Dejando aparte el argumento más o menos importante de cada una de las novelas, los que sabían de Ciencia y Técnica disponían de una buena base para argumentar la novelas de CF, buscando modificaciones, extravagancias y fantasías a lo ya inventado o ya descubierto, mientras que los que escribían de otros temas o géneros tenían que “inventar” más en el aspecto argumental y humano. Por otro lado, no es lo mismo imaginar y crear seres insólitos y mundos remotos que pergeñar un argumento con seres ya “inventados”, esto es, los seres humanos desenvolviéndose en el mundo que conocemos.
En un intento de lograr cierta originalidad, había planeado desarrollar este escrito poniendo en evidencia a los escritores de CF asegurando que sólo dicen tonterías (quede bien claro que sólo utilizaría esto como argucia literaria que aclararía al final, no que pienso semejante cosa) y que, finalmente, ya harto y aburrido de ellas, asumo y recupero mi condición de extraterrestre y me voy de la Tierra…, regreso a mi planeta en la galaxia NagirraK68, donde al menos lo que allí se dice tiene sentido… Abandoné ese propósito precisamente porque no me siento en absoluto alienígena y porque me asaltó la sospecha de que la idea no era tan original como me pareció en un momento dado.
A todo esto, y sinceramente, yo me lo paso mejor maquinando un asesinato, o un intríngulis de espionaje, o una bravuconada del Oeste, que movilizando platillos volantes o inventándome mundos, gentes, fórmulas y artefactos, pero esto no significa más que esto, una inclinación o un gusto personal, sin más. (Sin olvidar que las novelas, sean del género que sean, simplemente son buenas, en el sentido de entretenidas –que es su principal, básica e ineludible obligación–, o son nefastas asesinas por aburrimiento del lector.)
Otros autores sin duda lo pasan mejor con Ciencia y Técnica. A éstos han de estarles agradecidos los lectores que prefieren descubrir mundos, máquinas y fórmulas sociales, e incluso un nuevo formato o categoría de ser viviente (sea en el lugar del espacio que sea), que descubrir en Nueva York quién es el asesino del millonario o qué espía y dónde y cómo robó la fórmula de la bomba de neutrones… Son lectores que necesitan más que la simple ficción argumental de una novela para satisfacer su propia imaginación, y tal vez a alguno de estos lectores la CF le ha despertado/avivado/excitado tanto la imaginación que ha emprendido un camino de fantasías entusiastas e incluso desaforadas que han podido llevarlo a descubrir… qué sé yo, las dimensiones del universo, o cómo recuperar la facultad de volar, o qué es el tiempo, o cuál es el límite de la eternidad…
Evidentemente, hay que tener fantasía para escribir novelas. Luego, está lo fantástico de la fantasía, es decir, cuando además de inventarte un tema y un argumento sales del mundo real para inventarte otros mundos con sus correspondientes seres vivos y más o menos pensantes. (Con desoladora frecuencia los seres de otros mundos resultan ser más y mejor pensantes que los sufridos terrícolas, los cuales suelen aparecer como entes de mucha menos inteligencia y menos dotados para realizar portentosos inventos y llevar a cabo gran cantidad de actividades prodigiosas…)
Se me ocurre que casi todos los inventores pueden ser considerados como creadores o colaboradores de la CF. Más aún, podrían ser considerados como precursores de la CF…, pues en un principio muchos de los inventos que hoy están aceptados como cosas normales e indiscutibles fueron considerados no ya como ficción e incluso locura sino como cosa del diablo… Un ejemplo lo tenemos en Miguel Servet, que fue quemado vivo porque dijo que <la sangre se movía, circulaba por el cuerpo>. ¿No podía ser considerado esto, en aquellos tiempos, como CF? Y qué decir de Copérnico, que para salvar el pellejo tuvo que desdecirse ante un tribunal y jurar que no, que la Tierra no se movía (pero salió de allí mascullando <y sin embargo, se mueve…>), porque entonces esto era increíble –¿o sólo inconveniente para cierto sector dominante de la humanidad?
Personalmente, el invento que más me fascina de la CF es el relacionado con el teletransporte, la telepresencia, la holoforma… y derivados, como podría ser, verbigracia, un duplicador de seres directo, inmediato e infalible, no un clonador más o menos laborioso y además de resultados incontrolables a la corta o a la larga; quiero decir que la clonación podría salir bien en principio y luego el producto de la misma evolucionar o degenerar de modo imprevisible e incontenible. Hasta tal punto siento fascinación por este tema que a veces pienso que o bien está basado en una realidad científica ya existente pero que se nos oculta, o bien algún día podría dar lugar a una realidad vital cuyas consecuencias son impensables…, al menos para mí ahora. Con frecuencia pienso que la Ciencia sabe mucho más de lo que nos dice abiertamente, y esto de disgregar un cuerpo, enviar las moléculas a otro sitio y allá volver a juntarlas podría ser una de las cosas que la Ciencia ya sabe cómo hacerlo pero se lo reserva…, sea por lo que sea (esto, más que imaginativo supongo que es ser malpensado o, cuando menos, desconfiado). De todos modos, parece que podría ser práctico tener en casa una cabina en la que introducirse, cerrarla herméticamente, pulsar el botón de Hawai y aparecer allá, tan ricamente… O no tan ricamente, porque en cuanto el invento comenzase a funcionar ya nos impondrían el pago de una matrícula por cabina y el precio a pagar por viaje, y sin duda una larga serie de inconvenientes añadidos, como podrían ser el seguro de la cabina, del viaje, y por supuesto el carné de pulsar botones de destino…, y quién sabe cuántos impuestos y controles personales y maquinales más.
Volviendo al tema, pienso que tal vez la Ciencia o la Técnica ya figuraban en la formación básica de algunos de mis colegas de creación popular, por lo que disponían de conocimientos más que suficientes (conocimientos muy diferentes a los míos de base adquiridos en el Peritaje Mercantil, qué horror, cómo se me pudo ocurrir estudiar semejante cosa…) para poder dedicarse asiduamente y con éxito a la CF. Pero la mayoría de los autores que yo conocí y traté me consta que simplemente se documentaban muy bien, lo que les permitió destacar en el género; y esto es muy honorable y de admirar, pues una cosa es documentarse dedicando tiempo y quizás en ocasiones esfuerzo y sacrificio para un libro considerado de mayor estima literaria que se va a vender a 2.500 pesetas (y del que le van a pagar un 8% o un 10% sobre el precio de tapa por derechos de autor) y otra cosa bien diferente es hacerlo para un modesto bolsilibro que se llegaron a vender –las últimas, en abril de 1986– a 80 pesetas (75 + 5 IVA). El porcentaje para el autor era del 5%, lo que en ocasiones no estaba nada mal, pues precisamente en las novelas de CF de Editorial Bruguera se alcanzaron tiradas más que interesantes, sobre todo de los autores más afamados en el género, lógicamente –si no me engañaron entonces, hasta 20.000 ejemplares por título en ocasiones–… Y no hay que olvidar que muchos de los que escribíamos bolsilibros nos dedicábamos a ello exclusivamente, sin más ingresos que los que devengaban nuestras “novelitas”. Novelitas que, con frecuencia (y de modo especial precisamente las de nuestros especialistas de CF) no tenían mucho que envidiar a las traducciones que nos llegaban sobre todo de Estados Unidos, y que, en muchísimas ocasiones, además de bien documentadas y bien trabajadas resultaban no menos amenas, entretenidas e incluso instructivas que las obras llegadas del otro lado del charco, pues en cuanto a escritores de CF (y de todo) también en España tenemos, aunque en los U.S.A., como siempre, las oportunidades (y el mercado) sigan siendo mayores y mejores que aquí, y, según parece, no hayan dejado de publicar a sus autores, que se siguen vendiendo allí… y aquí.
A mí se me tenía más bien como especialista en el género policíaco y en el de espionaje (que también requerían su buena documentación, pero no tanto estudio ni dedicación), y, de modo muy particular, se me consideró como especialista en el tema de Artes Marciales a raíz de mi colaboración asidua en la colección Kiai! que lanzó Editorial Bruguera a finales de 1976 y cuyo primer título, de mi firma, fue Kiai de amor y de muerte. También influyó, evidentemente, mi condición de Cinturón Negro de Judo y mis conocimientos bastante amplios sobre diversas artes o técnicas de lucha, que me llevaron a escribir dos libros referentes a las mismas.
Ciertamente, mi inclinación narradora se decantó más hacia el Espionaje, el Oeste, el F.B.I, la Guerra, el Amor, lo Policíaco…, o sea, los hechos y seres terráqueos, las personas humanas y su comportamiento, sus características buenas y malas, el aspecto psicológico y sentimental, el investigar hasta dónde podemos llegar en la bondad y en la maldad, presentar héroes y heroínas que viven y mueren en la Tierra y hacen cosas propias del ser humano, por cierto no siempre admirables y muchísimas veces ni siquiera admisibles. (Como digo en mi novela de la colección Los Crímenes de la Medianoche, titulada Jardín siniestro, <No hay que escandalizarse con el novelista por las cosas que escribe, sino con la humanidad por las cosas que hace, pues éstas son la base de los argumentos literarios>.)
Quizá por ese apego a lo humano y terrícola mi punto de vista y el tratamiento que doy a los personajes alienígenas que describo en mis novelas de CF pueden tener un cierto interés, aunque sólo sea como contraste, para el lector aficionado a todo lo extrahumano y extraterrestre y a este género de la ficción escrita que, como he dicho antes, también podríamos llamar Ciencia Imaginaria. Nombre que, de nuevo considerado, no es del todo desechable si pensamos que todo lo imaginado podría llegar a ser posible e incluso probable. Tengamos presente que la Ciencia ha decidido aceptar a la imaginación –después de mucho tiempo de rechazarla e incluso proscribirla– como colaboradora muy estimable, como uno de sus más valiosos elementos o recursos de investigación.
En definitiva, para mí está claro el esfuerzo que representa escribir novelas en las que predomine e incluso domine lo científico, y desarrollar temas que lo mismo pueden ser cósmicos que cibernéticos, matemáticos que fisiológicos…, y todo ello bien aliñado con un argumento interesante, bien desarrollado y que, por si fuera poco, tiene que ser ameno y estar bien presentado y escrito con estilo correcto y asequible… Todavía está más claro que inventar mundos y seres es una gozada (según qué mundos, claro), pero, volviendo a mi intento de contrastar géneros y eventos, digamos que no es menos gozoso y gratificante inventar seres y vidas humanas, y personajes cuyo carisma personal es extraordinario y cuyas peripecias en la vida van mucho más allá de la aventura o la anécdota. Éste es el caso de mi espía Brigitte Baby Montfort, de la cual he publicado 500 números en la serie ZZ7 de la Editora Monterrey, de Rio de Janeiro (América, en definitiva, aunque Brasil tenga poco que ver con Estados Unidos).
Pero en las peripecias de la vida real existe un límite insalvable, al menos si nos atenemos a la razón; límite que no existe en la CF. La CF consiste precisamente en esto: que puedes utilizar la ficción y fantasear sin límite alguno sin que nadie pueda decir nada en contra, mientras que, por ejemplo, si en una novela del Oeste ponemos: <El pistolero sacó su revólver en una décima de segundo. Visto y no visto. Más rápido que la mirada. Su adversario pasó de la vida a la muerte en menos tiempo del necesario para un parpadeo…>, siempre hay un lector avispado que sonríe digamos simpáticamente, mientras nos dice que vaya que sí, que eso sí que es rapidez, sí señor, menuda fantasía; y suele añadir que vaya manía que tenemos con esto de matar… A este lector avispado le narré un cuento que escribí hace mucho tiempo para un concurso de radio (no recuerdo qué concurso fue, sólo recuerdo que gané el primer premio y que éste consistía en un hermoso estuche de acuarelas, y que el locutor que lo leyó para el público tenía voz de oro), y que se titulaba Mariposas de un solo color.
Helo aquí:
 
–Señor –dijo el Primer Ministro–, el enemigo está en la frontera de nuestro reino. Hay más de cien mil hombres, con caballos, elefantes, tigres, serpientes…, y todos caerán sobre nosotros si no accedéis a lo que piden.
El Gran Monarca se acarició la hermosa barba de color rojo, y quedó pensativo. Él era un gran rey, tenía de todo, y su hermoso reino estaba como flotando en el más hermoso valle del mundo. También él tenía más de cien mil hombres dispuestos para guerrear, y tigres, panteras, serpientes, elefantes, osos y caballos. Pero también, el Gran Monarca tenía en su reino niños, y mujeres, y ancianos, y artistas de todas clases, que componían música, escribían bellos poemas y hermosas historias; y había hombres de ciencia, que estaban aprendiendo a sanar muchas enfermedades…
–¿Y qué es lo que piden? –preguntó por fin.
–Señor, quieren vuestro oro.
Otra vez quedó pensativo el Gran Monarca. Pensó en su oro, y pensó en muchas otras cosas. Pensó en todo, y dijo:
–Ve a decirles a nuestros enemigos que mañana por la tarde les enviaré mi oro.
–Gran Señor: si entregáis el oro nuestro país será el más pobre de todos los países del mundo.
–Tenemos en nuestro país cosas mucho mejores que el oro.
Y el Primer Ministro, muy triste, salió del Salón Real, y luego del Palacio Real, y después de los Jardines Reales, y fue a decirles a los enemigos que su Señor estaba dispuesto a entregarles todo el oro la tarde del día siguiente. Entonces, los enemigos sonrieron, se sintieron contentos y victoriosos, y por tanto, no enviaron contra las gentes del bello país ni un solo tigre, ni un solo elefante, ni un solo hombre…
Y se dispusieron a esperar, aceptando el plazo del Gran Monarca. Y mientras esperaban, no se aburrieron, porque veían a los habitantes del reino amenazado dedicados, todos ellos, a la caza de mariposas, de las cuales, aquel reino era el que más tenía, de todas clases, tamaños y bellos colores. Eran también, como todo lo que había en aquel reino, las más bellas y coloridas mariposas del mundo. Pero cazaron tantas y tantas que, a mediodía del día fatídico, no quedaba ni una sola mariposa en el reino, no había ni una sola mariposa en todo el enorme valle que parecía de jade y de rubí, y de diamantes hechos agua, y de esmeraldas hechas árboles y hierbas, y de topacios hechos flores.
Por la tarde, el enemigo del gran Monarca comenzó a impacientarse, porque no les entregaban el oro. Pero cuando ya estaban dispuestos a atacar, apareció el Gran Monarca, montado en un caballo del color del rojo sol de la tarde. Tan rojo era el sol, que todo se veía rojo, y, si acaso, morado, violeta y negro.
–¡Queremos tu oro! –gritó el enemigo.
Y el Gran Monarca dijo:
–Mi palabra vale tanto como el oro, porque nunca miento. Os lo voy a entregar –señaló hacia el cielo rojo, morado, violeta y negro–: vedlo.
Y como su señal fue interpretada por sus súbditos, obedecieron éstos lo que el rey había mandado: soltaron los millones y millones y millones de mariposas de todos los colores que habían estado cazando durante un día y una noche. Y el cielo se llenó de mariposas bellísimas, pero, ¡ay!, no tan bellas como siempre, porque sus alas no eran las de siempre. Sus alas, sus hermosas alas del color del día, del color de la noche, del color del amanecer, del color de las flores, las perlas y los topacios, del color de estrellas y de gotas de lluvia, tenían todas, todas, el mismo color. Todas las mariposas parecían iguales, y ya no eran tan radiantes, ni variadas, ni delicadas. Todas las mariposas, todas, tenían las alas del color del oro molido que los vasallos del Gran Monarca habían puesto en ellas. Y millones y millones y millones de mariposas llenaron el cielo y el valle, aleteando penosamente, fatigadas por el peso del oro; algunas, muchas, murieron de cansancio, pero las más fueron revoloteando en busca de flores para descansar sobre ellas. Y mientras revoloteaban el sol daba en sus alas cargadas con el polvo del oro del gran Monarca, que había sido molido durante la noche. Fue entonces como si todo el reino se incendiase en billones de reflejos de color sangre, porque el sol destellaba en los millones y millones y millones de alas a cada movimiento. Era un sol rojo y bonito, de ocaso dulce y amable, pero pareció que el mundo se llenase de sangre, tan, tan brillante, con tantos billones de centelleantes reflejos, que los enemigos, que no habían tenido la precaución de cerrar los ojos, quedaron todos ciegos durante cinco noches y cinco días.
Cuando recobraron la visión lanzaron gritos de alegría, a pesar de que, se dieron cuenta enseguida, todos eran prisioneros del Gran Monarca y de que ya no tenían caballos, ni elefantes, ni tigres, ni serpientes… No tenían nada, y hasta sus vidas estaban a disposición del Gran Monarca.
Pero éste les dijo:
–Volved en buena hora con todo lo vuestro a vuestro país, y no olvidéis nunca que el oro no es suficiente. Si yo sólo hubiese tenido oro, ahora sería vuestro, así que yo no tendría oro ni nada. Pero ved… Ved cuánto más útiles me han sido las mariposas que todo mi oro. Decidme: ¿tenéis vosotros mariposas en vuestro reino?
–No, Gran Señor.
–Entonces llevaros unas cuantas de las mías, y que allí procreen. Agradecédmelo, porque lo que os doy vale mucho más que todo mi oro. Id en paz.
Y sonriendo dulcemente, el Gran Monarca se dedicó a mirar los reales jardines, donde miles y miles de mariposas volaban con sus alas otra vez del color del día, del amanecer, de flores, perlas, topacios, estrellas y gotas de lluvia.
(Barcelona, 29-7-1972)
 
No es de CF, pero yo diría que sí es fantástico (y además, no maté a nadie…, salvo a unas cuantas mariposas; lo que dicho sea todo, me causó más remordimiento que cuando en una novela extermino a unos cuantos gángsteres o a un montón de forajidos). Y lo fantástico de la fantasía consiste precisamente en esto: que el novelista puede dar absoluta libertad a su imaginación. Si uno se teletransporta desde Houston, Texas (claro, no va a acometer semejante empresa desde Cercedilla o Marbella), a Júpiter en cinco segundos, bien está, qué gozada… Pero creo que incluso en la CF, por atrevido que uno sea para fantasear, hay que ponerse un límite. Por ejemplo, un tema que siempre me ha sugestionado es el del tiempo y sus para mí incomprensibles características. En cuanto al tiempo y sus “milagros”, se me ocurre la gran originalidad de que estaría bien, como decía antes, irme una temporada a Hawai y al regresar a Barcelona ser más joven que cuando me marché… Claro que entonces me encontraría con el triste (y todavía no comprendido evento) de que mis familiares y seres queridos habrían fallecido, o que mis nietos eran más viejos que yo… Tal vez algún día llegue a comprender algunos “misterios” de la Ciencia y me convierta en un experto.
Pero aun sin ser un experto o apenas un iniciado en la Ciencia el novelista puede fantasear sirviéndose de ésta (cienciaficcionear, se me ocurrió) pues para eso este género se llama CF.
Por ejemplo, sobre el tiempo se me ocurre lo siguiente:
La gente está convencida de que existe el día de mañana, pero yo creo que esto no es así forzosamente. El día de mañana tal vez nazca y tal vez no, no es una patata que ya existe y que tienes almacenada a la espera de ser requerida y consumida; el día de mañana es una idea basada en experiencias anteriores; pero el hecho de que existan el ayer y el hoy no implica que forzosamente exista el mañana… Mañana nunca es; pues el mañana nunca es cierto y auténtico y existente para nosotros hasta que se convierte en hoy.
Entonces ¿podemos dar por cierto o admitir que nunca llegará el momento en que deje de producirse el día siguiente?
Antes he hablado del tiempo y del posible límite de la eternidad, pero a mí se me ocurre ahora que
 
no hay nada eterno;
ni siquiera la eternidad.
 
Igual que voy a morir yo, morirá todo, incluso la Vida, y quizá la Vida muera hoy, de modo que nunca llegará mañana. Cada día es sólo un instante del universo sin tasa ni medida. El tiempo no existe ni transcurre para la Tierra: ella, simplemente, viaja alrededor del Sol y gira sobre sí misma; el tiempo sin tasa ni medida existiría igual en el universo aunque la Tierra no viajase, ni girase y aunque ni siquiera existiese. Tal vez por eso nos hemos inventado esa otra clase de tiempo, el tiempo de reloj, para situarnos de algún modo en el tiempo sin tasa ni medida y poder mensurar aunque sea arbitrariamente nuestras vidas.
Son las cosas o seres vivientes las que crean el tiempo, su tiempo.
El tiempo, como el espíritu, es una creación consecuencia de cada cuál.
Una mariposa crea su tiempo, y esa creación quizá tenga una enorme duración si la comparamos a nuestro tiempo humano de reloj, pues las vivencias de la mariposa, temporalmente más breves que las nuestras, pueden ser –relativa y proporcionalmente– mucho más intensas y extensas que las nuestras. No es el tiempo de reloj, o de fases lunares, o de órbitas el que cuenta, sino lo que significa el tiempo sin tasa ni medida para cada creador de tiempo. Para una mariposa, 50 años de vida quizá sería una enormidad eternizable. Para un ser humano, vivir 50 años no es mucho, pero hoy por hoy sería impensable vivir 25.000 años. Y digo hoy por hoy, pues se me ocurre que tal vez dentro de algún tiempo habremos encontrado el modo de ralentizar nuestro gasto de energía, nuestro consumo de Vida; tal vez nuestras neuronas o nuestros genes podrían “comprimirse”, igual que hacemos ahora en nuestro ordenador con algunos archivos demasiado extensos a fin de que ocupen menos espacio y por tanto quepan más bytes en un disquete de 3½. Sí, tal vez llegue el momento en que podamos comprimir las vivencias de modo que lo que ahora consume 24 horas de vida consuma sólo un par de minutos.
Por ejemplo, es incuestionable que necesitamos dormir para recargar el cerebro de la energía que precisa para su buen funcionamiento. ¿Qué tal si esa recarga de energía pudiéramos realizarla por determinado procedimiento de compresión en un minuto en lugar de en las ocho horas que precisa habitualmente? La vida de vigilia, es decir, de experiencias directas, sería más larga… Incluso, ya puestos a cienciaficcionear, tal vez ese modo de reponer o recargar energía alargaría la vida de nuestras células de modo que podríamos llegar a vivir en efecto 25.000 años… ¡o más! Decía antes que la Imaginación y la Ciencia van cada día más unidas. Bueno, pues he aquí una aportación imaginativa a la ciencia, a ver si nuestros científicos logran comprimir nuestra energía de manera que su desgaste o consumo se ralentice tanto que podamos llegar a vivir 25.000 años.
(Es claro, en tal caso deberíamos buscar una nueva modalidad de jubilación, pues entonces sí que resultaría un tanto prematuro jubilarse a los 60 o 65 años…)
También cabe preguntarse a qué podría dedicarse uno cuando alcanzara, verbigracia, los 24.244 años de edad y le quedaran teóricamente 756 años de vida…, o qué habría estado haciendo durante tanto tiempo de vida (aunque lo de “tanto tiempo” no deja de ser relativo, pues quizá si alcanzásemos esa edad llegaría un momento en que nos parecería poco y al fallecer todavía nos habríamos dejado algo por hacer…).
En cuanto a un planeta o a una estrella, vivir 25.000 años sería casi no haber existido, tan breve sería su vida universalmente considerada; pero quizá le resultaría una enormidad vivir la cantidad de años expresada por un 9 y un trillón de ceros. Para este planeta, ese “tiempo” puede tener, simplemente, el mismo valor que un solo día para la mariposa. Uno y otra han creado su tiempo conforme a sus características, y ninguno de esos tiempos es mayor o menor que el otro. Si pensamos que una larva, una bacteria, un microorganismo, en fin, quizá viva sólo un segundo, y en cambio una galaxia quizá viva un trillón de veces más que el planeta antes mencionado, vemos que el tiempo sigue sin tener importancia, porque…, ¿cuál es el tiempo verdadero: el de la bacteria o el de la galaxia? ¿Quién puede asegurar que el tiempo de vida de la bacteria no es superior, o más válido, o mejor aprovechado por parte de la bacteria que todos los trillones de trillones de años de la galaxia por parte de ésta? O poniendo un viejo ejemplo: ¿qué vida es más intensa y extensa: la de un aburrido o la de un entusiasta, que han vivido ambos 80 años? Ochenta años de aburrimiento pueden ser como un breve, pesadísimo y monótono día único y estéril. Ochenta años de entusiasmo y de interés pueden significar 80 siglos de jolgorio y creatividad, comparando el tiempo del entusiasta con el del aburrido… O al revés, 80 años pueden ser un larguísimo día tedioso para el aburrido y un instante magnífico pero brevísimo para el entusiasta.
<Así pues, ¿qué es el tiempo?>, me pregunté.
Y me contesté: <El tiempo eres tú>.
Sea como sea, el tiempo es acción; si no hay acción no hay tiempo.
Como bien se ve, Stephen Hawking no tiene nada que temer de mí en cuanto a desbancarlo en el quehacer y/o en el elucubrar sobre el tiempo y sus perversas e incomprensibles características y componentes. Lo dicho por mí sobre el tiempo no tiene gran cosa que ver con lo que podría decirnos el señor Hawking, reconocida autoridad en la materia y quien, supongo que con sus buenos motivos, se ha tomado el tiempo muy en serio… El tratamiento científico y no digamos novelístico que el señor Hawking daría a una novela o un artículo o ensayo sobre el tiempo sería bien diferente al que podría darle yo por más que me esforzara, y a esto me refiero cuando diferencio al novelista de imaginación atreviéndose con un tema científico sin tener conocimientos de base y al científico que escribe novelas de CF sin ser novelista.
En cualquier caso, puedo asegurar que lo que he escrito de CF ha sido trabajado con la honestidad de siempre, es decir, documentándome en lo posible y, por supuesto, dándole a cada tema el tratamiento que novelísticamente me ha parecido correcto; y aquí, en lo novelístico, en lo de ser novelista, sí me considero especialista.
Cada uno tiene sus recursos y todos serán buenos mientras contengan imaginación. Yo no sabría dar o tocar ni una sola nota de música –otra cosa que ignoro–, pero en cuanto a novelas estoy en mi ciencia.
Respecto a mi producción de CF es la siguiente:
 
* HE MAN
Escribí 26 guiones de diferentes extensiones de este personaje fantástico, para Alemania; los presentaba en un estudio instalado en Barcelona y que era mi contacto. En este estudio dibujaban el cómic dejando los bocadillos del texto en blanco, lo enviaban a Alemania y allá se traducía el texto y era colocado en su lugar correspondiente. Allí, además de venderse como cómics, muchas escenas de éstos servían para montar luego los telefilmes que disfrutaron de considerable éxito.
Eran aventuras desorbitadas y llenas de fantasía, de acción desaforada y con armas tremebundas que nunca mataban y seres truculentos y siempre extraordinarios.
(En estos guiones la consigna única –naturalmente aparte del interés del argumento y de la calidad del texto; eran muy exigentes, los alemanes, lo que me parecía lógico y deseable– era que no podía morir nadie a pesar de las brutalidades y hecatombes de toda clase que aparecían.
En las novelas que escribía para la Bruguera, en cambio, venían los extraterrestres dispuestos a cargarse todo un planeta, a no dejar títere con cabeza, y si convenía exterminaban unos cuantos miles de millones de vidas, ya fuesen terrestres o de cualquier otro lugar del universo. Por supuesto, ni me inmuté con la consigna de la serie He Man: a fin de cuentas es más recomendable no matar que matar.)
A continuación, como curiosidad y recuerdo, inserto uno de los guiones, titulado
 
Las nuevas aventuras de He Man
por LOU CARRIGAN
 
EL SECUESTRO DE PRIMUS
 
Vizar está informando a He Man de que Skeletor está reclutando mutantes de las más tenebrosas profundidades de Denebria, y que, además, en instalaciones subterráneas secretas en un Gron de Denebria, están construyendo armas y naves. Está claro que Skeletor no cesa en sus proyectos de conquista y agresión. Podríamos ver algunas viñetas en las que se recogen estas actividades de las Fuerzas del Mal, y al mismo tiempo oír en 0ff la voz de He Man diciéndole a Vizar que Skeletor nunca vencerá, pues el Mal nunca puede triunfar sobre el Bien; puede obtener pequeñas victorias y ocasionar trastornos, pero nunca conseguir el triunfo definitivo. Vizar dirá que él también quisiera estar tan seguro de eso, y que, de todos modos, preferiría que Skeletor no estuviese haciendo acopio de tanto armamento y material tecnológico…
En este momento llega volando Icarus, quien plantándose ante He Man le dice que se está acercando a Primus una enorme cantidad de naves todas iguales. Aparecerá también Darius, apresurado, preocupado, diciendo que han intentado comunicar con esas naves sin obtener el menor resultado: no hay respuesta, ni explicaciones, ni identificaciones… Simplemente, la grandiosa flota de naves continúa aproximándose a Primus.
-¿Y a Denebria?
-No. Sólo a Primus. Vienen directamente hacia aquí, concretamente parece que se disponen a amerizar en Guardian Sea. Aconsejo que no les permitamos hacerlo.
He Man decide salir al encuentro de las naves desconocidas, y así lo hacen. Cuando están lo bastante próximos a ellas para centrarlas en los visores de la nave, se convencen de que son más de mil, todas ellas enormes. He Man las conmina a que desvíen su trayectoria, pues a menos que se identifiquen y expongan sus intenciones no se les permite posarse en Primus. No hay respuesta, nada, una indiferencia total, las naves prosiguen su viaje hacia Guardian Sea. He Man ordena que sean derribadas algunas, para ha­cer comprender a los ocupantes de las restantes que la prohibición de amerizar en Primus es en firme, y que disponen de poder disuasorio. Las naves de Primus disparan contra las otras naves, pero éstas resultan absolutamente invulnerables, ni siquiera los rayos de­sintegradores las afectan en modo alguno…, es como arrojar bolitas de algodón a un carro de combate.
Así que, ocasionando no poco trastorno e incluso pánico en Primus, la flota de naves desconocidas ameriza en Guardian Sea, y al poco todas ellas se hunden, desapa­recen de la superficie. Cada vez más alarmados, los Héroes de Primus se disponen a vigi­lar las actividades de esas naves bajo el agua, y con sus máquinas descienden a las profundidades. Las naves están bien repartidas en el fondo del mar en zonas de escasa pro­fundidad, y no hacen nada; simplemente, están allí. Pero muy pronto, de todas las naves surgen enormes brazos mecánicos, parecidos a los de una araña, y, con unas garras en los extremos, se clavan en el fondo del mar. Son garras telescópicas, que se van hundiendo más y más, penetrando hacia las entrañas de Primus para agarrarse allí de tal modo que sería imposible soltarlas, se agarran al planeta como garrapatas a un perro. Eso es todo lo que hacen esas naves, que siguen sin dar respuesta alguna a las exigencias de He Man y los suyos.
Reunión del Consejo en Ciudad Galáctica, se debate el problema, se buscan soluciones o explicaciones. Llega Hydron muy excitado, informando que desde el mar han captado las señales de otra gran flota de naves que se aproxima a Primus. Consternación, el caos. Nueva salida al espacio para pedir explicaciones, nueva batalla inútil: las naves de esta segunda oleada se distribuyen por todo el planeta Primus, en las zonas llanas, y, tal como han hecho las anteriores, emergen brazos telescópicos con poderosas garras en los extremos que clavan en la tierra, las hunden muy profundamente (de nuevo las garrapatas…).
Entra en escena Skeletor, que llega con algunas naves a Primus, y se enfrenta a He Man diciéndole que no importa quiénes sean los de las naves desconocidas, él va a ayudarles en contra de Primus, porque odia a He Man y quiere que lo destruyan… En este enfrentamiento se hallan, cerca de Ciudad Galáctica, cuando todavía llega otra nave más, ésta de menos dimensiones que los anteriores,diferente de forma, pero eviden­temente no menos poderosa. Vizar indica que debe de tratarse de la nave Base, es decir, la nave comandante de todas las que forman la flota invasora, y que sin duda en ella sí debe de llegar gente dispuesta al contacto, a dar explicaciones o a hacer propuestas. Pero tampoco desde esta nave reciben explicaciones ni respuesta alguna a sus requerimientos. Entonces, He Man ordena que ya que no pueden destruir esa nave, ni ninguna de las otras, cuando menos la van a hacer prisionera, de modo que nunca pueda moverse de donde está, y ordenará que sobre ella y a su alrededor extiendan un campo de gravitación total que dejaría la nave adhe­rida al suelo… Skeletor, queriendo hacerse simpático y útil a las gentes de la nave, se acerca a ésta ofreciendo sus servicios y los de sus huestes de mutantes. Entonces se produce la única reacción de la nave: se abre una compuerta, por la cual entrará Skele­tor. La compuerta se cierra. Skeletor ha desaparecido. Darius se dispone a dar la orden para extender el campo de gravitación sobre la nave, pero He Man le dice que espere a ver qué ocurre. Y lo que ocurre es que al poco, vuelve a abrirse la compuerta de la nave, y aparece no un Skeletor, sino varios Skeletor, docenas, cientos, miles de ellos (se entiende los que la expresión gráfica de la historieta permita), que rodearán la nave prestos para una encarnizada oposición a las intenciones de los Héroes de Primus. Los mu­tantes aúllan locos de gozo porque ahora disponen no de un jefe perverso, sino de cientos, miles de jefes que al mismo tiempo son guerreros. La consternación hace presa en los Héroes de Primus, pero de pronto, He Man grita que no es cierto lo que "creen" estar viendo, que se trata de una alucinación colectiva, que sólo hay un Skeletor, y que lo que sí es cierto es que esa nave dispone de una entrada, y que deben acceder a ella para llegar hasta los seres que la dirigen y conocer sus planes y hacerles frente… Skeletor se ríe de He Man, es decir, se ríen todos los Skeletor. He Man insiste en que sólo hay un Skeletor, pero de pronto varios de éstos le atacan, y se entabla una corta lucha que termina cuando todos los Skeletor que han agredido a He Man quedan tendidos en el suelo, vencidos…, mientras los demás Skeletor ríen y ríen.
Finalmente, He Man se enfada, invoca la espada, y, al frente de sus Héroes, ataca aquella masa interminable de Skeletor y de los mutantes que dirige Brakk, natural­mente apoyando la acción de Skeletor defendiendo la nave. La fuerza del ataque de He Man y sus amigos es tal que lo arrollan todo, y Skeletor grita pidiendo ayuda a los de la nave. Entonces, la compuerta se abre de nuevo, y los Skeletor, Brakk y los demás corren a refugiarse en el interior de la nave. He Man los persigue, pero va tan rápido que entra el primero y en solitario en la nave, y entonces la compuerta se cierra velozmente, de­jando fuera a sus amigos, que quedan preocupados y se ven impotentes para forzar la compuerta. Los Héroes se retiran para deliberar, pero una vez más se abre la compuerta de la nave, y aparece He Man…, es decir, cientos, miles de He Man, que directamente se dirigen a atacar a Darius y los demás. La potencia combativa de las docenas de He Man es indescriptible, y Darius y los demás se dan a la fuga, sencillamente aterrados: si ya un solo He Man es capaz de vencerlo todo, es una locura enfrentarse a varios He Man… Mientras ellos retroceden en franca fuga, uno de los He Man se les acerca, gritán­doles que él es el verdadero He Man, que tiene que darles instrucciones… Pero inmediatamente, otros He Man se acercan también diciendo que son He Man, cada uno de ellos diciendo una cosa distinta… Darius y los demás optan por regresar a Ciudad Galáctica y hacerse fuertes allí, tomarse un respiro en busca de una solución. Los He Man van tras ellos, sembrando el pánico entre los seres vivos que se oponen a su paso y destruyendo máquinas y artefactos, y finalmente Darius y los demás quedan acorralados. Entonces uno de los He Man les grita que ya ha encontrado la solución: que les disparen rayos de luz a los ojos a todos los He Man, único modo de inutilizarlos, de dejar inservibles todos aquellos robots copias de él.
-¡Yo soy el verdadero He Man, el único! -grita éste-. ¡Obedecedme!
-¡Pero también tú quedarías ciego momentáneamente si te disparamos confundiéndo­te con cualquiera de estos robots! -grita Darius.
-¡Yo sabré protegerme! ¡Obedeced mis órdenes!
Darius y los demás empiezan a disparar a los ojos de los He Man robóticos, y pronto éstos emprenden la fuga hacia la nave…, que era lo que había pretendido He Man, el cual, mezclado con los robots, algunos ciegos, entra de nuevo en la nave, y, simulando ser ciego como otros varios robots, se va adentrando en ella. Pero de repente, todos los robots, simplemente se esfuman, se diluyen en el aire, como imágenes hechas de humo que se disuelven, de modo que queda solamente He Man, inútil ya su estratagema. De repente, aparece Skele­tor, con Brakk y algún otro compinche mutante. Skeletor ríe satisfechísimo, y le dice a He Man que le acompañe, que va a explicarle de qué va el asunto. Lo lleva a una gran sala llena de mandos, donde hay una enorme pantalla de televisión, que Skeletor enciende. Aparece el espacio, en el cual vemos a Primus y Enos, su luna. Skeletor señala esto; la está gozando en grande.
-Te lo voy a explicar -dice ebrio de alegría-: estas naves han venido a Primus para secuestrarlo. Excepto esta nave, que contiene todos los controles de mando de las demás, las otras son todas simplemente enormes propulsores que se han adherido a Primus convirtiéndose así en motores gigantes…, y la nave es Primus. Cuando desde esta nave Base se activen las restantes naves adheridas a tierra y al fondo del mar, su fuerza propulsora sacará a Primus de su órbita normal, de su ubicación orbital en este lado del universo, y se lo llevará lejos, lo sacará de la galaxia Triax y se lo llevará a otra galaxia lejana, donde será utilizado como jardín y como planeta experimental. Jamás Primus podrá volver a esta zona del universo, jamás sus habitantes volverán a ser libres, estáis destinados a ser un laboratorio de otro planeta mucho más avanzado que éste… En cuanto a mí, os dejo a vuestro destino, y regreso a Denebria. Como premio a mi colabora­ción, me permiten salir de la nave, volver a Denebria, y empezar de nuevo… ¡Ahora, sin la rivalidad de Primus, prontó conseguiré que Denebria sea el planeta jefe de esta galaxia! ¡Adiós, He Man, por fin me he desembarazado de ti para siempre! ¡Aunque quizás algún día, cuando sea el poderoso señor de la galaxia Triax, te busque por todo el universo para destruirte personalmente!
He Man, enfurecido, se dispone a atacar a Skeletor, diciéndole que es un traidor de la galaxia, pero Skeletor lanza una carcajada, y, al instante, tanto él como sus amigos quedan como envueltos dentro de una bola de cristal de infinitas facetas que los comprimen y los protegen. Vemos detalles de Skeletor en las facetas de la bola transparente, así como de Brakk y los demás. Todos parecen rotos, como si se tratase de un puzzle de cristal… He Man ataca esta esfera con la espada, pero no consigue nada. De la esfera brota la risa y la voz de Skeletor, recomendando a He Man que mire la pantalla…
He Man mira la pantalla, y entonces ve cómo en ésta Primus se va alejando de Enos, hasta que la luna queda atrás, desaparece… De nuevo suena la voz de Skeletor, diciéndole a He Man que si estuviera fuera de la nave vería qué terribles cosas están ocurriendo en Primus debido a la enorme velocidad que las naves propulsoras están em­pezando a imprimir al planeta que están trasladando en el espacio, secuestrándolo, llevándoselo hacia otra galaxia… Entonces, vemos en la pantalla gigante imágenes de lo que está ocurriendo en Primus: olas gigantescas en el mar, terremotos, grietas que se abren en los llanos, montañas que se derrumban, vientos terribles que arrancan bosques enteros, devastación espantosa, en fin, todo ello debido no sólo a la velocidad que va adquiriendo Primus convertido en nave viajera, sino al trastorno que experimenta al ser desplazado de su lugar en la galaxia Triax, en el universo, al trastornar la armonía de éste… Escenas de grandiosidad sobrecogedora. Podríamos ver, también, cómo las naves­ propulsoras del fondo del mar y de tierra firme lanzan su chorro de fuerza, las primeras provocando la terrible agitación y ebullición de las aguas…
De repente, toda esta agitación penetra en la sala de mandos de la nave: en lo alto del techo se ha abierto una amplia zona, hacia la cual sale disparada la bola de cristal que contiene a Skeletor y sus compinches. Queda en el aire una última carcajada de Skeletor, y la bola de mil facetas desaparece. Dentro de la sala de mandos de la nave ­Base entra el viento huracanado, trozos de ramas, piedras…, pero la compuerta se cierra inmediatamente, la calma vuelve a reinar en la sala de mandos mientras en el exterior prosigue el caos. He Man la emprende a golpes de espada contra todos los mandos que tiene ante él, pero nada sucede, son invulnerables. Intenta introducir la espada en ranuras y en conexiones, pero el rechazo electrónico es tremendo, tanto él como la espada ­son repelidos violentamente… Primus está siendo secuestrado, inexorablemente.
De pronto, tendido en el suelo, He Man se queda mirando los trozos de árbol que hay allí, revueltos con tierra del planeta1 con guijarros… Tiene una inspiración: coge unos puñados de tierra y comienza a introducirlos por todas las ranuras visibles de los paneles de mandos, que comienzan a chirriar, producen chispazos, etcétera… De repente, todo cesa. Las luces del interior de la nave se apagan. Afuera, tanto en la superficie del planeta como en el fondo del mar, las naves propulsoras dejan de producir su tremenda energía, simplemente, se detienen. Vemos cómo Primus queda flotando en el es­pacio, y luego, lentamente, emprende el regreso hasta que volvemos a ver a Enos, hasta que de nuevo ocupa su lugar en el universo, hasta que todo vuelve a ser armonía. Las aguas se van aquietando, cesan los temblores de tierra… Dentro de la nave a oscuras, He Man aguarda, no sabe nada, pues la pantalla del visor tampoco funciona. De repente, se abre el techo de la nave, no entra viento, sólo la luz. La radiante luz del planeta Primus. He Man alcanza de un salto aquella abertura, sale por ella, queda de pie en el techo de la nave madre que, al ser inutilizada, ha inutilizado a su vez todo lo demás. Las naves propulsoras quedarán en el fondo del mar, o serán fundidas para obtener instrumentes y vehículos de alta precisión y tecnología. He Man está de pie en lo alto de la nave. Fuera, rodeando a nave, Darius, los demás, la gente de Primus, lo aclaman como el gran Master que ha demostrado ser comprendiendo el poder de la Naturaleza y venciendo con ella el poderío enemigo.
Mientras tanto, vemos la bola afacetada de cristal perdida en el espacio, y Skeletor gritando su odio contra Primus y He Man.
-¡Volveré! ¡Nada me hará desistir de destruiros, He Man!
 
FIN DEL EPISODIO
 
* THUNDERMAN
Este personaje es el protagonista de una de mis novelas de CF, la titulada Un mundo para Thunderman. Gustó lo suficiente para que me decidiera a proponerlo como una serie de cómics. Mi oferta fue aceptada, y tras preparar varios guiones con un amigo dibujante realizamos el primer número, que todavía conservo íntegro… Y ninguno más, pues finalmente el proyecto fue desestimado. El mundo editorial, como ya sabemos los profesionales, es mutable, impredecible, fantástico, emocionante e infinito…, como la CF.
 
* NOVELAS
En 1966 Editorial Rollán me publicó en su colección Nova Club dos volúmenes de unos 350.000/400.000 espacios, cada uno de los cuales contenía cuatro relatos.
El volumen FANTAFICCIÓN, contenía:
Éxodo, Fuego fatuo, Electrocución, El Hombre múltiple
(Curiosamente, años más tarde publiqué en Editorial Bruguera la novela titulada Multiman –un hombre que se multiplicaba–; no fue en absoluto premeditado, pues ni siquiera me acordaba del relato escrito años atrás –“El Hombre múltiple”– y, por supuesto, argumentalmente no tienen nada que ver una con otro.)
El volumen EL FANTÁSTICO UNIVERSO, contenía:
El transformista, La victoria final, ¿Una broma de mal gusto?, El sueño del genio.
 
Más adelante y ya con más experiencia profesional me atreví a escribir novelas de la extensión y características del clásico bolsilibro (algunas con extensión doble, es decir, unos 400.000 espacios cada una). Todas ellas han sido publicadas (y algunas reeditadas) por las editoriales Bruguera, Ceres y Ediciones B, en las colecciones La Conquista del Espacio, Héroes del Espacio y Futuro Extra.
He aquí los títulos:
 
Invasión de seres horrendos 
Amor desde las estrellas
Embriones y residuos 
Vacaciones en la Tierra 
Los malvados seres de Urrh
Mamá computadora
Mar galáctico
Seres superiores
Procedente del universo
Multiman
Los simbiontes
El secuestro de la Tierra (Extra-doble)
Mutaciones infinitas (Extra-doble)
Visita al planeta muerto (Extra-doble)
Nunca vayas a Marte
Zoocosmos
Akan y Ema (Extra-doble)
Nuestros pequeños visitantes
Génesis
La luz del poder

Invasión invisible

Un mundo para Thunderman

La gran evolución

Markiano, rey de Marte

Fusión planetaria

Tormenta en Gobodoborianar (inédita)

El cometa Shelley (inédita)

Mucho antes de Darwin (inédita)

 
Las dos últimas quedaron inéditas al desaparecer Editorial Bruguera. Cierto que más adelante entró en acción Ediciones B, que se subrogó del fondo de la Bruguera y comenzó a publicar varias colecciones de bolsilibros, entre ellas una de CF, pero siempre se trató de reediciones, motivo por el que algunas novelas inéditas mías (y supongo que les ocurrió lo mismo a otros autores) se quedaron en el cajón de los recuerdos; y allí siguen, a la espera de que algún día surja la oportunidad de publicarlas.
Si comparamos con el resto de mi producción de aventuras, 30 novelas de CF, son pocas. Tal vez no escribí más porque me ha parecido siempre que es más gratificante manejar y tratar de conocer la realidad que el mundo de la fantasía. En la realidad, todo está ahí y sólo tienes que mover ficha. En la CF no sólo has de mover ficha sino que previamente te la has de inventar…, y los inventos no siempre están disponibles.
De todos modos, no se puede hablar de la experiencia profesional sólo como escritor de CF si uno ha escrito en total mil novelas de otros géneros y temas. El novelista es un sujeto afortunado que puede tener miles de experiencias y satisfacer fantasías que pudieran parecer inalcanzables. Por ejemplo, en lo que respecta a la CF yo he volado, he sido invulnerable, invisible, gigante, marciano, científico, comandante de nave espacial… Y en otros temas he sido sheriff y pistolero, agente del F.B.I., espía, comando, detective privado, psicólogo, boxeador, explorador…
Y es que mil novelas de diversos temas dan mucho de sí, por lo que puedo aportar recuerdos y anécdotas diversas sobre la literatura popular de una época.
En mi ya larga vida me han dicho muchas cosas relacionadas con mi trabajo, algunas simpáticas (un lector estaba convencido de que además de escribir la novela, yo “hacía” la portada a mano y la “ponía” en la novela), otras inteligentes, y algunas, cómo no, antipáticas e incluso absurdas. De las antipáticas resalta con todos los honores la de un sujeto que opinaba que la CF es una “gilipollez”; le pregunté qué autores o qué obras leía o había leído y su respuesta no merece comentarios: <¡No he leído ninguna, por supuesto!>. Entre las absurdas cabría destacar la del editor que al comentarme el informe de su asesor sobre una novela mía del Oeste me dijo: <¿No podría usted estropearla un poco? Es que está demasiado bien escrita para el público al que va destinada>. Está claro que más vale no comentar la postura de este editor. Una persona muy sabia y entendida en todo me dijo con condescendencia digna de agradecer: <Estas novelitas de ustedes (o sea, los escritores de bolsilibros) dan muy poco de sí>. Yo era muy joven entonces, y no acerté a pedirle una explicación más concreta y matizada. Hoy tal vez bastaría con darle esta respuesta: <No sé qué espera usted que den de sí mis “novelitas”, pero algo deben de dar cuando de seis de ellas me han hecho otras tantas películas y actualmente tengo contratadas las opciones de otras dos>. Y siempre cuento anécdotas referidas a los linotipistas de entonces, uno de los cuales en una de mis novelas tenía que poner <cabellera rubia> y puso <cebollera rubia>; y no digamos poner Irene donde debía poner James, y poner cobarde donde debía poner acorde…
Por supuesto, he conocido editores de todo pelaje y condición, la mayoría dignos de toda consideración, dicho sea sin ánimo de chaquetear (lo que a estas alturas de mi vida personal y profesional –cuando este libro se publique tendré 68 años y la vida resuelta…, es un decir– ya no tendría objeto ni provecho especial). Incluso hubo alguno que además de tener fuerza creativa era un experto en estimular a sus autores. Cuando surgían incordios que utilizaban muchas personas para molestar, como por ejemplo, <sí, estos autores son de los que escriben novelas de quiosco>, nos decía: <Ustedes al menos están demostrando que tienen imaginación y partiendo de esto nunca se sabe adónde pueden llegar>. Y acertó, pues varios de mis colegas que escribían novelas de quiosco han llegado bastante alto. A lo mejor es que escribiendo CF u Oeste fueron aprendiendo a escribir cada día mejor y acabaron por obtener el fruto merecido. Esto aparte de que parece aceptable en la diversidad de la vida que no todos los autores sintamos la necesidad o el deseo de escribir cosas como Hamlet o como La divina comedia; ni que podamos hacerlo, claro está, pues el talento, como la fantasía científica, tiene sus limitaciones, y el reparto, comprobado está, no favorece a todos por igual.
Estas novelas de quiosco, baratas sin duda por su formato o continente, y no siempre forzosamente por su contenido (se entiende que me estoy refiriendo concretamente a los bolsilibros), suelen ser distraídas y siempre enseñan algo a alguien…, aunque no sea ése nuestro cometido, ya que estamos hablando de novelas de aventuras, no de ensayos ni de libros de texto.
Algunos colegas y yo llamábamos a nuestros artefactos con teclas (Pluma 22, Lexicon 80…) <máquinas a tracción de sangre>, como los carros que eran tirados por caballos en comparación a los automóviles que eran movidos por combustible o fuerza motriz. Cuando me compré una máquina de escribir eléctrica, una IBM de esfera cambiable –adquirí tres esferas o “bolitas”, así que podía disponer de ¡3 tipos de letra!– fui el pasmo, e incluso hubo quien dijo que era un derrochador. Es claro, propios y extraños se dieron cuenta muy pronto de la diferencia no sólo estética sino productiva que había entre la Pluma 22 y la IBM y comprendieron y admitieron que el obrero debe disponer de buenas herramientas para su trabajo.
En lo que a mí respecta, empecé a publicar en 1959 –sólo dos novelas en este año–, iniciándome con una del Oeste cuyo título es sin duda alguna rebuscado: Un hombre busca a otro hombre; pese a lo cual, años después uno de mis más queridos colegas publicó una novela, también del Oeste, con el mismo título. Claro está, nos reímos y fuimos a celebrar el feliz paralelismo de nuestros talentos.
Decía que empecé a publicar en 1959… Así pues, cuando este volumen se publique llevaré 43 años escribiendo novelas, 41 de ellos como profesional en exclusiva tras abandonar mi empleo bancario en 1961. No me he hecho rico, pero tampoco he sido pobre, y he vivido tan libremente y a mi gusto que quizás algún millonario me envidiaría si le contase mi vida (una buena idea no poco reconfortante e incluso estimulante que tuve hace tiempo, y que sigue tan rutilante como el primer día; casi igual de buena que la tan conocida de <hago lo que me gusta y encima me pagan por ello>).
Cuando, todavía cautivo de mi empleo bancario, me publicaron la primera novela del Oeste –la IBM de bolita estaba muy lejos– que ya he mencionado, el precio de venta al público era de 5 pesetas el ejemplar y me pagaron por ella 1.500 pesetas, sin darme explicaciones ni presentarme cuentas sobre tiraje ni ningún otro detalle, esto era absolutamente impensable entonces (y ahora también, algunas veces).
Yo ganaba entonces, en el momento de abandonar mi empleo del banco, un promedio de 4.000 pesetas al mes, contando varias pagas extras y otros pequeños “premios” que daban por los hijos. (Sin más ánimo que el puramente informativo y testimonial, diré que abandoné el banco –tras serme negada la excedencia que solicité– cuando Editorial Rollán me ofreció un contrato en exclusiva por el que, además, se comprometía a absorber toda mi producción; dicho en dinero, abandoné un empleo seguro de 4.000 pesetas mensuales para correr la temeraria aventura de pasar a ganar 12.000 pesetas al mes. Nunca me he arrepentido del paso que di, y no sólo por la cuestión económica. Como le dije un día a mis hijas, ya éstas adultas: <Yo no sería yo si hubiera continuado trabajando en el banco. Yo nunca he sido más yo que cuando he sido Lou Carrigan>.) Si calculamos que hoy día un empleado de banca gana, también de promedio (según me dicen y redondeando), unas 320.000 pesetas mensuales, es decir, 1.900 euros, bien claro queda que sus ingresos son alrededor de 80 veces superiores a mi sueldo de entonces en el banco; y si hacemos unas sencillas cuentas resulta que en proporción a los ingresos de entonces y los actuales, la novela que valía 5 pesetas debería valer ahora 400 pesetas y el autor cobrar 120.000 por la primera edición de cada original (¡qué barbaridad!, diría mi primer editor, si pudiera leer esto). No es así, ni mucho menos, pues en el momento en que escribo esto el precio de venta en España de un bolsilibro es de 195 pesetas y prácticamente sólo se están publicando novelas del Oeste –y siempre reediciones–. En cuanto a los derechos de autor más vale no decir nada, sobre todo porque, al parecer, las tiradas son inferiores a las de entonces, y esto, lógicamente, repercute en tales derechos. Debo señalar, sin embargo, que esta desproporción se mantuvo siempre, es decir, el precio de venta de los bolsilibros (y su repercusión en los derechos del autor) nunca fue aumentando al ritmo del coste de la vida, lo que hoy llamamos IPC, y consecuencia de esto fue que el poder adquisitivo del novelista fue disminuyendo (lo que se trataba de remediar y compensar con los ingresos por reediciones y traducciones). Claro está, es de suponer que también la editorial sufría estas consecuencias de la retención forzada del precio de venta. Y digo forzada porque existía en todo momento el temor (que alcanzaba la psicosis) de que si el precio de venta del ejemplar se aumentaba en proporción al resto del coste de la vida ya no se venderían nuestras novelas… Tal vez hubiera sido así, pero cabe dudarlo.
Lo cierto es que en aquellos tiempos tenía tanto trabajo con las novelas de aventuras que nunca tuve ocasión (ni intención) de hacer incursiones en otras parcelas de la literatura, y luego, cuando al desaparecer Editorial Bruguera (y con ella prácticamente todo el negocio o la línea de estas novelas) comencé a incursionar en otros terrenos no lo tuve nada fácil. Por supuesto que salí adelante, pero al principio con no pocas dificultades, pues si bien Lou Carrigan era sobradamente conocido en España y en toda América no sucedía lo mismo con Antonio Vera.
Aparte de cuentos, relatos, guiones para cómics, cine y televisión –y un cuento para la radio–, y de un centenar de obras en diferentes líneas literarias “no populares”, como son biografías, ensayos, divulgación (e incluso dirigí la edición de un diccionario), he escrito, como decía, mil novelas –para ser exactos 1015–, que han sido editadas y reeditadas en España por las más importantes editoriales en 121 colecciones de todos los géneros; y en 60 colecciones en el extranjero (Francia, Holanda, Italia, Portugal, Brasil, y cómics en Alemania…). Y las ha habido de todos los formatos y extensión en páginas, aunque es mejor calcularlas por espacios, desde las de un millón a las de quinientos o seiscientos mil espacios, si bien las más numerosas han sido las de doscientos y doscientos veinticinco mil (las más características del formato llamado “bolsilibros” –denominación aceptada en todo el mundo, aunque se los mencione como pocket books, que al ser inglés suena más importante–, tamaño 105×148 mm), tipo F.B.I., Servicio Secreto, La Conquista del Espacio, Selección Terror, Punto Rojo, Bisonte y algunas de amor e incluso eróticas… La mayoría de estas colecciones eran al principio de 128 páginas (y creo que antes de mi incorporación a la novelística de aventuras las había de 160 páginas) y más adelante se acortaron a 96, evidentemente para ahorrar dinero en papel, fotolitos, planchas…, pero eso sí, el público no salía perjudicado ya que había la misma cantidad de texto que en las de 128 páginas.
Algunas de estas novelas, por ejemplo las de mi espía Baby, publicadas en la colección ZZ7 de Editorial Rollán, se reeditaron en volúmenes conteniendo tres aventuras, en tamaño bolsilibro. También en Brasil se reeditaron varias veces las novelas de Baby, y una de las series, ZZ7 Verde, apareció en bien cuidados volúmenes en formato 140×210 mm, que contienen tres aventuras, en ediciones consideradas allí de lujo y siempre con espléndidas portadas del gran artista Benicio, que fue el ilustrador de toda la serie de Baby. Otras novelas de Brigitte las publiqué yo mismo en volúmenes de dos aventuras, formato 135×190 y muy sencillos y artesanales… En cuanto a formatos me han publicado novelas en gran variedad de ellos: 130×200, 125×170, 120×80, 120×190, 135×200…
Respecto a la presentación de los originales al editor, los autores teníamos que hacer tres copias obligatoriamente (cuatro si, como era mi caso, quería tener una de seguridad en mi archivo hasta que la novela aparecía publicada), que el editor repartía entre su asesor literario, la imprenta y la Censura, a la que todos temíamos quizá más de lo razonable, pues si acatabas las normas (¡qué remedio!) no tenías ningún problema. Yo no era de los “díscolos”, y menos en política (ni siquiera en las del F.B.I., en las que si por razón del argumento aparecían comunistas siempre tenían que ser malos, peligrosos y nocivos –no hace falta decir en qué época sucedía esto…–; otra norma para la colección F.B.I., pero ésta impuesta por la editorial, era que un agente del F.B.I. nunca podía ser cobarde, malo o traidor), pero en lo referente al sexo parece que se me fue el oremus alguna vez permitiendo incluso la gran desvergüenza de que los protagonistas se besaran en la boca, lo que era un horrendo y lascivo pecado, y por esto y algunas otras cosillas me obligaron a retocar algunas escenas de varias novelas. Incluso, la Censura prohibió publicar una de ellas, del Oeste, en la que el protagonista, tras salvar de espeluznantes peligros a la bella heroína la sienta ante él en la silla de montar para marchar juntos por fin en busca de su común y feliz destino… Al parecer, lo de llevar sentada a la heroína en el regazo, y con el movimiento del caballo, podía provocar en ambos, pero sobre todo en el Kid –así denominaba yo en los borradores a mis protagonistas masculinos; y Girl a la heroína, claro está– unas reacciones sexuales temibles que hubieran podido dar lugar a espectaculares escenas sicalípticas en plena pradera y al galope. Y peor aún: podía provocar ideas pecaminosas en los lectores, a los que, claro, había que preservar de todo pecado y de la más remota tentación… (Ni que decir tiene que esa novela la retoqué ligeramente, esperé unos meses, y se la “colé” en un nuevo envío a la Censura, faltaría más. Y claro está que no fui el único.)
En cualquier caso, para el escritor “popular” fueron buenos tiempos hasta que Editorial Bruguera desapareció. En cierta época, los autores teníamos tanto trabajo que no lo podíamos atender (al menos yo, que no podía –ni quería– escribir más de cuatro novelas al mes manteniendo el estilo y el nivel argumental que me eran característicos; algunos de mis colegas, según contaban, eran capaces de hacer hasta ocho…). Es una lástima que ahora que lo haríamos mejor, con más imaginación, recursos y claridad y calidad literaria, no tengamos camino que recorrer en el género de aventuras. Sí, claro, seguimos escribiendo, incluso cosas que profesionalmente y literariamente pueden considerarse mejores, pero…. no es lo mismo.
Por supuesto, ya no escribo a máquina, mi última herramienta de este tipo fue una CE-70 electrónica de margarita (cambiable, claro). Estoy escribiendo esto con ordenador, lo que me permite corregir el texto exhaustivamente sin tener que copiarlo todo una y otra vez a golpe de tecla manual, corrección tras corrección, para presentar a la editorial un original pulcro. Esto, claro está, es lo que teníamos que hacer antes, y por eso no siempre quedaba el texto todo lo bien (no diré perfecto) que uno habría querido, pues se nos hacía muy cuesta arriba reescribir una novela (o parte de ella) retocada en algunas escenas y otras correcciones… Y por cierto, si me hubiesen hablado de esta máquina prodigiosa que tengo ahora y que, además de avisarme cuando al pulsar la tecla inapropiada cometo un error de ortografía e incluso de gramática –por ejemplo, cuando he puesto <policíaco> me lo ha subrayado en rojo, y esta línea roja desaparece cuando pongo <policial>, lo que significa que esta palabra es la que “él” aprueba; gracias, Word, pero yo prefiero <policíaco>–, me permite modificar el texto o una parte del texto cuantas veces quiera, cambiar de lugar párrafos enteros sin tener que volver a escribirlos, modificarlo todo…, seguramente no me habría creído que pudiera existir. O la habría considerado de CF. Y por supuesto, mi estilo –y me permito suponer que el de muchos colegas–, al no estar tan sometido como entonces a la tiranía del tiempo y al aburrimiento del trabajo monótono e incluso absurdo de “pasar en limpio”, habría estado más cuidado.
(Esto aparte de que vivir es aprender, tanto las cosas de la vida como las del oficio, lo que implica de modo natural que después de 43 años de profesión y más de 100.000 folios escritos –con un total aproximado de 70.000.000 de palabras– el estilo y la corrección en general de lo escrito mejore considerablemente; dicho de otro modo: nadie nace enseñado, por mucha vocación que tenga…, pero todos podemos aprender.)
¡Y qué decir del correo electrónico!
Antes, al terminar una novela había que hacer la última corrección, encuadernarla, empaquetarla, y, como quien dice con las manos todavía manchadas de papel carbón, ir a Correos (cuando trabajaba para Editorial Rollán), a enviarla como carta o como “papeles de negocio”, si no recuerdo mal, pero siempre certificada pues si no se hacía así había el temor de que se perdiese (¿?), motivo por el que yo siempre me reservaba una copia. Actualmente, hace sólo unas semanas, he escrito para mi editor de Brasil cuatro novelas que conforman una miniserie, y no sólo se las he ido enviando bien trabajadas y corregidas (y no las he enviado compaginadas porque había que traducirlas, claro está), sino que lo he hecho rápida y cómodamente –e incluso más barato– por medio del E-mail.
Sí, hace 40 años habría dicho que eso era CF. Pero aquí estoy hoy, ahora, con mi ordenador –amigo y confidente–, y no me parece en absoluto que sea un artefacto de ciencia ficción.
Tampoco me parece ya la vida un privilegio particular y fantástico de final tan remoto que ni siquiera se piensa en él. Una de las muchas ventajas de hacerse mayor es que dejas de creer que eres el centro del mundo y la medida y valor de todas (o casi todas) las cosas… En realidad al hacerse uno mayor todo son ventajas; la única desventaja es que te va quedando poco tiempo de vida y por tanto menos tiempo para hacer cosas ahora que sabes hacerlas mejor. Antes tenía mucho trabajo y según me cuentan no lo hacía precisamente mal; pero ahora que lo haría mejor no hay en España editores de novelas de aventuras. Ahora me atrevería a hacer –por supuesto con gusto y gran divertimento– muchas más cosas de CF, de espionaje, terror, policíaca, y en cuanto a un western, lo bordaría. Pero, en fin, así son las cosas, así sucedieron, y no tienen por qué volver a suceder. Ahora hago otras cosas de diferente cariz y no tengo queja alguna de mi suerte, pero insisto e insistiré: no es lo mismo.
No, no es lo mismo.
No es lo mismo cabalgar libremente por los llanos soleados de Texas, navegar por el Mediterráneo en un yate lleno de belleza y pecado, o hacer una exploración espacial por Marte y alrededores, que escribir cosas prácticamente sin más compensación que el dinero…
¿Qué es la CF?
Cada día que pasa lo tengo más claro: es la vida por anticipado, puesto que lo que ahora puede parecernos CF dentro de poco será Vida… Así que aquí no valdría plagiarme a mí mismo diciendo
 
Si es Vida no es Ficción,
y si es Ficción, no es Vida.
 
Por fortuna, y aunque escribamos muchas novelas de CF, la vida siempre es vida, nunca es Vida Ficción (aunque en algunos momentos lo parezca…, y aunque algunas vidas y hechos de la humanidad deberían serlo o haberlo sido).
Y que la Vida no sea Ficción es importante.
Aunque dudo mucho que sea trascendente.
 
 

3 comentarios »

  1. domina…

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